Dicen que todo el mundo merece una segunda oportunidad pero hay alguna gente que no lo necesita ni lo busca. Por eso, en este tomo 100% Marvel HC «Que vengan los chicos malos» se usa ese momento incómodo en el que Marvel decide apartar a los héroes, cerrar la puerta con llave y dejar que los peores individuos del universo hagan lo que mejor saben: liarla sin ningún tipo de remordimiento. Porque claro, si juntas al Doctor Muerte, Duende Verde y Mefisto en la misma historia, lo raro no es que el mundo esté en peligro. Lo raro es que siga existiendo en la página siguiente.

La propuesta es sencilla en apariencia, pero tremendamente efectiva en ejecución. Reunir a algunos de los villanos más icónicos de Marvel y darles el foco absoluto. Sin héroes que les hagan sombra, sin discursos moralizantes que les frenen. Solo ellos, sus obsesiones y sus planes imposibles. Así, desfilan por estas páginas figuras como Doctor Muerte, Duende Verde, Abominación, Loki, Cráneo Rojo, Dormammu y Mefisto, formando una alineación que no es un equipo, sino más bien una bomba de relojería a punto de estallar. Porque si algo deja claro este cómic desde el principio es que los villanos no cooperan: compiten, conspiran y, si hace falta, se traicionan sin pestañear.
El hilo conductor de todo este caos lo marca Mefisto, que decide que el infierno ya no le basta. Controlar las almas de los condenados es, a estas alturas, un entretenimiento menor para alguien con su ego y su hambre de poder. Así que da un paso más allá y plantea un plan que suena tan descabellado como irresistible: hacerse con las almas de toda la humanidad. Para ello recurre a artefactos místicos, rituales antiguos y a una figura clave, la Hermana Pesar, una creación reciente que funciona como engranaje emocional y narrativo de la historia. Su presencia añade una capa de tragedia y manipulación que equilibra, en cierta medida, el festival de maldad pura que domina el tomo. Pero claro, cuando hay poder en juego, hay un nombre que siempre aparece tarde o temprano: Doctor Muerte. Y cuando Víctor entra en escena, todo cambia. Porque no estamos hablando de un villano más, sino de alguien que no acepta ser una pieza en el tablero de otro. Su participación eleva automáticamente el nivel del conflicto, convirtiendo lo que podría ser un simple plan demoníaco en una auténtica guerra de egos. Muerte no reacciona: impone. No duda: ejecuta. Y cada una de sus apariciones está cargada de ese carisma arrogante que lo convierte en uno de los personajes más fascinantes de Marvel.

La estructura del tomo, dividida en especiales centrados en distintos villanos, es uno de sus mayores aciertos. Lejos de fragmentar la trama, permite explorar diferentes tonos y géneros dentro de un mismo marco. El episodio protagonizado por el Duende Verde, por ejemplo, se acerca peligrosamente al terror psicológico, con un enfoque casi de sádico que convierte a Norman Osborn en una pesadilla ambulante. Aquí no hay grandes discursos ni planes elaborados: hay tensión, acecho y una violencia latente que explota en el momento justo. Es incómodo, es intenso y funciona de maravilla. Por otro lado, la historia de Abominación abraza el horror más físico, más visceral. Es un relato que juega con lo monstruoso, no solo en términos visuales, sino también emocionales. Hay una cierta profundidad en la forma en que se presenta al personaje, recordándonos que, incluso entre los villanos, hay niveles de complejidad que merecen ser explorados. Sin embargo, el cómic nunca pierde de vista lo que es: un espectáculo. Y cuando toca repartir golpes, lo hace sin contención.
El paso de Loki por el tomo es, como cabría esperar, un ejercicio de manipulación elegante. Su historia no necesita grandes explosiones ni violencia explícita para destacar. Le basta con su inteligencia, su ironía y esa capacidad constante para ir un paso por delante de todos. Loki no destruye mundos con fuerza bruta. Lo hace con palabras, con engaños, con sonrisas que esconden trampas. Y eso lo convierte en uno de los segmentos más disfrutables del conjunto. En contraste, Cráneo Rojo aporta un tono mucho más oscuro y perturbador. Su historia no busca entretener tanto como incomodar. Aquí la maldad no es espectacular ni grandilocuente: es fría, ideológica y profundamente inquietante. Es un recordatorio de que, a veces, los villanos más aterradores no son los que lanzan rayos o invocan demonios, sino los que creen firmemente en lo que hacen. La presencia de Dormammu, por su parte, eleva la escala del relato a niveles cósmicos. Su segmento es puro espectáculo visual, con dimensiones imposibles, energías desatadas y una sensación constante de que la realidad es solo una sugerencia. Es el tipo de historia que te recuerda que, en Marvel, siempre hay algo más grande, más antiguo y más peligroso esperando en la oscuridad. Y en medio de todo esto, como un director de orquesta que disfruta viendo cómo sus músicos se apuñalan entre sí, está Mefisto. Su papel no es solo el de antagonista principal, sino el de catalizador. Es quien pone en marcha los acontecimientos, quien manipula, quien tienta, quien observa. Y lo hace con una calma inquietante, como alguien que sabe que, pase lo que pase, siempre saldrá ganando.

