Spiderman y Lobezno 1: relaciones tortuosas

Hay que empezar por donde escuece y también por donde se pone jugoso. Este primer tomo de Spiderman y Lobezno no surge de la nada ni es simplemente otro cruce musculoso para vender portadas molonas. No. Este tebeo tiene raíces, y bastante profundas, en aquella etapa noventera de Todd McFarlane en Spiderman, concretamente en la saga Percepciones de 1991. Ese momento glorioso en el que Peter Parker descubría que su vida no solo era un caos. Sino un caos con conspiraciones, padres espías y secretos dignos de una serie de sobremesa con presupuesto infinito. Este tomo recoge ese legado y decide hacer algo muy sensato. Complicarlo todavía más y añadir a Logan a la ecuación, porque si algo le faltaba a Peter era otro problema con garras. El resultado es un espectáculo de cinco números donde la lógica pasa a segundo plano y lo importante es ver cuánto tardan dos de los personajes más populares de Marvel en desconfiar el uno del otro, enfrentarse y, si queda tiempo, recordar que están en el mismo bando.

Marc Guggenheim se encarga de poner en marcha esta montaña rusa emocional y física. Guggenheim no escribe tanto una historia como una cadena de detonaciones dramáticas. Empieza con Lobezno destripando robots en Alemania (porque la sutileza murió en los 90 y aquí se la honra), introduce una lista secreta de espías que conecta directamente con los padres de Peter y, antes de que puedas preguntarte si todo esto tiene sentido, ya ha lanzado a Spiderman a una espiral de dudas, paranoia y enfado. Y es que el guionista entiende perfectamente qué tipo de historia está contando. Una donde el pasado pesa más que la coherencia inmediata. La sombra de los padres de Peter se convierte en el núcleo de la trama, aunque a veces esté enterrado bajo capas de puñetazos y explosiones. Guggenheim juega con la ambigüedad, insinuando que Lobezno podría haber estado implicado en algo muy turbio, pero nunca da respuestas claras demasiado pronto. Es una estrategia efectiva… y desesperante a partes iguales.

Si el guion empuja, el apartado artístico directamente atropella. Aquí entra Kaare Andrews, que no solo dibuja gran parte del tomo, sino que también se encarga de los colores y las portadas en varios números, como si alguien le hubiera dado control total y le hubiera dicho: “Hazlo espectacular, lo demás ya veremos”. Andrews responde con páginas que son puro nervio. Su Spiderman es elástico, casi imposible, mientras que Lobezno es una masa compacta de violencia contenida (y no tan contenida). Cada viñeta parece diseñada para impactar, para moverse, para no dejarte respirar. Y cuando Andrews no está solo al mando, entra en escena Brian Reber, cuyo trabajo con el color es clave para que todo este despliegue visual no se convierta en un caos ilegible. Reber añade profundidad, contraste y, sobre todo, una identidad cromática que hace que cada escena (desde la oscuridad conspirativa hasta la locura de la Tierra Salvaje) tenga personalidad propia. Es uno de esos trabajos que no siempre se notan conscientemente, pero que sostienen todo el conjunto. Cuando aparece Gerardo Sandoval y Victor Nava cambiamos de pie a algo diferente pero igualmente potente. Se apuesta por líneas más agresivas, más velocidad, más exageración. Su Spiderman es pura elasticidad en movimiento, y aunque el cambio respecto a Andrews es evidente, no rompe el conjunto; al contrario, refuerza esa sensación de que la serie está en constante ebullición, de que nunca se queda quieta el tiempo suficiente como para que le pidas explicaciones.

Este tramo es donde más se nota que Guggenheim está jugando al límite. La trama avanza, sí, pero a base de empujones. Aparecen villanos, conspiraciones globales, discursos grandilocuentes llegando a ser demasiado intenso. A veces demasiado. Hay momentos en los que uno tiene la sensación de que el cómic está más interesado en llegar al siguiente golpe de efecto que en desarrollar lo que ya ha planteado. Y entonces llega el final, donde todo el equipo creativo parece decir: “Vamos a meterlo todo y que sea lo que tenga que ser”. Hay revelaciones que funcionan, otras que se sienten precipitadas y algunas que directamente parecen preparadas para futuras historias más que para cerrar esta. Pero incluso en ese caos, hay una coherencia interna. Este cómic nunca ha sido sobre respuestas claras, sino sobre la tensión constante entre dos personajes que no terminan de confiar el uno en el otro. Y ahí está su mayor acierto.

En conjunto, este primer tomo editado por Panini Comics es un cómic excesivo, irregular y, en ocasiones, algo caótico. Pero también es dinámico, arrollador y lo suficientemente ambicioso como para no pasar desapercibido. Aquí no se busca darte respuestas definitivas, ni reconciliaciones limpias, ni una sensación de conclusión clásica. Lo que hace, con toda la poca vergüenza del mundo, es dejarte en ese punto incómodo y adictivo donde sabes que aún queda mucho por romper y por explicar.

La relación entre Spiderman y Lobezno sigue siendo una bomba con la mecha encendida. El misterio sobre el pasado sigue retorciéndose como si disfrutara de ello, y la amenaza que han desatado está lejos de haber dicho su última palabra. No hay cierre, no hay descanso, no hay redención completa. Y, sinceramente, menos mal. Porque si algo ha dejado claro este arranque es que su mejor virtud no está en resolver, sino en tensar la cuerda hasta que cruje. Así que, después de este inicio desatado, irregular, espectacular y descaradamente excesivo, no nos queda más que hacer lo único posible: esperar. Esperar a que la historia continúe, a que las piezas encajen (o se rompan del todo) y a ver hasta dónde están dispuestos a llevar este juego de desconfianzas, secretos y puñetazos con historia detrás. Porque si esto es solo el principio… lo que viene después promete no ser precisamente tranquilo. Y, seamos honestos, tampoco queremos que lo sea.

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