Slava: ventana al caos

La Belleza del capitalismo no consiste en poder comprar lo que sea, sino en vender lo que sea

Si piensas que los noventa fueron solo chándales horteras, música electrónica y peinados imposibles, el tebeo llamado «Slava» viene a darte una bofetada con guante de hierro soviético. Porque mientras medio mundo bailaba, en Rusia la fiesta era otra. Edificios saqueados, negocios turbios y tipos con más ambición que escrúpulos intentando hacerse ricos antes de que alguien les quite la silla. Vamos, el capitalismo entrando como elefante en cacharrería y llevándose por delante hasta los visillos de la abuela. Y en medio de ese caos aparece Pierre-Henry Gomont con una sonrisa traviesa, dispuesto a contarte una historia que tiene de todo. Drama, tiros, personajes dudosos y decisiones aún más dudosas. Con un humor que aparece cuando menos te lo esperas, como ese colega que hace un chiste justo en el peor momento posible. Porque sí, este tebeo te va a hacer sufrir, pero también te va a sacar alguna carcajada culpable por el camino.

Ya desde las primeras páginas queda claro que no estás ante una historia convencional. No hay una estructura clásica de ascenso y caída, ni una progresión de héroe al uso. Aquí lo que hay es un descenso constante, una deriva moral y emocional que refleja a la perfección el caos de la Rusia de los años 90, tras la caída de la Unión Soviética. Ese contexto no es un simple decorado: es el corazón mismo del relato. La URSS ha colapsado, el comunismo se ha convertido en una reliquia incómoda, y el capitalismo entra en escena como un depredador sin reglas. No hay transición suave, no hay red de seguridad. Solo hay oportunidades y víctimas. En medio de ese torbellino encontramos a Slava Segalov, un artista que ha perdido su lugar en el mundo, y a Dimitri Lavrin, un oportunista que ha entendido antes que nadie que en el nuevo sistema no gana el más justo, sino el más rápido, el más listo o el más despiadado (vamos los vemos todos los días en el sistema de vida americano).

La relación entre Slava y Lavrin es uno de los grandes motores de la obra. No porque sean opuestos absolutos (que lo son), sino porque se necesitan. Lavrin es puro impulso, ambición sin freno, un tipo capaz de vender el pasado de su propio país pieza a pieza si eso le acerca al éxito. Slava, en cambio, es duda, contradicción, nostalgia. Es un hombre que no encaja ni en el viejo mundo ni en el nuevo, atrapado en una especie de limbo moral del que no sabe cómo salir.  A medida que la historia avanza, el universo se expande con la llegada de Nina y Volodia, dos personajes que aportan nuevas perspectivas y, sobre todo, nuevas tensiones. Nina no es solo un contrapunto femenino. Es una fuerza que empuja, que cuestiona, que obliga a Slava a enfrentarse a sus propias decisiones. Volodia, por su parte, es casi una figura simbólica, un gigante que encarna la resistencia de una clase trabajadora que ve cómo todo aquello por lo que ha luchado se desmorona sin que nadie le pregunte.

La trama, en esencia, gira en torno a la explotación de los restos del viejo sistema: edificios abandonados, maquinaria obsoleta, recuerdos convertidos en mercancía. Pero lo que realmente está en juego no son esos objetos, sino las personas. El autor retrata con una precisión brutal cómo el cambio de sistema no solo transforma la economía, sino también las relaciones humanas, la ética y la identidad. De repente, conceptos como lealtad, dignidad o comunidad dejan de ser valores sólidos para convertirse en lujos que pocos pueden permitirse. Uno de los mayores aciertos del cómic es su tono. A pesar de la dureza de lo que cuenta, Slava no es una obra completamente sombría. Hay humor, y no poco. Pero no es un humor amable ni reconfortante: es ácido, incómodo, a veces casi cruel. Te ríes, sí, pero con esa sensación de que no deberías estar haciéndolo. Y precisamente por eso funciona. Porque refleja a la perfección esa capacidad humana de encontrar momentos de ligereza incluso en las situaciones más desesperadas.

