Hay etapas de los Vengadores que se recuerdan como si fueran un trueno: llegan, arrasan y dejan huella durante años. Luego hay otras que funcionan más como una tormenta de verano: aparecen sin hacer demasiado ruido, descargan lo suyo, tienen momentos en los que el cielo se ilumina de forma espectacular y cuando se disipan, te quedas con la sensación de que quizá no fue tan impresionante como parecía en medio del chaparrón. “Los Vengadores de Geoff Johns: La Colección Completa” pertenece, sin duda, a este segundo grupo. Y lo curioso es que eso no es necesariamente algo malo.

Este tomo tiene algo muy particular: es una especie de “zona intermedia” dentro de la historia moderna del grupo. No tiene la grandeza casi mitológica de etapas anteriores ni la revolución que vendría después, pero sí posee una mezcla extraña de clasicismo, buenas intenciones y decisiones creativas que a veces funcionan y a veces parecen tomadas después de una noche sin dormir y demasiado café. Leerlo es como ver a un equipo lleno de talento intentando encontrar su identidad mientras el mundo, literalmente, se desmorona a su alrededor.
El arranque con “Fe Mundial” ya deja claras las intenciones. Geoff Johns quiere jugar en las grandes ligas. Y cuando decimos grandes, nos referimos a que alguien ha cogido las capitales del mundo y las ha hecho desaparecer como si fueran calcetines en una lavadora cósmica. El caos es absoluto, los gobiernos colapsan y la humanidad entra en modo “¿y ahora qué hacemos?”. La respuesta, aparentemente lógica dentro del universo Marvel, es: “Que se encarguen los Vengadores”. Porque claro, si alguien puede gestionar una crisis global sin precedentes, son un supersoldado con un escudo indestructible, un dios del trueno, un millonario con problemas de ego y un grupo de personas que han convertido el drama personal en una forma de vida. Aquí, Capitán América se erige como el líder absoluto, el faro moral, el hombre que no solo lleva el escudo, sino también el peso de la humanidad sobre sus hombros. Johns apuesta fuerte por esa imagen casi idealizada del personaje, rozando en ocasiones el terreno del “sí, lo sabemos, es perfecto, puedes bajar un poco el volumen”. Pero también hay algo entrañable en esa insistencia. Este Capitán América cree de verdad en lo que hace, y en un mundo donde todo se desmorona, eso tiene su valor. El problema es que la historia, pese a su premisa espectacular, se desarrolla de forma más contenida de lo esperado. Hay política, hay tensión internacional, hay personajes como Pantera Negra y Namor entrando en juego para darle peso geopolítico al asunto, pero todo se queda en una especie de simulacro de gran evento. Como si la historia estuviera constantemente a punto de decir algo importante, pero se quedara a medio camino por no querer complicarse demasiado. Aun así, se deja leer con agrado, en parte gracias a un dibujo sólido que cumple sin grandes alardes, pero con eficacia. El primer nombre que entra en juego es Kieron Dwyer, encargado de abrir la etapa. Su estilo es sólido, clásico, muy en la línea de lo que uno espera de una serie como Los Vengadores en esa época. No busca reinventar nada, pero tampoco lo necesita. Es de esos dibujantes que no llaman la atención por excesos, pero que permiten que la historia fluya sin obstáculos. Quizá no deslumbra, pero tampoco decepciona, y eso, en un arranque de etapa, es más importante de lo que parece.

Después de este arranque llega uno de los momentos más desconcertantes del tomo: la miniserie centrada en Visión. Sobre el papel, es una oportunidad perfecta para explorar a uno de los personajes más fascinantes de los Vengadores, un ser que siempre ha vivido entre lo humano y lo artificial, entre la lógica y la emoción. En la práctica… es una historia que parece perderse en su propio planteamiento. Hay ideas interesantes, como la conexión con los orígenes del androide original y su creador, pero todo se diluye en una narrativa que introduce personajes que no terminan de aportar nada, subtramas que no llevan a ningún sitio y un ritmo que oscila entre lo pausado y lo directamente desconectado. Es una de esas lecturas en las que te sorprendes mirando el número de página más de lo habitual. Y, sin embargo, hay algo que la salva parcialmente: el dibujo de Ivan Reis. Incluso en una historia que no termina de cuajar, su arte aporta claridad, dinamismo y una elegancia que hace que el conjunto no se hunda del todo.
Curiosamente, es en los números más pequeños, en los interludios aparentemente intrascendentes, donde la etapa empieza a mostrar su mejor cara. Aquí Geoff Johns se relaja, baja la escala y se centra en los personajes. Y funciona. Los problemas personales de Hombre Hormiga, su relación con su hija, las tensiones internas del grupo o el papel de figuras como Henry Gyrich aportan una dimensión más humana, más cercana, que contrasta con las grandes crisis globales que no terminaban de despegar. Es como si el guionista se sintiera más cómodo hablando de personas que de conceptos gigantescos. Y eso se nota. Los diálogos fluyen mejor, los conflictos tienen más peso y, por un momento, los Vengadores dejan de ser iconos para convertirse en algo más reconocible. No es revolucionario, pero sí efectivo.

