Buonaparte: Días de exilio en Santa Elena.

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General Buonaparte”, no Bonaparte. Así se referían los oficiales británicos y carceleros a Napoleón Bonaparte, durante el exilio en la Isla de Santa Elena que estuvo expuesto el que quizá fue el personaje más celebre de la Francia que surgió de la Revolución Francesa. Referirse a él como “General” era negarle implícitamente el título de Emperador que había ostentado, cuando tenía al resto de Europa en liza. Y utilizar el “Buonaparte” era remarcar su origen corso, si bien Corcega pertenecía a Francia cuando Napoleón nació allá por 1769 en Ajaccio.

Aún con eso, exiliado en esa “isla del fin del mundo”, en el sur del Atlántico, Napoleón seguía desprendiendo carisma en Europa. Aquel artillero de origen humilde que devino en uno de los estrategas militares más lucidos de su época era ya carne de leyenda en el viejo continente. Por mucho que los británicos intentaran ridiculizarle desde el comienzo de sus gestas militares, refiriéndose a él satíricamente como “Boney” en la prensa de la época.

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Con sus luces y sus muchas sombras, Napoleón Bonaparte es una de las figuras claves para que se expandiera el modelo de estado moderno (aunque paradójicamente se autoproclamara emperador) pues en sus invasiones trajo, además de la guerra, avances notables en distintas materias políticas y legales. Es por ello que la batalla que libraron las monarquías europeas contra Napoleón había algo mucho más preciado que los meros intereses políticos y económicos: el fuerte deseo que un país sin nobleza no pudiera erigirse como la potencia hegemónica del viejo continente. Todo ello ha alimentado ríos de tinta desde entonces hasta ahora. Desde estudios sobre su figura, biografías y una amplia colección de relatos en torno a su figura. Hecho que todavía ocurre. Baste citar dos ejemplos: uno negativo en el séptimo arte, con la chapuza más cara de la historia del cine que ha perpetrado Ridley Scott, montando un vergonzoso filme que se sustenta en tesis históricas tan obsoletas como ridículas y, lo que es peor, incapaz de hilvanar una ficción coherente en las dos horas y treinta y ocho minutos que supone ese panfleto inconexo atropellado, sesgado y tan falto de rigor histórico como de cualquier hilo narrativo.

Por suerte, en otros campos podemos encontrar terrenos más fértiles en lo que a ficciones napoleónicas se refiere. En nuestro querido noveno arte, ejemplos tenemos de ello: El «Napoleón» de Lilian Funcken y Fred Funcken como un ejemplo ya clásico. Otro más reciente, entre los muchos que han tratado a esta figura, es el cómic que hoy tratamos: «Buonaparte» , una serie que Delcourt inauguró en 2021 , de Fabienne Pigiere, Rudi Miel e Iván Gil. Aquí nos vamos a encontrar un relato de ficción bien cimentado en lo histórico. Una serie que en Francia ya se han publicado tres entregas  (“Sainte-Hélène”, “Trésor de guerre” y “Jugement dernier”) y que ahora Ponent Mon estrena en castellano en un sólido integral que compone las dos primeras: “Santa Elena” y “Tesoro de Guerra”.

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Aquí nos vamos a encontrar a Napoleón tras la derrota de Waterloo y asistiremos a su destierro en Santa Elena. Aún preso, su leyenda le precede, como la que venía de sus campañas en Egipto, con el constante rumor del tesoro que descubrió y escondió. Ese es el punto de partida de esta ficción, pues el gobernador de la isla, Hudson Lowe (hombre que perdió el prestigio en Inglaterra al haber sido excesivamente duro con Bonaparte durante su cautiverio) intentará indagar el paradero de ese tesoro.

Todo esto se nos presenta de forma cuidadamente ordenada  por Fabienne Pigiere, Rudi Miel e Iván Gil. Mientras Pigiere y Miel construyen un relato pausado, donde ponen hincapié tanto en la trama como en la excelente ambientación y contextualización; Iván Gil («Dragones de Frontera«) retrata esos días en “la isla del fin del mundo” con una veracidad (tanto en diseños como en paisajes) totalmente plausible. Así se teje este relato entre lo histórico y lo ficticio, al fuego lento de buenas páginas que alimentan una solvente trama bien asentada en lo histórico.

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Seremos testigos pues de la tensión entre Lowe y Bonaparte, y de las relaciones del corso con el séquito que le acompañaba. También de las penurias en su residencia en Longwood y recordaremos, mientras escribe sus memorias, los días en Egipto. Todo de forma ágil y sosegadamente orgánica, para degustar con detenimiento y poder apreciar los muchos detalles que tiene esta obra en sus viñetas. Detalles que, por cierto, se explican en los acertados extras que acompañan en esta entrega.

Poco más hay que saber para disfrutar de este excelente tebeo de ambientación histórica. En todo caso, reservarse un buen lugar para leerlo con calma y disfrutarlo como el buen reserva que es. Traducido al castellano por Fabián Rodriguez Piastri, las 112 páginas que componen este primer integral de «Buonaparte«, a cargo de Ponent Mon, dejan constancia del “savoir faire” de sus autores, con esta hábil y bien documentada ficción del Napoleón. Un ejemplo de que se pueden seguir haciendo grandes relatos con esta figura. Para ello, basta con ser creativo.

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