Vuelve la Biblioteca Marvel de Estela Plateada de Stan Lee y John Buscema, y lo hace en plena forma o en plena locura, según se mire. Tres números, tres ideas que van de lo épico a lo delirante sin despeinarse, y un protagonista que sigue atrapado en la Tierra con el mismo drama existencial de siempre, pero ahora con más ganas de meterse en jardines cósmicos. Si el primer tomo de Estela Plateada era una toma de contacto elegante con el surfista más deprimido del cosmos, en este segundo básicamente veremos a un semidiós plateado meterse en líos cada vez más absurdos mientras el universo le mira con cara de “¿pero tú qué haces, Norrin?”

En este material nos esperan dos titanes. Stan Lee al guion, repartiendo monólogos como si fueran sermones intergalácticos, y John Buscema al dibujo, directamente en modo genio de la lampara gráfico. Y lo que nos ofrecen es un festival de tres episodios que van de lo mitológico a lo marciano pasando por lo directamente absurdo. Pero siempre, siempre, con una personalidad arrolladora. La cosa arranca sin calentamiento. Nada de “vamos a situar al lector”. No. Aquí entramos a saco con Loki haciendo de las suyas, engañando al pobre Estela Plateada para que acabe dándose de tortas con Thor. Y claro, eso implica excursión a Asgard, desfile de dioses nórdicos y una pelea que parece esculpida en piedra más que dibujada en papel. Es puro espectáculo. No hay que buscarle tres pies al gato. Lee no se complica: plantea el conflicto, mete a dos pesos pesados y deja que Buscema haga magia. Y vaya si la hace. Cada viñeta es un despliegue de músculo, dinamismo y grandilocuencia. Los cuerpos parecen tallados por Miguel Ángel después de una sesión intensiva de gimnasio, y las composiciones tienen ese aire clásico que convierte cada página en algo casi solemne, aunque por debajo esté ocurriendo un engaño de manual digno del dios de las mentiras.
El plato fuerte (o el plato más loco, según se mire) llega con el episodio del Extraño. Y aquí es donde el cómic se quita el traje de ópera cósmica y se pone el de comedia involuntaria de ciencia ficción. La premisa ya es maravillosa. Estela Plateada se cruza con un tipo cualquiera, Al B. Harper, que tras una caída dramática resulta ser poco menos que un genio capaz de construir un dispositivo para atravesar la barrera que le impuso Galactus. Hasta ahí, bueno, te lo compras. Marvel siempre ha tenido ese rollo de “la genialidad puede surgir en cualquier parte”. El problema viene cuando el plan se atasca por falta de dinero. Y la solución… es que Estela Plateada se ponga a buscar trabajo. Estamos hablando de un ser cósmico, antiguo heraldo de una entidad devoradora de mundos, capaz de surcar galaxias, rellenando currículums invisibles y buscando financiación como si estuviera montando empezando a ser un autónomo cualquiera. Es tan absurdo que da la vuelta completa y se vuelve maravilloso. Porque Stan Lee no escribe esto como una broma. Lo escribe con toda la seriedad del mundo, como si estuviera planteando un dilema humano profundo: el genio sin recursos, la lucha por sacar adelante una idea, el sacrificio personal. Y tú estás ahí pensando: “pero si este tío podría empujar planetas”. Sin embargo, hay algo extrañamente entrañable en todo esto. Esa ingenuidad, esa fe absoluta en que el lector va a entrar en el juego, forma parte del ADN de la época. No había cinismo. No había ironía. Había imaginación desbordada y ganas de contar cosas, aunque a veces se descontrolaran por el camino. Y ojo, porque en medio de este caos también hay momentos que funcionan. La relación entre Estela y los humanos, su incapacidad para entenderlos del todo, su frustración constante… todo eso sigue ahí, latiendo bajo la superficie. Aunque el envoltorio sea un poco marciano.

El tercer episodio, “Mundos sin fin”, decide cambiar de tercio y ponerse más serio o al menos más ambicioso. Aquí tenemos viaje al futuro, distopía cósmica y una idea bastante potente. Un universo donde la humanidad ha desaparecido, salvo por un último ser que resulta ser el propio Estela Plateada. Es una de esas premisas que hoy darían para una saga entera, pero aquí se resuelve en un solo número, a toda velocidad, como si Lee tuviera prisa por lanzar la siguiente idea loca. Aun así, el concepto tiene fuerza, y permite jugar con temas como la identidad, el destino y la soledad de una forma más interesante que en los números anteriores. No todo encaja perfectamente, ni mucho menos, pero al menos se nota un intento de ir más allá del esquema básico de la serie. Porque ese es, precisamente, uno de los grandes problemas de esta etapa: la repetición. Estela Plateada está atrapado en la Tierra. Lo odia. Quiere irse. No puede. Se deprime. Reflexiona. Fin. Repite. Y vuelve a repetir.
En cuanto a la edición de Panini Comics, sigue en su línea: formato cómodo, buena reproducción y ese aire retro que le sienta como un guante al material. El concepto de incluir solo tres números puede saber a poco, pero también hace que cada episodio tenga su espacio, su peso, su momento. Con traducción de Francisco Reina, Víctor Rubio y Juanan Cruz, además de los números originales tenemos los correos del lector que para quien se conoce la historia te dan ese plus que tanto nos gusta a los que ya conocemos estos relatos. Y también, seamos sinceros. Estos cómics tampoco están pensados para devorarlos del tirón como una saga moderna. Son más bien como pequeñas cápsulas de locura creativa, para leer, disfrutar y, de vez en cuando, soltar una carcajada incrédula.

En conjunto este segundo tomo de la Biblioteca Marvel de Estela Plateada es un animal extraño. Irregular, sí. A ratos absurdo, también. Pero tremendamente divertido y, sobre todo, gráficamente apabullante. No es una obra perfecta. Ni siquiera especialmente coherente. Pero tiene algo que muchos cómics actuales han perdido: una sensación de libertad total, de que cualquier idea (por loca que sea) puede encontrar su lugar en la página.
Aquí hay dioses engañando a héroes, surfistas cósmicos buscando trabajo, genios improvisados salvando el día y viajes en el tiempo que te dejan con cara de “¿pero qué acabo de leer?”. Y, sin embargo, todo forma parte de un mismo universo, de una misma voz creativa que no tenía miedo de probar cosas, de arriesgar, de equivocarse incluso. Y eso, al final, es lo que hace que este tomo merezca la pena. Porque puede que no te vuele la cabeza por su historia. Pero te la va a agitar, seguro. Aunque solo sea para recordarte que hubo un tiempo en el que los cómics podían ser épicos, ridículos, filosóficos y absolutamente desmadrados… todo en la misma página.
