Biblioteca Marvel El Invencible Iron Man 8: construyendo al hombre de hierro

Hay algo profundamente irónico en sentarse hoy, en pleno siglo XXI, a leer un cómic de 1968 protagonizado por un multimillonario con armadura que soluciona problemas a base de rayos repulsores y decisiones cuestionables y darte cuenta de que, en el fondo, tampoco hemos avanzado tanto. Este octavo volumen de la Biblioteca Marvel del Invencible Iron Man no solo es una recopilación de historias clásicas. Es un recordatorio, con cierto aroma a naftalina y genialidad primitiva, de cómo se construían los héroes cuando todavía no sabían que iban a ser eternos.

Aquí no hay cinismo moderno, ni deconstrucciones sofisticadas, ni monólogos internos que duran tres páginas. Aquí hay acción directa, villanos con nombres imposibles, romances que se ven venir a kilómetros y una lógica que, si te paras a pensarla demasiado, empieza a hacer aguas como un submarino de papel. Pero cuidado. Eso no es un defecto, es parte del encanto. O al menos eso te repites mientras sonríes leyendo. El tomo recoge los números 3 al 8 de la serie original, y se nota que estamos en un momento de transición. No es el inicio caótico de los primeros números, pero tampoco es todavía esa etapa más sólida y recordada que vendrá después. Es, por decirlo de forma elegante, la adolescencia de la colección. Y como toda adolescencia, tiene momentos brillantes, decisiones cuestionables y algún que otro peinado imposible… en forma de argumento.

Archie Goodwin, al guion, está claramente intentando encontrar el tono adecuado. Lo interesante es que lo hace sin prisas, como quien está probando ingredientes en una receta sin tener del todo claro el resultado final. A veces acierta de lleno, otras se queda a medio camino, pero en todo momento se percibe una intención. Hacer que Iron Man sea algo más que un tipo rico en una lata voladora. Uno de los cambios más evidentes en este volumen es el abandono progresivo de la obsesión por la Guerra Fría. Sí, todavía hay ecos, porque estamos en 1968 y eso no se borra de un plumazo, pero ya no es el eje central. En su lugar aparece la Maggia, que básicamente es la mafia de toda la vida, pero con un nombre que suena a hechizo de Harry Potter antes de que existiera Harry Potter. Y oye, funciona. Porque de repente el conflicto se vuelve más cercano, más urbano, más de callejón oscuro que de despacho gubernamental. La Maggia tiene, además, ese toque deliciosamente exagerado que solo los cómics de la época podían permitirse sin pestañear. Sus planes son ambiciosos, sus métodos discutibles y su presencia aporta una sensación constante de peligro. Aunque a veces ese peligro se resuelva más rápido de lo que debería. Pero no importa, porque lo relevante aquí es el cambio de escenario, ese giro hacia historias más criminales que políticas.

En medio de todo esto aparece Whitney Frost. Su debut es, siendo generosos, un poco caótico. Pero también es fascinante. Porque se nota que Goodwin tiene claro que este personaje va a ser importante, aunque todavía no sepa exactamente cómo. Es como ver a alguien presentarte a una persona diciendo: “Este va a ser clave en tu vida”, mientras esa persona todavía está decidiendo qué quiere cenar. Whitney no entra en escena con la fuerza arrolladora que tendrá más adelante, pero ya deja entrever algo distinto. No es la típica villana de usar y tirar. Tiene matices, o al menos la promesa de tenerlos. Y eso, en un cómic de esta época, ya es mucho decir.

En cuanto a los villanos más “tradicionales”, tenemos al Unicornio. Sí, el Unicornio. Un nombre que hoy provoca una sonrisa automática, pero que en estas páginas se toma muy en serio a sí mismo. Y ahí está parte de la gracia. El personaje intenta ser una amenaza real, aumentando su poder y enfrentándose a Iron Man con determinación. ¿Lo consigue del todo? Bueno… digamos que lo intenta con ganas, que ya es algo. También aparecen figuras como el Gladiador (ese villano de Daredevil), que aportan variedad y refuerzan esa sensación de que el mundo de Iron Man está lleno de peligros diversos, aunque algunos duren lo que tarda Tony Stark en cargar los repulsores. El equilibrio entre villanos recurrentes y enemigos de paso es irregular, pero cumple su función: mantener la rueda girando.

En cuanto al dibujo, el tomo empieza a sacar músculo de verdad. Johnny Craig abre el volumen con un estilo clásico, limpio, casi elegante en su sobriedad. Sus páginas son fáciles de seguir, claras y muy efectivas a la hora de contar la historia sin distracciones innecesarias. Es el tipo de dibujo que no busca llamar la atención, pero que cumple su función con precisión quirúrgica. Cuando entra George Tuska, la cosa cambia. Y cambia para bien. Tuska aporta energía, dinamismo y una sensación de movimiento constante que le sienta de maravilla a un personaje como Iron Man. Sus escenas de acción tienen impacto y ritmo. No son solo peleas. Son coreografías metálicas donde cada golpe parece tener consecuencias. Además, se permite jugar con la composición de página de una manera que rompe ligeramente con la rigidez de la época. No es una revolución, pero sí un paso adelante. Un pequeño recordatorio de que el medio estaba evolucionando, aunque fuese a base de pequeños empujones. El entintado, en manos del propio Craig en algunos momentos, ayuda a mantener la cohesión visual. No es un trabajo espectacular, pero sí sólido. Y a veces eso es exactamente lo que necesitas: alguien que no robe protagonismo, pero que haga que todo funcione mejor.

En cuanto a la edición, Panini Comics mantiene el nivel habitual: traducción de Santiago García y Rafael Marín, formato manejable, buena reproducción del color y una presentación que invita a seguir coleccionando. Los extras, como es habitual en la línea, son un pequeño tesoro. Las cartas de los lectores son especialmente interesantes, no solo por lo que dicen, sino por quiénes las escriben. Encontrarte con nombres que años después serían figuras clave del cómic y el cine tiene algo de mágico. Es como mirar una foto antigua y darte cuenta de que esa persona en segundo plano acabará siendo famosa.

Centrándonos en este volumen, lo cierto es que estamos ante una lectura muy disfrutable. No es perfecta, ni pretende serlo. Tiene sus fallos, sus momentos ingenuos, sus decisiones discutibles. Pero también tiene personalidad, historia y un encanto que es difícil de replicar hoy en día. Es un cómic que te recuerda que hubo un tiempo en el que todo esto era más simple, más directo, más… inocente, si quieres llamarlo así. Y que, a pesar de todo, funcionaba. Quizá porque no intentaba ser otra cosa. Así que sí, esta octava Biblioteca Marvel del Invencible Iron Man es una máquina del tiempo. Una que no siempre te lleva a los mejores momentos, pero sí a algunos de los más interesantes. Y a veces, eso es incluso mejor.

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