A nivel de guion, el trabajo conjunto de autores como Marc Guggenheim, Ethan S. Parker, Griffin Sheridan, Alex Paknadel, Anthony Oliveira, Stephanie Phillips o Phillip Kennedy Johnson consigue algo que no siempre es fácil en este tipo de proyectos corales: coherencia. Cada historia tiene su identidad, su estilo y su ritmo, pero todas encajan dentro de un todo mayor. No se siente como una simple recopilación de relatos sueltos, sino como una narrativa construida con intención, donde cada pieza aporta algo al conjunto.
En el apartado gráfico, el tomo es un auténtico festival. La variedad de estilos no solo no molesta, sino que enriquece la experiencia. Steffano Raffaele, Matteo Della Fonte, Sergio Dávila, Jethro Morales, Tomaso Bianchi, Javier Pina y Álvaro López aportan su visión, su forma de entender a los personajes y los mundos que habitan. Desde el detalle meticuloso de los entornos hasta el diseño de criaturas y efectos mágicos, todo está cuidado al milímetro.

La edición por parte de Panini Comics entra por los ojos antes incluso de que empieces a disfrutar del festival de maldad que hay dentro. Incluyen Bring on the Bad Guys: Doom, Green Goblin, Abomination, Loki, Red Skull, Dormammu y Mephisto, con traducción de Uriel López y una introducción de Bruno Orive. Así como bastantes portadas alternativas realizadas por Leirix, Peach Momoko, Kevin Eastman o Miguel Mercado entre otros. No estamos ante un volumen cargado de material adicional, bocetos o artículos extensos, sino ante una edición centrada en ofrecer la historia principal de forma limpia y directa. Aun así, el conjunto se ve reforzado por las espectaculares portadas originales, especialmente las firmadas por Lee Bermejo, que funcionan casi como pequeñas piezas de colección dentro del propio tomo.
Pero más allá de su estructura, sus personajes o su apartado visual, lo que realmente hace que este tomo funcione es su actitud. Este tebeo no intenta disfrazar su naturaleza ni justificar a sus protagonistas. Es un cómic que abraza la maldad como motor de combustión y la convierte en espectáculo. Y en ese proceso, logra algo muy difícil: hacer que el lector disfrute viendo cómo todo se va al desastre. Porque al final, esa es la clave. Los héroes salvan el día, sí. Pero los villanos hacen que el viaje merezca la pena. Son ellos los que empujan los límites, los que generan conflicto, los que obligan a que las historias existan. Y cuando se les da el protagonismo absoluto, como ocurre aquí, el resultado es tan caótico como fascinante.

Cuando cierras el tomo, con esa sensación de haber asistido a un aquelarre de egos desatados, traiciones elegantes y planes que harían sudar a cualquier héroe con capa, te das cuenta de algo incómodo: no has echado de menos a los buenos. Ni un poco. Porque aquí el espectáculo lo sostienen ellos, los que no piden permiso, los que no dudan, los que no miran atrás. El Doctor Muerte no aprende ninguna lección. Mefisto no paga por sus pecados. Loki probablemente ya sabía cómo iba a acabar todo antes de empezar. Y el resto… bueno, el resto sigue siendo exactamente lo que siempre han sido: problemas con patas. Ese es el verdadero triunfo de «Que vengan los chicos malos». No intenta domesticarlos, ni hacerlos digeribles, ni convertirlos en antihéroes de moda. Los deja ser monstruos, tiranos, manipuladores y dioses del desastre. Y en ese caos perfectamente orquestado, el lector encuentra algo peligrosamente adictivo: la libertad de disfrutar sin culpa del lado más oscuro del Universo Marvel. Porque al final, cuando todo arde, cuando las almas están en juego y cuando el mundo pende de un hilo… lo que realmente quieres ver no es quién lo salva, sino quién se atreve a romperlo mejor. Y este tomo, sin duda, reúne a los mejores en ese deporte.
