
La cita prometía: Una confortable sala donde se propician las distancias cortas y la complicidad, como es la sala Genius de Huesca, albergaba la actuación de Malevaje el último viernes de octubre del 2022. Como protagonistas, la banda que en plena movida se erigió como un referente del tango patrio y que defiende desde entonces este género contra viento y marea, siendo ya historia viva del género en nuestro país.
Malevaje nació como rara avis en aquella explosión de creatividad y modernidad que fue la primera mitad de los ya lejanos ’80, revitalizando un género ya clásico y volviéndolo a llevar a las calles, al arrabal. Que es donde el tango respira y se siente a gusto. Donde tiene razón de ser, transpirando vida. Donde la poesía alterna con lo prohibido, la pasión, el exceso y lo vivido. No es más, ni menos, que la sabiduría de levantarse tras una buena curda nocturna y volver a empezar, aunque solo haya arroz blanco en la despensa.

Con todo ese discurso impregnado en una sólida discografía, sazonada de notables interpretaciones, la banda de Antonio Bartrina y Fernando Gilabert (miembros fundadores) se mantiene como un buen vino, que gana con el tiempo, pero sin perder la saludable frescura de la que siempre hacen gala. Ahí quedan trabajos para quien quiera disfrutar como “Margot”, “¡Arriba los corazones!”, “Envido”, “Con su permiso, Don Carlos”, “No me quieras tanto (Quiéreme mejor)” o “30 años de tango”, por citar solo algunos, aunque todos son una buena opción para adentrarse en su propuesta. En ellos nos esperan adaptaciones de clásicos del género junto a composiciones propias que están a la altura de las joyas inmortales que acompañan.
Por todo ello, la cita de la sala Genius era prometedora. Y lo presenciado cumplió con creces las expectativas. Bajo el habitual formato de trío que habitualmente se presenta Malevaje, la banda dio una lección de estilo ante el respetable. Fernando Gilabert al contrabajo y la guitarra y bandoneón de Fernando Giardini acompañaron a la voz de Antonio Bartrina ante un público que poco a poco fue cayendo rendido ante las piezas ejecutadas. Un recital en el que, además de tango, hubo espacio para otros géneros, como el bolero, la ranchera o la chanson francesa, siempre llevados al estilo y personalidad de Malevaje.

Todo ejecutado con milimétrica precisión por el contrabajo de Fernando Gilabert, el esqueleto rítmico en el que se apoyan todas y cada una de las canciones del repertorio. Sobre esa base, la guitarra o el bandoneón de Fernando Giardini, según el tema a interpretar, lleva el peso melódico. Bajo ese paisaje musical se erige la voz y el carisma de Antonio Bartrina, que verso a verso se va metiendo al público en el bolsillo. Poco a poco van cayerndo las joyas: “Nostalgias», «Garufa”, “Arroz Blanco”, “Tango Amigo”, “La ultima curda”, “Cambalache” o “Margot”, por citar solo algunas. Así nos adentramos a esta lección de estilo, a esta muestra de clase donde confluyen el malevo argentino y el chulapo madrileño. Donde la maestría de Giardini y Gilabert arman un repertorio excelso, que sirve a Bartrina para erigirse como un crooner con voz propia, con carisma y presencia. Que no solo canta, sino que transmite todas y cada una de las palabras que visten las canciones. Que además de oficio, mantiene la frescura de lo inmediato, de lo que se siente. Ni que decir tiene que en las distancias cortas de salas como la Genius, este efecto gana en complicidad con el público.

Por eso, aunque “el mundo fue y será una porquería”, como decía Enrique Santos Discépolo, encontrarnos con conciertos de estos quilates son motivos más que suficientes para reseñar lo allí presenciado: que fue pura vida, como lo es el tango. Como es lo que transmite Malevaje en un escenario.
“Así transcurre mi vida
de garufa consumado,
Aunque a veces la despensa
solo contenga arroz blanco.
No escribirán mis hazañas.
Tal vez no soy muy decente
No es vida muy trascendente
pero es la que me ha tocao.
Y me río cuando pienso.
Que me quiten lo bailao.”
“Arroz Blanco” (Osvaldo Larrea / Antonio Bartrina)
