Perro de Estroncio. La solución final: Punto de no retorno

Una ciudad negra como el petróleo. Un cielo gris como la desesperanza. Una religión asesina. Una raza condenada. Un cazador solitario. Y un grito que atraviesa el papel como una bala. Así empieza y así termina Perro de Estroncio: La Solución Final, editado por Dolmen, con traducción de Alberto Díaz. Una de las historias más radicales, incómodas y desesperadas que ha parido 2000 AD. Y no es poca cosa. Estamos hablando del mismo caldo de cultivo que dio vida a Judge Dredd, Nemesis the Warlock, Rogue Trooper y media docena más de pesadillas políticas disfrazadas de ciencia ficción. Pero aquí, la cosa es personal. Brutalmente personal. Johnny Alpha regresa para morir. No literalmente (aún), pero sí simbólicamente. Porque esta historia es un entierro en vida. El de su mundo. El de su causa. El de toda posibilidad de redención. Y lo sabes desde la primera página. Huele a cementerio. A traición. A cruzadas religiosas que no buscan almas sino exterminio. Y en medio, Johnny. El último que todavía cree que vale la pena luchar. Aunque ya no quede nadie a quien salvar.

Alan Grant decidió que ya basta de medias tintas. Que, si va a cerrar la historia de Johnny, lo va a hacer explotando todo por los aires. ¿Y qué mejor que hacerlo con una purga sistemática? Un genocidio televisado. Un plan global para deportar a todos los mutantes fuera de la Tierra usando la excusa de la paz. Ya sabes cómo va esto. La solución final siempre es la misma: el exterminio lento, legalizado, aceptado. El horror con corbata. Pero Johnny no se rinde. No porque sea un héroe. Sino porque no sabe hacer otra cosa. Le han quitado a su compañero Wulf, su futuro, su fe en la humanidad y aun así vuelve. Vuelve con las botas puestas. Vuelve para disparar. Para protestar. Para morir de pie.

En cuanto al guion, Alan Grant está desatado. Ya había asumido el timón en el segundo volumen, pero aquí no hay concesiones: quiere cambiar las reglas del juego. Y lo hace. «La Solución Final» no es una historia más: es un capítulo final, un clímax ideológico, una declaración de principios que hace temblar los cimientos del universo 2000 AD. Desde el principio, se percibe una tensión latente, una amenaza que no es solo física, sino existencial. La sombra de la muerte no se cierne únicamente sobre Johnny Alpha. Se cierne sobre todo aquello que representa. Este arco es la tumba de la esperanza. Y Grant cava cada palada con rabia, con sarcasmo, con lucidez política. Porque no olvidemos lo que hace que Perro de Estroncio sea más que una serie de tiros futuristas: su mensaje. El enemigo es esa nueva Gran Bretaña, ese enemigo disfrazado de cruzada religiosa, no es solo un villano. Es una crítica feroz a la retórica xenófoba y racista que nació en los años de los años 90. Deportaciones masivas, campos de concentración dimensionales, deshumanización sistemática… suena familiar, ¿verdad? Grant no escribe ciencia ficción: escribe un espejo roto de nuestro mundo.

La trama no da respiro. Desde el primer disparo hasta el último sacrificio, hay una mezcla perfecta de acción y crítica sociopolítica. Se denuncia la alianza perversa entre Iglesia y Estado, la limpieza étnica disfrazada de orden divino, y el uso del miedo como herramienta de control. Pero todo esto se hace con un ritmo brutal, con frases lapidarias, con escenas que podrían haber sido escritas con ácido sulfúrico. Esto es 2000 AD en su máxima expresión: ciencia ficción que escupe en la cara del poder. Y por si fuera poco, entre las historias extra encontramos una joya: un enfrentamiento entre Johnny Alpha y el mismísimo Juez Dredd. No solo es un combate entre dos iconos, sino una confrontación ideológica. Dredd representa la ley como martillo. Alpha, la justicia como escudo.

Si alguna vez hubo un cómic que se leyera con los ojos apretados es este. No por el contenido sino por cómo está dibujado. Ahí está la genialidad incómoda: este cómic se ve cómo se siente. Difícil. Sucio. Atascado. Una lectura donde el arte no es un acompañamiento, sino una declaración de guerra. El primer impacto te lo lanza Simon Harrison, un dibujante que parece salido de una pesadilla atravesada por un cuadro expresionista con una fotocopiadora poseída. Su estilo no se parece a nada. Ni siquiera a él mismo. Cada viñeta es una colisión de manchas, trazos sucios, sombras que devoran a los personajes y detalles que parecen derretirse bajo el peso del horror. Sus mutantes no son “raros” ni “graciosos”; son criaturas trágicas, deformadas por la crueldad del mundo. No hay líneas limpias. Todo está desgarrado. Incluso Johnny Alpha parece dibujado con rabia, como si el lápiz lo estuviera maldiciendo mientras lo traza.

Es un dibujo que no te lo pone fácil, con esa tonalidad en blanco y negro. Y ese es precisamente su mérito. Harrison obliga al lector a sumergirse en una especie de pantano estético. Nada fluye. Nada “entra suave”. Tienes que mirar dos veces, tres, revolver el ojo para entender qué está pasando en la viñeta. Pero entonces lo entiendes: lo estás viviendo como lo vive Johnny. Con confusión. Con desesperación. Con furia. El trazo de Harrison convierte la ciencia ficción en un campo de batalla mental. Y no hay refugio. Ahora bien, no todo es caos: en medio del apocalipsis gráfico, hay composición salvaje, diseño extremo, rostros que parecen estallar del papel con una mezcla de asco y dolor. Las armas son extensiones de los cuerpos. Las ciudades, laberintos colapsados. Cada página grita. Y es un grito deforme, estridente, que no pide permiso para retumbar en tu cabeza. Y entonces, cambia el dibujante. Entra Colin MacNeil y también el color. Y el efecto es demoledor, porque no suaviza el contenido, pero lo hace legible. Donde Harrison distorsionaba, MacNeil define. Donde antes había angustia abstracta, ahora hay claridad implacable. No es que te consuele: es que te muestra lo que Harrison te hacía intuir. Es la radiografía tras la pesadilla. La evidencia del crimen. Es meticuloso. Sus líneas son limpias, sus composiciones claras, sus personajes tienen peso y forma. MacNeil no llega para arreglar nada, sino para rematarte con lucidez.

No diré cómo acaba, pero sí esto: es uno de los finales más valientes, más políticos y más devastadores que ha tenido 2000 AD en toda su historia. Ni Dredd, ni Trooper, ni Warlock tienen un cierre tan cargado de fuego cruzado entre ética y fatalismo. Porque cuando llega el final, no hay aplausos. Hay silencio. Ceniza. Un sabor amargo como plomo viejo. Este no es un final hollywoodiense. Es un final inglés. Frío. Inevitable. Revolucionario. Porque no es la muerte de un héroe. Es la confirmación de que el mundo no merece héroes como él. Y por eso mismo, exige ser releída. Sus 216 páginas no solo encierran el cierre de una etapa, sino un testamento brutal de lo que significa ser un paria con principios en un mundo podrido. Porque este no es solo el final de este «Perro de Estroncio«, también es el inicio de algo diferente.

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