Si alguien te vendiera «Saquen sus muertos» como “una lectura agradable para desconectar”, probablemente deberías sospechar de sus intenciones o, como mínimo, de su concepto de “agradable”. Porque este tebeo no es un paseo, es más bien una zancadilla en mitad de una calle llena de cadáveres. Y aun así (o precisamente por eso) funciona de maravilla. Rayco Pulido firma aquí una obra que entra con mala leche, se instala sin pedir permiso y te deja con una sonrisa incómoda, de esas que no sabes muy bien si te están gustando o te están haciendo daño. Editado por Astiberri Ediciones, este tomo en blanco y negro no viene a hacer amigos, viene a contar una historia que huele a encierro, a enfermedad y a humanidad en su versión menos maquillada.

La cosa arranca en Las Palmas de Gran Canaria, verano de 1851, cuando el cólera decide que la ciudad es un buen sitio para montar su fiesta particular. Y claro, como buen invitado indeseable, no avisa ni pregunta: llega, se queda y lo arrasa todo. Pulido no pierde tiempo en ponerte en situación con discursos grandilocuentes, te lanza directamente al barro. La ciudad queda aislada, el mar deja de ser promesa para convertirse en frontera y los que pueden huir… huyen. Porque si algo deja claro el cómic desde el minuto uno es que la solidaridad está muy bien, pero mejor cuando no hay una epidemia de por medio (ya sabéis lo que paso en 2020)
Así que se quedan los de siempre. Los que no tienen a dónde ir, los que no tienen dinero o los que no pintan nada en la historia oficial. Y ahí es donde entra nuestro protagonista Juan “El Chino” por descarte y por pura resistencia. Porque no es que sea un elegido ni un tipo especialmente brillante, es que está sano. En una ciudad donde la salud es un lujo, eso lo convierte automáticamente en alguien importante. Su trabajo, si se le puede llamar así, consiste en moverse entre los vivos y los muertos, recoger lo que nadie quiere tocar y hacer lo que haga falta para seguir respirando un día más. Pulido construye a Juan como un personaje incómodo, lleno de zonas grises. No es un santo, pero tampoco un demonio. Es práctico. En un mundo que se desmorona, la practicidad pesa más que cualquier código moral. Sus decisiones no siempre son bonitas, pero casi siempre son comprensibles, y ahí está la trampa. Te ves entendiendo cosas que, en otro contexto, te parecerían inaceptables. El cómic no te obliga a justificarlo, pero sí a mirarlo de frente.

Uno de los grandes logros de la obra es cómo convierte la muerte en rutina. Nada de dramatismos excesivos ni escenas diseñadas para arrancar lágrimas. Aquí los cadáveres aparecen como quien no quiere la cosa, se acumulan y desaparecen sin ceremonia. Y lo peor es que te acostumbras (una pandemia hace que tu mentalidad cambie radicalmente). Pulido maneja ese proceso con una habilidad inquietante: al principio te impacta, luego te incomoda y, finalmente, lo asumes. Y cuando te das cuenta de que ya no te sorprende ver otro cuerpo más, entiendes que el cómic te ha llevado exactamente donde quería.
En paralelo, las estructuras sociales se van a la porra con una facilidad pasmosa. Las diferencias de clase, tan sólidas en tiempos normales, se diluyen hasta quedar reducidas a lo esencial: estás vivo o estás muerto. Fin. Pero que nadie se lleve a engaño, porque esa aparente igualdad dura lo justo. En cuanto hay margen, el ser humano reorganiza el caos a su manera, creando nuevas jerarquías, nuevas formas de abuso y nuevas oportunidades para sacar ventaja. Pulido no cae en discursos simplistas ni en moralejas evidentes. se limita a mostrar cómo funcionan las cosas cuando nadie está mirando (lo que suele pasar en estos casos, la culpa siempre la tiene el más débil).

En medio de todo este panorama, aparece el amor. Sí, amor. Pero no esperes violines ni atardeceres bonitos. Aquí el amor es otra forma de resistencia, un pequeño acto de rebeldía contra un entorno que lo devora todo. La relación entre los personajes no es idealizada ni perfecta, es frágil, urgente y profundamente humana. Funciona porque no intenta ser más de lo que puede ser: un refugio momentáneo en mitad del caos.
Visualmente, el cómic es un golpe seco. El blanco y negro no es una elección estética elegante, es una necesidad muy clara. No hay espacio para colores cuando la vida se está apagando. Las sombras dominan, los espacios pesan y cada viñeta parece diseñada para recordarte que aquí no hay escapatoria. Pulido controla el ritmo con precisión quirúrgica, alternando momentos de tensión con pausas que obligan a detenerse y mirar. Y a veces mirar es lo más difícil.

La obra adapta la novela Verano de Juan “el Chino” de Claudio de la Torre, un autor que, pese a su relevancia, ha quedado bastante olvidado fuera de ciertos círculos. Aquí hay un gesto claro de recuperación, pero también de reinterpretación. Pulido no se limita a ilustrar el texto original, lo transforma, lo comprime y lo adapta al lenguaje del cómic con una seguridad que se nota en cada página. El resultado es una obra que funciona por sí sola, sin necesidad de conocer el material de partida. Es difícil no establecer paralelismos con situaciones más recientes, aunque el cómic nunca los haga explícitos. El aislamiento, el miedo o la sensación de abandono institucional. Todo eso resuena con una fuerza incómoda pero muy cercana en el tiempo. Pero lo interesante es que Pulido no subraya nada, no te dice “mira qué actual soy”, simplemente deja que la historia hable. Y vaya si habla.
«Saquen sus muertos» no es un cómic amable. No busca entretener de forma ligera ni dejarte con buen cuerpo. Es una obra que rasca, que incomoda y que, en muchos momentos, te obliga a enfrentarte a aspectos de la condición humana que preferirías ignorar. Pero precisamente por eso funciona tan bien. Porque no edulcora, no simplifica y no ofrece salidas fáciles. Al final, cuando cierras el tebeo, te queda una sensación extraña, como si hubieras pasado demasiado tiempo en un lugar del que no estás seguro de haber salido del todo. Y quizá esa sea la mayor virtud del trabajo de Rayco Pulido. No solo contar una historia sobre una epidemia en el siglo XIX. Sino recordarte lo frágil que es todo, lo rápido que se rompe y lo poco que hace falta para que la realidad se convierta en algo mucho más incómodo de lo que nos gusta admitir. Porque sí, el cólera es terrible, pero lo verdaderamente inquietante aquí no es la enfermedad… son las personas cuando ya no tienen nada que perder.
