Lobezna: Laura Kinney 2. Mi supuesta vida perfecta

Si alguna vez has pensado que tu familia es complicada, espera a conocer la de Laura Kinney. Porque sí, todos tenemos ese primo raro o ese tío que habla demasiado en Navidad. Pero no todos tenemos un padre que es básicamente una máquina de matar con patas, una hermana adorablemente caótica y un historial de traumas que haría llorar a cualquier terapeuta. Por eso en este segundo tomo de Lobezna, la felicidad dura lo que tarda alguien en sacar las garras o en darse cuenta de que todo era mentira.

Este volumen, que recoge los números 6 al 10 de la serie publicada originalmente por Marvel Comics, empieza con una premisa tan sospechosamente perfecta que uno debería activar las alarmas desde la primera viñeta. Navidad. Familia. Comida caliente. Sonrisas sinceras. Logan siendo un padre más o menos funcional. Gabby Kinney haciendo de hermana pequeña encantadora. Y Laura… feliz. Sí, feliz. Ya está, ya lo hemos dicho. Y como bien sabrá cualquier lector de cómics, cuando un personaje como Laura Kinney es feliz, hay dos opciones: o alguien ha perdido completamente el control del guion… o estamos ante una trampa del tamaño de una mansión de la Patrulla X. Pista: es lo segundo.

La guionista Erica Schultz no pierde el tiempo en dejar caer pequeñas pistas de que algo no encaja. Todo es demasiado bonito. Demasiado limpio. Demasiado… normal. Y Laura, que podrá tener muchos problemas, pero no es tonta, empieza a notar que hay algo raro en esa vida de ensueño. Porque cuando tu padre te dice que nunca has sido Lobezna, que todo eso de las garras, la violencia y el dolor son solo “historias”, igual no es la conversación familiar estándar. Lo maravilloso de este inicio es que funciona como una comedia incómoda. El lector sabe que algo va a explotar, pero no cuándo ni cómo. Y mientras tanto, ahí estamos, viendo a Laura intentar encajar en una versión de su vida que, en el fondo, le gustaría que fuera real. Es como ver a un tiburón intentando vivir en un acuario decorativo: bonito, sí, pero claramente no es su sitio. Mas pronto que tarde, la ilusión se rompe de la manera más oportuna posible (léase: en el peor momento), y Laura vuelve a la realidad como quien despierta de una siesta perfecta para descubrir que tiene que ir a trabajar… pero con enemigos intentando matarla. A partir de aquí, el tomo cambia de marcha y entra en ese territorio que tan bien domina: acción, persecuciones y esa mezcla de violencia estilizada y drama personal que define al personaje. Pero lo interesante es que el golpe del inicio sigue presente. No es solo que Laura tenga que pelear; es que ahora sabe lo que podría haber tenido. Y eso escuece.

El siguiente arco nos lleva a un mundo mutante que intenta recomponerse tras la caída de Krakoa. Básicamente: caos, refugiados y la sensación general de que nadie sabe muy bien qué hacer con su vida. En este contexto, Laura hace lo que mejor sabe hacer: proteger a los demás, aunque eso implique meterse en problemas que claramente la superan. Aquí es donde el cómic saca músculo en términos muy claros. Schultz introduce personajes, situaciones y conflictos que amplían el universo de Laura sin perder el foco en ella. Y, lo más importante, lo hace con un tono que mezcla seriedad y momentos casi cómicos. Porque sí, hay peleas intensas, pero también hay situaciones que rozan lo absurdo. Como encontrarte con viejos conocidos en medio de un desastre mutante y pensar: “Bueno, al menos esto no es Navidad falsa otra vez”.

El tercer tramo del tomo decide que lo que le faltaba a la vida de Laura era magia oscura y vampiros. Porque, ¿por qué no? Entra en escena Xarus, hijo de Dracula, y la historia se convierte en una especie de mezcla entre película de terror, drama familiar y episodio especialmente intenso de “cosas que pueden salir mal”. Y vaya si salen mal. Gabby se convierte en el centro de este arco, y eso siempre es buena noticia. Su relación con Laura aporta ese equilibrio perfecto entre ternura y caos. Gabby es el recordatorio constante de que, pese a todo, hay algo que merece la pena proteger. Y Laura, que puede ser muchas cosas, pero no una mala hermana, se lanza de cabeza a solucionar el problema. Aunque eso implique confiar en gente que claramente no debería estar en su lista de contactos. Lo divertido aquí es cómo el cómic abraza lo absurdo de su propia premisa. Tenemos garras, hechizos, desfiguraciones dramáticas y un vampiro con problemas bastante peculiares. Y, sin embargo, todo funciona. Porque en el fondo, lo que importa no es lo ridículo de la situación, sino cómo reaccionan los personajes ante ella. El tramo final del tomo nos lleva a un clímax más clásico: rescate, enfrentamiento y ese momento en el que todo parece perdido antes de que alguien haga algo increíblemente arriesgado. No es una fórmula nueva, pero está ejecutada con suficiente energía como para mantener el interés. Además, Schultz tiene claro que lo importante no es el “qué”, sino el “quién”. No estamos aquí solo por la acción; estamos aquí por Laura.

En el aspecto gráfico, Giada Belviso se luce especialmente en dos frentes: las expresiones y la acción. Puede que no haya tantas peleas espectaculares como en otros números, pero cuando llegan, tienen impacto. Y en los momentos más tranquilos (o más incómodos), su capacidad para transmitir emociones a través de los rostros de los personajes es clave. El color de Rachelle Rosenberg añade ese extra de personalidad al conjunto. Desde los tonos cálidos y engañosos del inicio hasta los ambientes más oscuros y opresivos del arco sobrenatural, todo está cuidadosamente trabajado para reforzar el tono de cada escena. Es de esos trabajos que quizá no llaman la atención a primera vista, pero que elevan el resultado final de manera notable.

Al final con este tomo editado por Panini Comics se cierra un pequeño circulo. Y lo hace dejando esa mezcla tan característica de satisfacción y melancolía. Satisfacción porque el viaje ha merecido la pena, porque Laura ha crecido, ha sufrido, ha amado y ha luchado como solo ella sabe. Melancolía porque, cuando una serie consigue conectar así, siempre apetece quedarse un poco más en sus páginas. Erica Schultz cierra con inteligencia, sin grandes fuegos artificiales innecesarios, pero con la suficiente carga como para que el lector sienta que ha asistido a algo importante. No es un final que lo cambie todo, pero sí uno que deja claro que Laura ya no es la misma que al principio. Y eso, en un personaje con tanto peso heredado, es decir mucho. Sin embargo, como bien sabemos en el mundo del cómic, ningún final es realmente el final. Es más bien una puerta que se cierra… justo antes de que otra se abra de golpe. Y lo que viene después promete no ser precisamente tranquilo. Porque en el horizonte ya asoma La Era de la Revelación, el próximo gran capítulo que pondrá a prueba a los mutantes y a Laura, de formas que aún solo podemos intuir. Nuevos conflictos, nuevas amenazas y, seguramente, nuevas decisiones imposibles que volverán a empujar a Lobezna al límite. Así que sí, este es el final de la serie… pero también es el principio de algo más grande. Y conociendo a Laura, lo único que podemos dar por seguro es una cosa: pase lo que pase en La Era de la Revelación… habrá garras.

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