Si alguna vez te has preguntado qué pasa cuando mezclas a un hechicero con complejo de “yo controlo esto” con un reino donde absolutamente nadie controla nada… enhorabuena, este segundo tomo de «Doctor Extraño de Asgard», viene a responderte con una sonrisa ladeada y un ligero olor a desastre inminente. Porque sí, la gran pregunta sigue en el aire: ¿quién será el Hechicero Supremo de Asgard? Y uno pensaría que la respuesta implicaría solemnidad, épica, quizás un poco de sabiduría ancestral. Pero no. Aquí lo que tenemos es a Stephen Extraño corriendo de un lado a otro intentando explicar un asesinato que ni él mismo termina de entender del todo, mientras los dioses nórdicos lo miran como si fuera el típico invitado que ha roto algo en casa ajena y ahora dice “no, no, si esto ya estaba así”.

La historia arranca con ese delicioso momento en el que Extraño decide que explicar las cosas claramente está sobrevalorado. Thor y Lady Sif le piden respuestas sobre la muerte de Hulda (una petición bastante razonable, todo sea dicho) y él opta por la estrategia universal de los culpables inocentes: huir. No porque sea culpable, claro, sino porque todo es “muy complicado” y podría provocar una guerra entre hermanos. Nada dice “confía en mí” como salir corriendo en dirección contraria. A partir de ahí, el cómic abraza su verdadera naturaleza. Un thriller mágico donde cada pista parece diseñada para complicarlo todo un poco más. Aparece un hacha con un nombre que suena a grupo de metal extremo (Esa maravilla llamada “Hacha de Decapitaciones Exquisitas”) y uno empieza a sospechar que aquí alguien se lo está pasando demasiado bien. La investigación se convierte en un desfile de personajes que saben cosas, pero no las suficientes, o que las saben pero prefieren decirlas a medias, que siempre queda más misterioso.
El guion de Derek Landy juega constantemente con esa sensación de que todo es una trampa. Y lo curioso es que funciona, hasta que decides pensarlo dos segundos. Porque si te dejas llevar, la historia fluye como un hechizo bien recitado: giros, revelaciones, sospechosos improbables… todo encaja dentro de ese caos controlado. Pero si te paras a analizarlo, empiezas a notar que algunas piezas están pegadas con cinta mágica de la barata. Aun así, el cómic tiene claro su objetivo: entretener, no aprobar un examen de lógica. Uno de los puntos más irónicos del tomo es ver a Extraño sin su habitual dominio absoluto de la situación. Aquí la magia asgardiana le viene grande, le queda como una túnica prestada. Tiene que investigar, improvisar, preguntar… básicamente hacer todo lo que un mago todopoderoso odia hacer. Y eso le humaniza, sí, pero también le convierte en una especie de turista mágico perdido en un lugar donde todo el mundo habla un idioma arcano distinto.

Mientras tanto, Loki hace de Loki. Es decir, aparece, miente, dice verdades a medias, y probablemente también miente sobre esas verdades. Es reconfortante ver que algunas constantes del universo Marvel siguen intactas. Thor, por su parte, aporta esa energía de “esto se arregla a martillazos”, aunque el cómic decide no centrarse demasiado en él. Y Lady Sif tiene más paciencia de la que cualquiera tendría en su lugar, lo cual ya la convierte en la verdadera heroína de esta historia. El misterio en torno a Hulda se va desenredando poco a poco, aunque “desenredando” quizás no sea la palabra adecuada. Más bien se va enredando de otra forma distinta. Hechizos de engaño, manipulaciones, posesiones. Cada nueva revelación añade una capa más al asunto, como si el cómic estuviera decidido a ver cuántas veces puede decir “pero espera, que hay más”. Y lo mejor es que, en cierto modo, consigue que quieras seguir leyendo, aunque sea por pura curiosidad malsana.
Cuando llegamos al clímax, la historia pisa el acelerador sin mirar atrás. Las cartas se ponen sobre la mesa, los villanos revelan sus motivaciones (que incluyen, cómo no, un saludable resentimiento hacia la idea de que un humano sea el Hechicero Supremo de Asgard) y todo desemboca en una confrontación que intenta ser épica, caótica y sorprendente al mismo tiempo. A veces lo logra. Otras veces parece que el cómic está improvisando sobre la marcha, como si dijera: “bueno, ya que estamos aquí, vamos a hacer que esto tenga sentido… más o menos”. El giro final, con revelaciones sobre identidades y el papel de Yggdrasil, es de esos que te hacen levantar una ceja. No porque sea imposible, sino porque llega con esa energía de “esto estaba planeado desde el principio, lo prometo”. Aun así, tiene su encanto. Hay algo admirable en un cómic que se lanza de cabeza a sus propias ideas, aunque no todas aterricen con elegancia.

En el apartado gráfico, Carlos Magno hace un trabajo que encaja perfectamente con el tono de la historia. Su Asgard no es solo un lugar de luz y gloria, sino también de sombras y secretos. Las escenas de acción tienen fuerza, los personajes transmiten emociones y el uso de las sombras ayuda a reforzar esa atmósfera de misterio constante. Si algo sostiene el cómic incluso cuando el guion se pone juguetón de más, es precisamente el dibujo.
Como añadido, el tomo incluye Doctor Strange #450, un especial que celebra al personaje por todo lo alto… aunque “lo alto” aquí signifique un viaje algo caótico por su pasado, presente y futuro. Con guion de Derek Landy junto a nombres como Roger Stern, J. Michael Straczynski, Christian Ward y Ashley Allen, el número apuesta más por la atmósfera que por una historia tradicional. Visualmente, es un desfile de estilos con artistas como Ivan Fiorelli, Ron Lim o Lee Ferguson, lo que convierte cada página en algo distinto… para bien y para cuando te preguntas si te has saltado una viñeta sin querer. La historia no sigue un hilo claro, sino que encadena escenas y recuerdos como si estuviéramos dentro de la mente del Doctor. A veces funciona como un homenaje elegante; otras, como un sueño raro del que no sabes muy bien cómo salir.

La edición de Panini Comics, como suele ser habitual, cumple sin sobresaltos. Es un tomo breve, directo, de esos que no se andan con rodeos. Lo abres, lo lees en una tarde, y lo cierras con la sensación de haber asistido a un espectáculo curioso, a medio camino entre el drama mágico y el culebrón cósmico. Y es que, en el fondo, este Doctor Extraño de Asgard sabe lo que es. No pretende ser la obra definitiva del personaje ni una revolución dentro del universo Marvel. Es una historia de transición, un puente entre situaciones más grandes, un “tenemos que llevar a Extraño de aquí a allí, pero hagámoslo con un poco de estilo”. Y dentro de ese objetivo, cumple bastante bien. ¿Es perfecta? Ni de lejos. ¿Es divertida? Bastante. ¿Es absurda por momentos? También, pero con intención. Y eso, en un cómic de magia, dioses y hachas con nombres ridículamente épicos, casi debería ser un requisito.
Al final, lo que queda es la sensación de haber leído una historia que no siempre sabe a dónde va, pero que al menos se asegura de que el viaje tenga suficientes giros, misterios y momentos extravagantes como para que no te aburras. Y en un panorama lleno de eventos gigantescos y tramas interminables, a veces se agradece algo así. Un pequeño caos contenido donde nuestro querido Doctor intenta hacer su trabajo… mientras el universo, como siempre, decide ponérselo absurdamente difícil.
