
Cualquier obra cultural lleva una historia a sus espaldas. Tanto la que implica su creación como la que ha sucedido junto a ella durante su existencia. Son hechos que el objeto presencia mudo, pero es testigo de lo que ocurre. Ya sea una novela, un cuadro o un cómic, en su compañía se han vivido situaciones y encrucijadas que coloca cada momento y lugar. Así, la historia de un objeto queda impregnada de la de su propietarios, en caso de que cambie de manos; incluso de aquellos que se cruzan en su camino puntual, o de los hechos sociopolítico de cada coyuntura histórica.
Es algo que podemos comprobar en la nueva obra de Renald Luzier, más conocido como Luz. Esta no es otra que “Dos mujeres desnudas” (“Deux filles nues”), recién editada en castellano por Reservoir Books con traducción de Carlos Mayor Ortega. Un tebeo que ya fue la sensación del pasado 2025 en el mercado francés, cosechando un gran reconocimiento y abundantes premios, entre ellos el Grand Prix de la critique ACBD 2025 y el Fauve d’Or 2025.

Galardones más que merecidos dado lo que nos ofrece en su interior “dos mujeres desnudas”. Una premisa de partida que, en concepto, entronca con la idea de contar algo a través de un objeto. En este caso, el objeto en cuestión es el cuadro del mismo nombre del pintor Otto Mueller (Silesia, 16 de octubre de 1874 – 24 de septiembre 1930). Una obra que, como tantas otras de corte moderno para la época, fue catalogada por el totalitarismo nazi como “arte degenerado” que atentaba contra el espíritu alemán. Ese fue el destino de las “Dos mujeres desnudas” (“Zwei weibliche Halbakte”) de Mueller. Considerado como un pintor expresionista, aunque el mismo en 1919, la época que pintó el cuadro, se definía como un artista libre de ataduras que le unieran a diferentes corrientes.
Ese es el momento en el que Luz comienza el relato, en aquel periodo de entreguerras alemán. Cuando Berlín era un hervidero cultural y, paradójicamente, también el nido de huevos de serpientes totalitario que décadas después desencadenó la mayor guerra que ha padecido la vieja Europa. Y todo empieza en el momento del nacimiento del cuadro, con sus primeras pinceladas, cuando se perfilan los contornos de las protagonistas de la obra, mientras la que fuera compañera y musa de Mueller, Maria “Maschka” Meyerhofer”, posa para él. De ahí parte la historia del cuadro, que en parte es la historia de la sociedad alemana, pues la obra es testigo del ascenso de los nazis al poder y de lo que implicó para muchas personas sus políticas segregacionistas. Más allá de lo artístico, aparece en la obra el drama humano de aquellos a los que una ideología reaccionaria estigmatizó.

Todo ello con el cuadro como testigo, pues este es quien nos muestra la historia. Cuando leemos esta obra la vemos en cada viñeta desde el encuadre de la obra en si. Como si fuéramos un testigo privilegiado de lo que ocurre. Así veremos como nace la obra, sus años junto a su creador, el momento en que fue vendida para, posteriormente, ser requisada por el Tercer Reich al considerarse “arte degenerado”. Son años de plomo bien sintetizados por Luz, que se sirve del cuadro para retratar con nitidez el pulso de una época convulsa, tan totalitaria como homicida. Pero Luz no se queda allí, sino que avanza por la posguerra alemana hasta llegar a nuestros días, donde el cuadro se mantiene expuesto en el Museo Ludwig de Colonia.

Por el camino, el personal trazo y color de Luz da a “dos mujeres desnudas” una fuerza que va a la par de lo que cuenta en las viñetas. Unas viñetas que funcionan como ventanas para el lector, que se asoma a la época desde el marco del cuadro. Pues es el encuadre y enfoque con el que hábilmente nos lleva por el relato Luz. Logrando que la perspectiva del cuadro sea la que adopta quien lee el tebeo. Y como, la obra, somos testigos mudos de lo acontecido: tanto de la grandeza de la creación misma, el costumbrismo de la vida cotidiana y las miserias que se produjeron en una época. Todo en 200 páginas de una fluidez que se sustenta en la solidez de un guion bien armado. Preciso y sintético, en perfecta sincronía con un dibujo que no solo representa, sino que retrata con absoluta nitidez conceptual cada momento contado. Atrapando a quien lo lea y observe. Como lo hace un buen cuadro cuando lo descubres. Que el tiempo se para ya que ha centrado con sus trazos y colores toda tu atención. Y, al igual que la pintura de Otto Mueller, las “Dos mujeres desnudas» de Luz, consigue el mismo efecto. Con una perspectiva totalmente objetiva, que es la del objeto mismo. Pero no por ello carente de fuerza y sentido. Y ahí esta la grandeza de estas páginas.
