Mandrake El Mago 1936-1937: un juego de percepciones

Hay héroes que salvan el mundo a puñetazo limpio, otros que lo hacen a base de rayos cósmicos y luego está «Mandrake el Mago», que arregla el caos con un gesto de muñeca, una mirada intensa y la elegancia insultante de alguien que jamás ha tenido que planchar su ropa. Porque sí, si uno tuviera que definir este volumen de 1936-1937 con una sola imagen, sería la de un tipo en frac enfrentándose a dinosaurios, traficantes de esclavos o villanos hipnóticos… sin despeinarse ni una sola ceja. Y lo mejor es que funciona. Vaya si funciona.

Este segundo tomo publicado por Dolmen Editorial no es solo una recopilación de tiras clásicas. Son momentos del tiempo en la que el lector se cuela para descubrir cómo nació, creció y se consolidó uno de los primeros grandes iconos del cómic de aventuras. Mucho antes de que el concepto de superhéroe se codificara con capas, logos en el pecho y traumas editoriales, Mandrake ya iba por ahí demostrando que el verdadero poder no estaba en los músculos, sino en la mente… y, por qué no decirlo, en el estilo.

Porque el estilo aquí lo es todo. Lee Falk escribe como si cada tira fuera un pequeño acto de teatro, con diálogos ágiles, giros constantes y esa deliciosa sensación de que todo puede pasar en cualquier momento. Y cuando digo “todo”, es todo. Desde enredos de alta sociedad con impostores profesionales hasta expediciones imposibles en mundos perdidos donde conviven dinosaurios, hombres primitivos y empresarios sin escrúpulos con afición por el petróleo. Falk no se corta. Falk no pide permiso. Falk abre la puerta de la imaginación y dice: “pase usted, pero cuidado, que igual sale con un tiranosaurio debajo del brazo”. Y en medio de ese festival de ideas, Mandrake se mueve como si nada. No corre, no grita, no suda. Sugestiona. Y ahí está la gracia. Su poder no consiste en alterar la realidad, sino en convencer a los demás de que la realidad ya ha cambiado. Es un concepto tan sencillo como brillante, y en el contexto de la Gran Depresión, donde el mundo parecía haberse torcido sin remedio, tenía un efecto casi terapéutico. Leer a Mandrake era, en cierto modo, creer que todo podía arreglarse con la actitud adecuada o al menos con un buen truco de magia mental.

El volumen se articula en cinco grandes arcos que muestran a Falk en estado de gracia. Arranca con El regreso del Camello de Barro, una comedia de enredos con disfraces, engaños y un ritmo que hoy llamaríamos casi cinematográfico. Aquí, el autor demuestra que domina el humor tanto como la aventura, jugando con identidades falsas y situaciones absurdas sin perder nunca la elegancia. Es un comienzo ligero, juguetón, que engancha sin esfuerzo. Pero el tono cambia con Los traficantes de esclavos de Tygandi, donde la historia se adentra en terrenos más oscuros. Sin abandonar del todo el espíritu pulp, Falk introduce una trama con mayor carga dramática, donde Mandrake y su inseparable compañero Lothar se enfrentan a una red de esclavitud en un reino ficticio africano. Y es precisamente Lothar quien gana peso aquí, no como simple acompañante, sino como figura clave, fuerte, leal y sorprendentemente bien tratada para los estándares de la época. Su presencia aporta equilibrio, humanidad y una dignidad que eleva la historia más allá del simple exotismo aventurero. Luego llega el delirio maravilloso: Mandrake en el mundo perdido. Aquí Falk se suelta la melena (metafóricamente, porque este personaje sigue impecable) y construye una aventura que bebe directamente de El mundo perdido, pero la lleva a su terreno con total descaro. Un avión desaparecido, un rescate imposible, una barrera de vapor en la Antártida y, de repente, un ecosistema prehistórico donde todo es posible. Dinosaurios, cavernícolas, explotación petrolera y Mandrake, claro, paseando entre ellos como si estuviera en el salón de su casa. Es una historia que resume perfectamente el espíritu del volumen: imaginación sin complejos, ritmo constante y una confianza absoluta en que el lector está dispuesto a aceptar cualquier cosa.

La cosa se pone aún más interesante con En las garras de la Cobra, donde aparece uno de los villanos más fascinantes de la serie. Es, en cierto modo, un reflejo oscuro de Mandrake. Alguien que también domina la mente, pero sin ética ni límites. El enfrentamiento entre ambos no es tanto físico como psicológico, un duelo de voluntades donde cada viñeta se convierte en un campo de batalla invisible. Es aquí donde Falk demuestra que su personaje puede sostener historias más tensas, más densas, sin perder su esencia. Finalmente, la primera parte de Mandrake en los Estados Unidos devuelve al personaje a un entorno más cotidiano. Todo lo cotidiano que puede ser un mundo donde un mago elegante resuelve crímenes con hipnosis. El cambio de escenario sirve para demostrar que la fórmula funciona igual de bien lejos de selvas exóticas o mundos perdidos. La magia, al fin y al cabo, no depende del lugar, sino de quién la ejecuta.

Todo esto no tendría el mismo impacto sin el trabajo de Phil Davis, cuyo trazo es una lección de elegancia y claridad. Sus viñetas son limpias, equilibradas, casi silenciosas en su perfección. No hay estridencias, no hay excesos: cada línea está donde debe estar. Y, sin embargo, consigue dotar a la serie de una personalidad inconfundible. Hay algo profundamente sofisticado en su estilo, una especie de glamour gráfico que convierte incluso las escenas más absurdas en algo creíble. Mandrake nunca parece fuera de lugar, ni siquiera cuando está rodeado de bestias o enemigos de opereta. Es como si el dibujo mismo se plegara a su presencia.

La edición de Dolmen hace justicia a todo esto con un volumen sólido, que respeta el material original. Aunque algunas páginas tengan una calidad de reproducción un poco menor, permiten disfrutarlo tal y como fue concebido. Por eso, leído hoy, este volumen tiene un encanto especial precisamente por su ritmo y su estructura. Las tiras diarias obligaban a Falk a condensar la acción, a cerrar cada entrega con un pequeño gancho, a mantener la atención del lector sin recurrir a artificios excesivos. El resultado es una narración ágil, directa, que avanza con una cadencia casi musical. No hay relleno. No hay paja. Solo historia.

Luego está la sensación, difícil de describir, pero muy presente, de estar ante algo fundacional. Porque Mandrake no es solo un personaje más. Es una pieza clave en la evolución del cómic de aventuras, un precursor de muchas ideas que luego se desarrollarían en el género del noveno arte. Su mezcla de misterio, acción, exotismo y elegancia sentó las bases de un tipo de relato que todavía hoy sigue funcionando. En definitiva, Mandrake el Mago no es solo un cómic antiguo que “hay que leer por cultura”. Es una obra viva, sorprendentemente ágil, que sigue teniendo la capacidad de entretener, fascinar y, en cierto modo, engañar al lector con la mejor de las intenciones. Porque cuando Mandrake levanta la mano y sonríe, uno sabe que está a punto de ver un truco… pero aun así no puede evitar preguntarse: “¿y si esta vez fuera real?”

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