Salaryman Z 3. Delirio corporativo

Si alguna vez has pensado que tu trabajo es un infierno, «Salaryman Z» viene a decirte: “tranquilo, siempre puede haber zombis de por medio”. Y no zombis metafóricos tipo “mi jefe me chupa la vida”, no. Zombis literales. Carne putrefacta. Mandíbulas desencajadas. Y aun así, lo más terrorífico sigue siendo una reunión mal organizada. El tercer tomo de esta inclasificable joya publicada por Panini Manga y originalmente por Kodansha continúa la odisea corporativa de Yûsaku Maeyamada, probablemente el único ser humano capaz de enfrentarse al apocalipsis con la firme convicción de que todo puede solucionarse aplicando metodologías de empresa del siglo pasado. Porque si algo define a este señor de 40 años no es su capacidad de supervivencia, sino su absoluta negativa a aceptar que el mundo ha cambiado.

Estamos en plena era Reiwa, el futuro ya es presente, la sociedad se ha transformado y Maeyamada sigue operando como si estuviera en una reunión de los años 90 con traje gris, café malo y frases motivacionales recicladas. Y claro, cuando un virus desconocido convierte Japón en un caos lleno de zombis, su primera reacción no es huir, ni protegerse, ni replantearse la vida. Es reorganizar la empresa. Con una premisa muy clara: el trabajo primero la salvación de la humanidad después.

Este tercer volumen arranca con una propuesta que, en cualquier otro manga, sería un plan de supervivencia. Aquí no. Aquí es un plan logístico. Trasladar la oficina al legendario edificio NEO Shinbashi. Y no, no es simplemente “vamos allí y ya”. Aquí la decisión se convierte en un dilema empresarial digno de consultora cara: ¿apostamos por una estrategia de mudanza rápida o por una estrategia segura? Y aquí es donde el manga despliega su magia absurda. Porque lo brillante de la serie (y lo que la hizo destacar en sus primeros tomos) es esa capacidad de convertir decisiones ridículas en debates épicos. No se trata de sobrevivir, se trata de justificar cómo sobrevives. Y ahí entran en juego esas gloriosas citas de grandes empresarios que Maeyamada y compañía utilizan como si fueran leyes universales. “Un líder no duda”. “Los riesgos son oportunidades disfrazadas”. “Si te muerden, al menos que sea con convicción”. Vale, esta última no sale… pero podría perfectamente.

El problema (o más bien el pequeño tropiezo) de este tercer tomo es que hay menos de eso. Menos frases. Menos sentencias lapidarias. Menos momentos en los que alguien suelta una cita completamente fuera de contexto para justificar una idea que claramente es una locura. Y cuando esa capa se reduce, el manga se acerca peligrosamente a lo que nunca debería ser: un simple cómic de zombis con chistes de oficina. Que sí, sigue siendo divertido. Pero ya no es tan brillante. Porque seamos claros. Lo que hacía especial a Salaryman Z no era el apocalipsis, ni siquiera el humor en sí. Era ese choque constante entre la lógica empresarial y la realidad más absurda posible. Era ver cómo alguien intentaba aplicar teorías de gestión a situaciones donde lo más sensato sería salir corriendo gritando.

En este volumen, en cambio, la historia se toma un respiro. Se centra más en la preparación, en el traslado, en construir ese nuevo “ecosistema laboral” dentro de NEO Shinbashi. Y eso tiene sentido narrativo, claro. Pero también hace que el ritmo sea más pausado, menos explosivo. Es como si la serie estuviera diciendo: “tranquilos, estamos preparando algo gordo”. Y tú, como lector, lo entiendes… pero también echas de menos que alguien diga una barbaridad seguida de un aplauso corporativo. Aun así, hay destellos de genialidad. Momentos en los que todo encaja de nuevo. Situaciones donde el absurdo alcanza ese punto perfecto en el que no sabes si reír o admirar la cara dura de los personajes. Porque Maeyamada sigue siendo, ante todo, un creyente. Cree en el trabajo. Cree en la estructura. Cree en que cualquier problema puede resolverse si se aborda con la mentalidad adecuada. Incluso si ese problema intenta comerte. Eso es, en el fondo, lo que sostiene la serie. No los zombis. No las bromas. Sino esa fe inquebrantable en el sistema. Es casi poético, si lo piensas: en un mundo que se desmorona, lo único que permanece firme es la burocracia (eso que todos odiamos desde lo mas hondo de nuestro ser).