Con paso discreto y el corazón encogido tenemos a Gary Frank en dos pequeños números. Luego llega “Calma Tensa”, un arco compartido que introduce un dilema interesante: ¿hasta qué punto deben los héroes intervenir en conflictos internacionales? Aquí Thor representa la intervención directa. La idea de que el poder debe usarse para liberar a los oprimidos, mientras que Iron Man encarna una postura más pragmática, más política, más consciente de las consecuencias globales. Es un enfrentamiento ideológico que podría haber dado mucho más de sí, pero que, como suele ocurrir en este tipo de historias, termina resolviéndose con una buena dosis de acción. Aun así, es uno de los momentos más interesantes del tomo, porque al menos intenta plantear preguntas incómodas. No siempre encuentra las respuestas, pero el intento está ahí, y se agradece. En medio de todo este desfile, aparecen nombres como Alan Davis, Dan Jurgens o Mike Grell, que, aunque no tienen tanto protagonismo, aportan ese toque de calidad que eleva el conjunto. Este dibujante en particular, es siempre sinónimo de elegancia y clasicismo bien entendido, aunque aquí su presencia sea más puntual.
Cuando ya te has acostumbrado a una etapa irregular pero entretenida, llega “Zona Roja” y todo cambia. De repente, Geoff Johns encuentra el tono, el ritmo y la idea que necesitaba. La amenaza ya no es un villano con un plan grandilocuente, sino una niebla mortal que se extiende sin control, matando a cualquiera que entra en contacto con ella. No hay golpes que valgan, no hay enemigo al que derribar. Solo hay desesperación, urgencia y una sensación constante de que las cosas pueden salir muy mal. Aquí, el guion gana en tensión y en claridad. Cada número empuja la historia hacia adelante, cada decisión tiene consecuencias y los personajes reaccionan de forma coherente ante una crisis que los supera. Y cuando se revela que detrás de todo está Cráneo Rojo, el conflicto adquiere una dimensión aún más incómoda, al introducir un componente de odio racial que le da un peso adicional a la historia. La elección de Pantera Negra como figura clave en el enfrentamiento final es, probablemente, una de las mejores decisiones de toda la etapa. Rompe con la dinámica habitual, evita el enfrentamiento clásico y aporta una carga simbólica mucho más potente. Y si a eso le sumamos el espectacular trabajo de Olivier Coipel, el resultado es, sin duda, el punto más alto del tomo. Aquí sí, los Vengadores brillan con luz propia.

Tras este pico de calidad, la historia continúa con “La búsqueda de Hulka”, donde Jennifer Walters pierde el control de sus poderes y se convierte en una amenaza tanto para sí misma como para los demás. Es una premisa sencilla, pero efectiva: persecución, acción y un toque de drama personal. Scott Kolins aporta un estilo dinámico que encaja bien con el tono de la historia, y la presencia de Hulk añade ese punto extra de caos que siempre viene bien. No es una saga que vaya a cambiar la historia del personaje, pero cumple su función como cierre de etapa. Ofrece entretenimiento, algunas escenas potentes y la sensación de que, pese a todo, el equipo sigue adelante.
La edición de Panini Comics, junto a SD Distribuciones, se recopilan en un solo tomo con traducción de Gonzalo Quesada. Incluyen los números The Avengers vol.3 del #57 al #76, Avengers Icons: The Vision del #1 al #4, Thor vol.2 #58 y The Invincible Iron Man vol.3 #64. Así como una introducción de Pedro Monje, las portadas originales y una serie de extras explicando las fichas de los personajes que aparecen en el tomo.

En conjunto, esta etapa de los Vengadores de Geoff Johns es una experiencia curiosa. Tiene todos los ingredientes para ser algo grande. Un reparto de personajes icónicos, ideas ambiciosas, un equipo artístico de primer nivel, pero no siempre consigue combinarlo todo de forma coherente. Hay momentos en los que brilla, momentos en los que se queda en lo correcto y momentos en los que directamente se pierde. Sin embargo, también tiene algo que la hace especial: es un reflejo de transición. Es el puente entre dos formas de entender a los Vengadores, un experimento que intenta mantener el espíritu clásico mientras insinúa cambios que todavía no terminan de materializarse. Y en ese intento, imperfecto pero honesto, hay algo digno de reconocimiento. No es una etapa imprescindible, pero tampoco es una que debas pasar por alto. Es, en cierto modo, como una conversación interesante que no siempre sabe a dónde va, pero que de vez en cuando te suelta una idea brillante que hace que todo merezca la pena. Y al final, eso también es parte de la magia de los cómics: no todo tiene que ser perfecto para ser disfrutable. A veces basta con que tenga personalidad, momentos memorables y un grupo de héroes intentando salvar el mundo, aunque no siempre sepan muy bien cómo hacerlo.
