Leer el quinto volumen de la Biblioteca Marvel del Capitán América es como abrir una ventana a un momento muy concreto de la historia del cómic en el que todo estaba cambiando a una velocidad casi vertiginosa. No es solo que estemos en 1968, un año cargado de transformaciones sociales, políticas y culturales, es que dentro de las páginas de Marvel Comics también se respiraba esa sensación de revolución inminente. La editorial estaba dejando atrás viejas ataduras, creciendo, arriesgando, lanzando nuevas cabeceras y consolidando una forma de entender el cómic de superhéroes que acabaría marcando a generaciones enteras. En medio de toda esa ebullición creativa, el Capitán América ocupaba un lugar extraño, casi paradójico: era el héroe más antiguo de todos, pero también uno de los más interesantes precisamente por eso. Mientras otros personajes representaban el presente, la modernidad o incluso el futuro, Steve Rogers era, ante todo, pasado. Un pasado que no se limitaba a ser un simple origen, sino que impregnaba cada decisión, cada conflicto y cada enfrentamiento.

Este tomo recoge los números 102 al 107 de la serie original, con Stan Lee al guion y Jack Kirby al dibujo, una combinación que ya estaba en plena madurez creativa. Y eso se nota desde la primera página. Aquí no hay titubeos ni pruebas. Hay una confianza absoluta en el medio, en los personajes y en el lector. Stan Lee escribe con esa mezcla tan suya de grandilocuencia, ritmo vertiginoso y guiños cómplices, mientras Kirby desata toda su potencia sin ningún tipo de contención. El resultado es un cómic que puede parecer excesivo, incluso caótico en algunos momentos, pero que nunca deja de ser fascinante. Es como asistir a un espectáculo donde cada número intenta superar al anterior, no tanto en coherencia como en intensidad.
La primera mitad del tomo está dominada por la saga del Durmiente, una historia que resume a la perfección el espíritu de la época. La premisa es tan sencilla como desmesurada. Un arma definitiva creada por Hitler, un robot gigantesco diseñado para despertar en caso de derrota y arrasar con todo. A partir de ahí, el cómic se convierte en una montaña rusa de acción, conspiraciones y amenazas globales que parecen sacadas de una pesadilla pulp. Pero lo interesante no es solo el espectáculo, que lo hay y en grandes cantidades, sino lo que hay debajo. El Durmiente no es simplemente un villano más, es la encarnación de un pasado que se resiste a desaparecer. Es la guerra que sigue presente, la sombra de un conflicto que aún define al protagonista. Y ahí es donde el Capitán América se diferencia del resto de héroes de la editorial: él no puede dejar atrás lo que fue, porque eso es precisamente lo que le da sentido.

En ese sentido, la saga funciona casi como una declaración de principios. Cada golpe, cada enfrentamiento, cada giro argumental está atravesado por la idea de que el pasado no solo influye en el presente, sino que lo condiciona de forma absoluta. Steve Rogers no lucha solo contra enemigos físicos, lucha contra recuerdos, contra decisiones que tomó en otra vida, contra un mundo que ya no existe pero que sigue marcando su identidad. Y eso le da a la historia una dimensión que va más allá del simple entretenimiento. Sí, hay acción desbordante, sí, hay momentos de puro espectáculo, pero también hay una reflexión constante sobre el tiempo, la memoria y la identidad.
Cuando el tomo deja atrás esta saga y se adentra en las historias autoconclusivas, el ritmo cambia, pero no la intensidad. A partir del número 105, la estructura se vuelve más fragmentada, en parte por la dificultad de compaginar la serie del Capitán América con su presencia en los Vengadores. Sin embargo, lejos de sentirse como un retroceso, este cambio permite explorar ideas de una forma más directa y, en algunos casos, más arriesgada. Cada número se plantea como una especie de experimento, una historia que debe funcionar por sí misma y que, por tanto, necesita impactar desde el primer momento.

Es en esta segunda mitad donde empiezan a aparecer conceptos especialmente interesantes, como la relación ambigua con ciertos villanos o la introducción de nuevas amenazas que no se limitan al plano físico. El regreso de Batroc, por ejemplo, aporta un matiz curioso, casi de rivalidad respetuosa, que rompe con la idea del enemigo unidimensional. Pero es sobre todo la aparición del Doctor Faustus lo que marca un punto de inflexión. Este personaje introduce un tipo de conflicto diferente, basado en la manipulación psicológica y el control mental, lo que encaja perfectamente con la naturaleza del Capitán América. Si su mayor debilidad es su pasado, alguien capaz de manipular su mente se convierte en una amenaza especialmente peligrosa.
Gráficamente, el tomo es un festín. Kirby está en un momento de inspiración absoluta, y eso se traduce en páginas llenas de energía, composiciones dinámicas y un sentido del movimiento que sigue resultando impresionante décadas después. Sus figuras parecen estar siempre a punto de salirse de la viñeta, como si el propio formato se les quedara pequeño. Es un dibujo que no solo cuenta la historia, sino que la amplifica, la exagera y la convierte en algo casi físico. Eso sí, la presencia de varios entintadores como Syd Shores, Dan Adkins y Frank Giacoia introduce cierta irregularidad en el acabado final. Hay páginas donde el trazo se siente más limpio, otras donde resulta más pesado o menos definido. Pero incluso con esas diferencias, la fuerza del dibujo de Kirby es tan grande que termina imponiéndose. Es uno de esos casos en los que el talento es tan evidente que trasciende cualquier limitación técnica o circunstancial.

La edición de Panini Comics cumple con creces su función. El formato de la línea Biblioteca Marvel apuesta por la accesibilidad sin renunciar al contenido adicional que ayuda a contextualizar las historias. Los correos de lectores traducidos por Rafael Marín son especialmente interesantes, ya que ofrecen una visión directa de cómo se recibían estos cómics en su momento. La cronología, por su parte, permite situar cada historia dentro del universo Marvel en expansión, algo especialmente útil en una época donde la continuidad empezaba a cobrar cada vez más importancia.
Al final, lo que queda es la sensación de haber asistido a algo más que una simple lectura. Este tomo de la Biblioteca Marvel del Capitán América no es solo una recopilación de historias del centinela de la libertad, es un testimonio de una etapa clave en la historia del cómic. Es el reflejo de una editorial en plena transformación, de unos autores en estado de gracia y de un personaje que, lejos de quedarse anclado en el pasado, lo utiliza para definirse y avanzar. Y quizá ahí esté la clave de todo. Porque en un mundo que cambia constantemente, donde todo parece moverse hacia adelante a una velocidad imparable, el Capitán América nos recuerda que el pasado no es una carga que debamos dejar atrás, sino una parte esencial de lo que somos. Este tomo lo demuestra página a página, viñeta a viñeta, golpe a golpe. No es solo un cómic que se lee. Es un cómic que se siente, que se arrastra contigo incluso después de haberlo cerrado, como un eco persistente de otra época que, de alguna manera, sigue muy viva.
