Hay dos tipos de personas en este mundo. Las que piensan que en los pueblos de Castilla y León solamente hay tranquilidad, cochinillo estilo segoviano, lechazo, morcilla de Burgos, botillo leones o buen pan. Después están las que han leído «El mundo encantado de Castilla y León» y ahora no miran igual ni una fuente, ni una cueva, ni a esa señora que parece demasiado elegante para estar peinándose sola en mitad del monte a las tres de la mañana. Porque sí, este libro viene a arruinaros la paz mental. Y lo hace con una sonrisa. Está firmado por Jesús Callejo y bellísimamente ilustrado por Tomás Hijo, este volumen es básicamente un recordatorio de que nuestros antepasados tenían dos cosas muy claras: la primera, que el mundo estaba lleno de cosas raras; la segunda, que era mejor ponerles nombre… por si acaso.

El resultado es un desfile glorioso de criaturas que oscilan entre lo fascinante y lo profundamente inquietante. Brujas que no tienen ninguna intención de ayudarte, duendes con más mala baba que sentido del humor, gigantes que no cabrían ni en una rotonda moderna y, por supuesto, las siempre elegantes y peligrosas encantadas, que parecen sacadas de un catálogo de “belleza letal con sorpresa incluida”. Pero lo mejor de todo es que este no es el típico libro de mitología que te suelta datos como si estuvieras preparando un examen. Aquí hay algo mucho más sabroso. Historias contadas con gusto, con ritmo, con ese tono entre divulgativo y cómplice que hace que te sientas más como un oyente privilegiado que como un lector.
Callejo tiene un talento especial para eso. No se limita a recopilar leyendas: las revive. Las saca del polvo, las sacude un poco y te las planta delante con un “mira lo que tenemos aquí y no nos dábamos ni cuenta”. Y lo hace, además, con un criterio curioso. En lugar de ir a por los grandes éxitos del folklore, prefiere rescatar criaturas menos conocidas, esas que estaban esperando su momento de gloria desde hace siglos. Y vaya si lo aprovechan. Porque cada página es un pequeño descubrimiento. Un “pero esto qué es” seguido de un “oye, pues esto mola bastante”. Y así, casi sin darte cuenta, te ves completamente metido en un universo donde todo tiene un punto extraño, donde lo cotidiano se vuelve sospechoso y donde empiezas a pensar que igual ese topónimo raro que nunca entendiste tiene más historia de la que creías. Aquí es donde el libro se vuelve especialmente divertido. En desmontar esa idea tan moderna (y tan equivocada) de que lo mágico siempre es bonito, amable y luminoso. No, no y no. La tradición popular era bastante más directa: lo mágico podía ser hermoso, sí, pero también peligroso, caprichoso y, en ocasiones, directamente cruel. Vamos, que mejor no tentar a la suerte. En este sentido, este libro funciona casi como una guía de supervivencia no oficial: “si ves esto, no hagas aquello”. Y aunque uno sabe que todo esto pertenece al terreno de la leyenda, hay algo en la forma en que está contado que hace que una pequeña parte de tu cerebro diga: “bueno… por si acaso, yo no me acercaría”.

Pero claro, todo este festín narrativo no sería lo mismo sin el trabajo de Tomás Hijo. Y aquí conviene dejarlo claro: lo suyo no es ilustrar, es hechizar con tinta. Sus imágenes tienen algo magnético. Una mezcla de elegancia oscura, detalle minucioso y un gusto exquisito por lo extraño que encaja perfectamente con el tono del libro. Cada criatura parece tener vida propia, como si hubiera posado pacientemente para el dibujo antes de volver a esconderse en su rincón del imaginario colectivo. Hay ilustraciones que dan un poco de miedo. Otras que resultan hipnóticas. Y algunas que consiguen ambas cosas a la vez, que ya tiene mérito. Pero todas comparten una cualidad: enriquecen el texto, lo amplifican, lo convierten en algo más que palabras.
La nueva edición del libro editado por Ediciones T&T, además, potencia esa experiencia de forma evidente. Aquí hay cariño por el objeto. La tapa dura, el papel de mayor gramaje, la maquetación más cuidada. Todo contribuye a que no estés simplemente leyendo, sino manipulando algo que casi parece un artefacto salido de ese mismo mundo encantado que describe. Y luego está el añadido de nuevas criaturas, que eleva el conjunto hasta un total de 44. Número mágico, por cierto, porque aquí todo suma un puntito de simbolismo. Lejos de ser un simple añadido, estas nuevas incorporaciones amplían el universo y lo hacen todavía más rico, más variado o más impredecible.

Uno de los grandes aciertos del libro es cómo convierte Castilla y León en un territorio narrativo. No es solo un escenario. Es un mapa vivo donde cada provincia aporta su propio tono, sus propias criaturas, sus propias rarezas. De repente, lugares que quizá conocías solo de pasada adquieren una nueva dimensión, como si escondieran historias esperando a ser contadas. Y en el fondo, eso es lo que hace este libro: contar historias. Pero no de cualquier manera. Las cuenta con humor, con respeto, con ese equilibrio tan complicado entre lo riguroso y lo entretenido. Porque sí, aquí hay investigación, hay contexto, hay referencias… pero nunca se pierde el placer de la narración. Y ese placer es contagioso.
Porque llega un momento en el que ya no estás leyendo por curiosidad, sino por puro disfrute. Por ver qué criatura viene después. Por descubrir qué nueva rareza te espera en la siguiente página. Por seguir alimentando esa sensación de que hay todo un mundo ahí fuera (o ahí cerca) que no habías tenido en cuenta. Y entonces, casi sin darte cuenta, el libro te ha ganado. Te ha hecho reír en algunos momentos, te ha inquietado en otros y, sobre todo, te ha dejado con esa agradable sensación de haber descubierto algo valioso. Algo que estaba ahí, formando parte de la cultura, pero que necesitaba una obra como esta para brillar con luz propia.

Porque sí, en un panorama saturado de fantasía importada, este libro propone algo muy sencillo y muy potente: mirar hacia lo nuestro. Redescubrir ese imaginario que ha estado siempre ahí, esperando a que alguien lo cuente con cariño, con talento y con un poquito de mala leche. Y lo consigue. Así que cuidado. Porque después de leer «El mundo encantado de Castilla y León», puede que sigas paseando por los mismos caminos de siempre… pero ya no lo harás de la misma manera. Y si una noche ves a alguien peinándose junto a una fuente… tú verás lo que haces.
