Puño De Hierro TPB 1 Marvel Limited Edition: puñetazos cargados de chi

Daniel Rand tenía un plan de vida bastante sólido. Ser un niño rico, viajar por el mundo con sus padres y, con suerte, no morirse congelado en una montaña perdida. Spoiler: el plan se fue al garete en cuanto alguien dijo “oye, ¿y si nos damos un paseo por el Himalaya?”. Lo que sigue es una cadena de decisiones cuestionables que desembocan en tragedia familiar, entrenamiento místico extremo y, cómo no, la creación de un señor en pijama amarillo capaz de romperte la cara canalizando su energía interior. Así empieza este primer TPB de «Puño de Hierro» de la línea de Marvel Limited Edition. Un cómic que te mira a los ojos y te dice: “sí, esto va de un millonario traumatizado que aprende kung-fu en una ciudad mágica invisible… ¿y qué?”. Y lo peculiar es que funciona. Porque en lugar de disimular lo absurdo, lo abraza con una seriedad casi religiosa. Aquí nadie guiña el ojo al lector. Si hay que hablar de chi, se habla; si hay que lanzar una patada voladora con pose imposible, se lanza; y si hay que soltar un monólogo intenso mientras te brilla el puño, se hace sin vergüenza. El resultado es un inicio tan exagerado como fascinante, donde el drama, el misticismo y las ganas de repartir estopa se mezclan en una coctelera que solo podía existir en los años setenta y que, contra todo pronóstico, sigue teniendo más personalidad que muchos cómics modernos que van de listos.

El viaje de Daniel Rand es tan exagerado que acaba siendo magnético. Niño privilegiado que lo pierde todo en una excursión maldita, entrenamiento extremo en una dimensión mística, regreso al mundo real para reclamar su herencia y ajustar cuentas. Es el tipo de historia que, si te la cuentan hoy, suena a parodia. Pero aquí funciona porque nadie está de broma. Este cómic se toma muy en serio su propia locura, y ahí reside gran parte de su encanto. Cuando Danny vuelve como Puño de Hierro, no es solo un tío con habilidades molonas. Es un tipo muy traumatizado. Ha pasado años en un sitio donde la realidad funciona con otras reglas, y de repente tiene que lidiar con oficinas, trajes caros y gente que no cree en ciudades mágicas. Es como si un monje shaolín aterrizara en una reunión de accionistas de Iberdrola. Y claro, pasan cosas.

El tomo recoge material de Marvel Premiere #15-#25, el Marvel Team-Up #31 y los dos primeros números de Iron Fist. Un festival creativo donde cada número puede ser una sorpresa distinta. Aquí no hay una línea recta, hay curvas, derrapes y algún que otro volantazo que casi te saca de la carretera. Pero ese desorden tiene su gracia, porque te permite ver cómo el personaje se va construyendo sobre la marcha. Antes de que llegue la artillería pesada, ya tenemos nombres potentes calentando motores. Roy Thomas aporta ese toque clásico, casi académico, que da cierta base al personaje. Gil Kane, por su parte, dibuja como si estuviera en una competición de “a ver quién hace la pose más épica”, y gana varias veces por goleada. Sus figuras parecen a punto de romper la página, con una energía que encaja perfectamente con la naturaleza explosiva del protagonista. Luego entra en escena Doug Moench, que añade un punto más extraño, más introspectivo, como si quisiera meterse en la cabeza de Danny y revolverlo todo un poco. Y cuando aparece Gerry Conway, la cosa se vuelve aún más imprevisible, con historias que abrazan sin pudor el espíritu pulp y esa sensación de “todo vale si mola”. Se unen al juego también Len Wein, Tony Isabella, Larry Hama, Jim Mooney, Arvell Jones, Pat Broderick o Bob McLeod aportando cada uno su granito de arena para conseguir el máximo esplendor del personaje.

Pero el momento en que esto pasa de ser un cómic interesante a algo realmente especial es cuando entran Chris Claremont y John Byrne en el juego. Aquí se alinean los planetas. Claremont empieza a meter detalles como si no hubiera un mañana: monólogos internos, conflictos de identidad o relaciones que se cuecen a fuego lento. De repente, Danny Rand no es solo un tío que pega fuerte, es un personaje con dudas, con contradicciones, con peso. Y Byrne… bueno, Byrne es Byrne. Aunque aún esté en una fase temprana, ya se nota ese instinto que luego lo convertiría en una leyenda. Sus páginas fluyen, los combates tienen ritmo, los personajes se mueven con naturalidad. No es solo dibujar bien, es contar mejor. Y cuando Claremont y Byrne sincronizan, el cómic da un salto de calidad que se nota incluso si estás medio distraído.

El número de Marvel Team-Up añade ese toque de universo compartido que siempre viene bien, recordándote que, aunque Danny venga de una ciudad mística, sigue viviendo en el mismo mundo que otros héroes con problemas igual de absurdos. Es un pequeño desvío, pero aporta contexto y variedad. En el fondo, lo que hace grande a este tomo es su capacidad para mezclar cosas que, sobre el papel, no deberían funcionar juntas. Artes marciales, misticismo, drama corporativo, superhéroes en mallas, lo que se diría un batiburrillo. Pero es un batiburrillo con alma. Se nota que hay ganas de contar algo, de probar cosas, de empujar los límites.

La edición que ahora nos presentan Panini Comics y SD Distribuciones es el envoltorio adecuado para este viaje. Es de esos tomos que huelen a clásico, que te hacen sentir que estás leyendo algo con historia. No es solo contenido, es contexto, es maravilla tebeística. ¿Tiene defectos? Claro. Ritmo irregular, cambios de estilo, historias que no siempre conectan del todo… pero, sinceramente, eso también le da personalidad. Este no es un producto pulido al milímetro, es una criatura viva, con sus rarezas y sus momentos de genialidad. Al final, este primero tomo de Puño de Hierro es como un combate callejero: sucio, imprevisible, a veces torpe, pero lleno de energía y con golpes que se te quedan grabados. Si este primer volumen es el entrenamiento, el siguiente promete ser directamente la guerra. Y después de lo que hemos visto aquí, lo único que apetece es volver al cuadrilátero.

Deja un comentario