Por otra parte, el dibujo de Ten Ishida sigue cumpliendo con nota. Su estilo no busca impresionar con detalles hiperrealistas ni provocar pesadillas, sino servir al ritmo cómico de la obra. Las expresiones exageradas, los contrastes entre la seriedad de los personajes y la ridiculez de la situación, todo está medido para que el chiste funcione. Y funciona. Los zombis, por su parte, cumplen su papel: están ahí para generar tensión y para ser el blanco de decisiones absurdas. No son especialmente innovadores, pero tampoco lo necesitan. Son el telón de fondo perfecto para que el verdadero espectáculo brille.

Se nota que Number 8 está jugando a largo plazo. Este tomo no busca ser el más impactante, sino colocar piezas. Introducir dinámicas. Preparar el terreno para futuros conflictos. Es el típico volumen que, probablemente, gane más valor cuando veamos lo que viene después. Pero claro, eso implica un pequeño sacrificio en el presente. Porque aquí no viene solo por la trama. Se viene por el caos. Por las decisiones imposibles. Por esos momentos en los que alguien propone algo completamente irracional y, en lugar de ser cuestionado, recibe apoyo porque “tiene visión”. Y aquí hay menos de eso.

También hay una reflexión interesante que surge casi sin querer: ¿hasta qué punto puede estirarse la fórmula? El manga combina dos elementos muy claros: la vida de oficina y el género zombi. Pero ambos tienen límites. Las situaciones laborales absurdas son infinitas… pero los escenarios de zombis no tanto. Y este tomo parece encontrarse justo en ese punto donde empieza a preguntarse: “¿y ahora qué?” La respuesta, de momento, es seguir adelante. Apostar por el desarrollo. Construir algo más grande. Y eso está bien. Pero también deja esa sensación de que estamos en una pausa antes del siguiente gran golpe. Lo curioso es que, incluso en su versión más contenida, esta obra sigue siendo más original que la mayoría de mangas del mercado. Porque nadie más está haciendo esto. Nadie más está mezclando filosofía empresarial con supervivencia zombi de una forma tan descarada y, al mismo tiempo, tan efectiva. Y eso tiene mérito.

Al final, este tercer tomo de «Salaryman Z» es como ese compañero de trabajo que normalmente es el alma de la oficina, pero hoy está más callado. Sabes que sigue siendo brillante. Sabes que en cualquier momento soltará algo memorable. Pero hoy está en modo ahorro de energía. Y no pasa nada. Porque si algo nos ha enseñado Maeyamada (y todas esas frases motivacionales que tanto echamos de menos en este volumen) es que los momentos de calma también forman parte del proceso. Que no siempre se puede ir al máximo. Que a veces hay que prepararse antes de dar el siguiente salto… o antes de correr delante de un zombi. Así que sí, puede que este tomo tenga menos citas memorables, menos locuras y menos momentos de carcajada inmediata. Pero sigue teniendo algo que engancha. Algo que te hace querer seguir leyendo. Algo que te dice: “espera, que lo bueno aún está por venir”. Y cuando llegue, probablemente vendrá acompañado de una frase inspiradora completamente fuera de lugar… y de un plan que, contra todo pronóstico, funcionará. O no. Pero como diría cualquier gurú empresarial que se precie y que Maeyamada citaría sin dudar: “El fracaso no existe… solo resultados inesperados con mordiscos incluidos.”

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