Gráficamente, la obra es una auténtica delicia. El estilo de dibujo es limpio, claro, pero cargado de intención. No hay exceso de detalle gratuito: cada línea, cada color, cada composición está al servicio de la historia. Los paisajes, especialmente, son impresionantes. Esos horizontes nevados, esas ciudades grises, esas estructuras industriales que parecen fantasmas del pasado. Todo contribuye a crear una atmósfera opresiva, casi asfixiante. El uso del color merece una mención aparte. Los tonos fríos dominan la obra, construyendo una sensación constante de distancia, de vacío. Pero de vez en cuando irrumpe el rojo, intenso, casi violento, recordándote que la historia que estás leyendo está empapada de un pasado que no ha desaparecido del todo. Es un recurso sencillo, pero tremendamente efectivo.

Sin embargo, no todo es impecable. Hay tramos en los que la historia parece diluirse ligeramente, donde el foco se dispersa y la tensión pierde algo de fuerza. También hay momentos en los que la crudeza puede resultar excesiva, casi innecesaria, como si quisiera asegurarse de que el lector no olvida lo brutal que es el mundo que está retratando. Pero incluso esos excesos tienen sentido dentro del conjunto. Entonces llegamos al desenlace. Un final que no voy a revelar, pero que se siente tan inevitable como devastador. Porque si algo dejan claro estas páginas desde el principio es que esta no es una historia de redención. Es una historia de consecuencias. De decisiones tomadas en momentos límite. De caminos que, una vez elegidos, no tienen retorno.

La edición de Yermo Ediciones es muy cuidada y luce especialmente bien gracias a su formato cartoné de gran tamaño. Con traducción de Fernando Ballesteros tenemos los 3 volúmenes publicados por Dargaud, que incluyen al final una multitud de extras que incluyen explicaciones de las localizaciones utilizadas en el tebeo. Así como muchas ilustraciones para deleitarse con cada una de ellas.

Al final, cuando terminas, te quedas con cara de “¿qué acaba de pasar aquí?”. Porque empiezas la lectura como quien se apunta a una aventura de pillos con encanto (un poco de trapicheo, personajes carismáticos, alguna situación absurda) y acabas con la sensación de que te han dado una masterclass acelerada sobre cómo la vida puede torcerse sin pedir permiso. Lo más divertido (y perverso) es cómo Pierre-Henry Gomont te lleva de la mano como si nada. Te deja reírte, te deja confiar, incluso te deja pensar que igual todo se arregla. Que sí, que el mundo está patas arriba, pero oye, estos tipos tienen recursos, algo saldrá bien. Pero es ese cómic que te guiña el ojo mientras te roba la cartera. Cuando quieres darte cuenta, ya estás completamente dentro, defendiendo a personajes que hace diez páginas no te fiabas ni un pelo y entonces se apagan las luces y te das cuenta de que no era una comedia con tintes dramáticos, sino una tragedia con muy buen sentido del humor.

En última instancia, este comic es un retrato de un país, sí, pero también de una condición humana universal: la de aquellos que se ven obligados a adaptarse a un mundo que cambia sin preguntarles. Es una historia sobre la supervivencia, sobre la pérdida, sobre la capacidad de justificar lo injustificable cuando no hay otra opción. No es un cómic fácil. No es un cómic amable. Pero es un cómic necesario. De esos que te remueven, que te incomodan, que te obligan a pensar incluso cuando preferirías no hacerlo. Así que, si buscas una lectura ligera, quizá este no sea tu camino. Pero si lo que quieres es una obra que te deje huella, que te acompañe más allá de sus páginas y que te recuerde que el cómic puede ser mucho más que entretenimiento, entonces «Slava» te está esperando. Y no va a soltarte fácilmente.

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