Marvel Must Have. Imposible Patrulla-X 14: La Guerra del Mesías

Vamos a decirlo claro desde el principio: si buscas un cómic luminoso, esperanzador y con personajes que toman decisiones sensatas has elegido fatal. Este tomo número catorce de Marvel Must-Have de la Patrulla X llamado La Guerra del Mesías es lo que pasa cuando en Marvel Comics alguien se levanta un lunes con ganas de liarla y decide que la mejor forma de explorar la esperanza mutante es someterla a una persecución constante, dispararle varias veces y dejar que un mercenario desquiciado haga chistes sobre ello. Y oye, funciona. De una forma bastante retorcida, pero funciona. Porque aquí la “esperanza” tiene nombre propio: Hope. Y no, no es una metáfora bonita ni un concepto abstracto; es un bebé al que medio universo quiere proteger y la otra mitad quiere borrar del mapa antes de que aprenda a andar. Todo muy sano y muy equilibrado. Todo muy propio de una franquicia que todavía está digiriendo el trauma del “No más mutantes” de Bruja Escarlata. Porque si algo define esta etapa es que nadie está bien. Nadie. Y eso se nota en cada página.

El primero en demostrarlo es Cable, que aquí ejerce de padre adoptivo en condiciones que harían llorar al cualquier empleado de guardería. Su idea de crianza consiste en viajar al futuro, esconderse en un mundo devastado y enseñar a la niña a sobrevivir a base de esquivar balas y traiciones. No hay cuentos antes de dormir, pero probablemente sí hay clases prácticas de “cómo desmontar un rifle antes de los cinco años”. Lo que se suele decir: “enseñanza a la vieja usanza”.

En el otro lado tenemos a Bishop, que ha decidido que la mejor forma de arreglar el futuro es evitar que Hope llegue a crecer. Y ojo, que el tipo no va de villano de opereta. No se ríe de forma malvada con “Jajejijoju” ni acaricia gatos blancos. Bishop está convencido de que tiene razón. Y lo peor es que, durante buena parte del cómic, entiendes por qué. Es el clásico caso de “si supieras lo que yo sé, también harías esto”. Solamente que lo que hace implica cargarse a una niña. Minucias de loco del futuro. Y como esto no podía quedarse en un duelo íntimo de traumas cruzados, aparece Cíclope con una de esas decisiones que hacen historia. Mandar a X-Force al futuro. Porque claro, si tienes un problema delicado que requiere tacto y precisión ¿por qué no enviar a Lobezno y compañía, cuya principal herramienta diplomática son las garras y el asesinato? Así que sí, tenemos a X-Force irrumpiendo en un futuro que ya era bastante miserable de por sí. X-23, Dominó y el resto del equipo llegan con la mejor de las intenciones y el peor de los historiales en cuanto a daños colaterales. Lo que sigue no es una misión de rescate. Es una guerra abierta en la que todos los implicados creen estar haciendo lo correcto mientras el mundo a su alrededor se desmorona.

La gracia de La Guerra del Mesías es que no hay pausa. No hay ese típico momento en el que los personajes se sientan a explicarse y llegan a una conclusión. Aquí todo el mundo está demasiado ocupado sobreviviendo. El ritmo es una huida constante, un “corre o muere” que se mantiene durante todo el tomo. Y cuando parece que la cosa no puede volverse más caótica… aparece Masacre. La creación de Fabian Nicieza y Rob Lidfeld entra en escena como un puñetazo de ironía en mitad de una tragedia. Es el único personaje que parece darse cuenta de lo absurdo de la situación, y lo comenta sin ningún tipo de filtro. Pero no es solo un alivio cómico. Es, en cierto modo, el espejo deformado de la historia: mientras los demás se toman todo con una gravedad casi insoportable, él se permite reírse y al hacerlo, deja aún más en evidencia lo desesperado de todo.

El guion, firmado por Craig Kyle, Christopher Yost y Duane Swierczynski, apuesta por un tono oscuro, directo y sin concesiones. Aquí no hay discursos idealistas ni soluciones limpias. Hay decisiones difíciles, consecuencias dolorosas y personajes que cruzan líneas que, en otras épocas, habrían sido impensables. Es la Patrulla-X sin maquillaje, sin red de seguridad y con muy pocas ganas de agradar. Y eso es precisamente lo que hace que funcione tan bien. Porque en lugar de intentar ser épico en el sentido clásico, el cómic opta por ser incómodo. Te obliga a posicionarte, a elegir a quién apoyas. Luego se encarga de recordarte que probablemente te has equivocado. No hay victoria clara, no hay héroes impecables. Solo gente intentando no morir a una situación imposible.

En el aspecto gráfico, el tomo es un pequeño caos controlado que le sienta de maravilla. Clayton Crain aporta un estilo casi pictórico, con colores densos y una atmósfera que hace que todo parezca sucio, tangible, real. Ariel Olivetti tira de épica musculada, con personajes que parecen tallados en granito y escenas que respiran violencia contenida. Mike Choi y Jamie McKelvie aportan fluidez y claridad, evitando que la historia se convierta en un galimatías visual. El resultado es un cómic que entra por los ojos con la misma fuerza con la que golpea narrativamente. No busca ser bonito; busca ser efectivo. Y lo consigue.

La edición de Panini Comics dentro de la línea Marvel Must-Have cumple como en otras ocasiones. Contiene X-Force/Cable: Messiah War, Cable 13-15, X-Force 14-16 con traducción de Santiago García, una introducción de David Hernández Ortega, portadas principales de Kaare Andrews y las alternativas de Mike Choi, Rob Liefeld y del resto de autores que participan en el tebeo. Además de los archivos de Dyscordia explicando cada personaje que participa y varios extras explicando como llegamos hasta este punto y que lecturas son complementarias. Eso sí, no esperes un cierre redondo. Esto es el segundo acto de una historia más grande, y se nota. Hay tramas que quedan abiertas, conflictos que siguen en el aire y una sensación general de que lo peor está aún por venir. Pero lejos de ser un defecto, eso refuerza la idea de que estamos en mitad de una guerra. Y las guerras no se resuelven en un solo tomo. En definitiva, este tomo de Marvel Must-Have: La Guerra del Mesías es un cómic con mala leche, con nervio y con muy pocas ganas de hacerte sentir cómodo. Es violento, es tenso, es a ratos muy divertido (gracias, Masacre) y, sobre todo, es tremendamente honesto con su propuesta.

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