Estás tomando un café tranquilo, hojeando tus cómics favoritos, y de repente alguien abre la ventana del multiverso y grita: “¡Spidermans y Venenos, todos contra todos, ya!”. Esa es básicamente la idea detrás de «Spiderverso versus Venenoverso». Un cómic que parece decirte desde la primera página, con una sonrisa pícara y un par de colmillos afilados, que las reglas del buen gusto no aplican aquí. Es como si Marvel hubiera decidido mezclar una rave cósmica, un torneo de Bola de Dragón y una convención de disfraces arácnidos sin ningún ápice de vergüenza.

Lo primero que hay que asumir es que esto no es una historia, es un evento en el sentido más puro y desvergonzado del término. Aquí no vienes a buscar sutileza, vienes a ver cómo el multiverso se convierte en una discoteca a las cuatro de la mañana donde todo el mundo está peleándose con todo el mundo, pero con trajes molones. Y, sorprendentemente, dentro de ese caos hay una cierta inteligencia (muy en el fondo) que evita que todo se convierta en un ruido blanco de puñetazos.
La premisa es gloriosamente absurda y, por eso mismo, irresistible. Dos entidades cósmicas: el tejido que conecta a todas las arañas del multiverso y la mente colmena que une a los simbiontes llegan a la conclusión de que coexistir está sobrevalorado. Así que deciden resolverlo con una guerra total. No hay abogados, no hay negociaciones, no hay términos medios: hay combate. Y claro, cuando tus campeones son versiones infinitas de Spiderman y Veneno, lo que tienes no es una batalla. Es un festival de parásitos alienígenas y telarañas.

Aquí es donde entran Mat Groom y Kyle Higgins, que en lugar de intentar domesticar la idea, deciden abrazarla con entusiasmo casi sospechoso. Y hacen bien. Su guion entiende que la clave no está en frenar el caos, sino en darle una forma reconocible. Así, entre explosión y explosión, construyen un conflicto que, sin ser especialmente profundo, sí tiene suficiente sustancia como para mantener el interés. La oposición entre individualidad y colectividad no es nueva, pero aquí se presenta con la energía de quien sabe que tiene que competir con un Veneno gigante lanzando coches.
Lo curioso es que, a pesar de la cantidad absurda de personajes, el cómic consigue momentos de identidad bastante claros. Cada Spiderman tiene su pequeño matiz, su forma de moverse, de hablar, de reaccionar. Y los Veneno, a pesar de compartir una mente colmena, logran transmitir personalidades distintas, lo cual tiene su mérito. Es como si alguien hubiera decidido hacer un casting masivo y, contra todo pronóstico, la mayoría de los secundarios tuviera algo que decir antes de desaparecer entre una nube de efectos especiales.

Gráficamente, el asunto es un espectáculo en sí mismo. Luciano Vecchio, Jim Towe junto a Rachelle Rosenberg se lanzan a la piscina sin comprobar si hay agua, y por suerte la piscina está llena. Las páginas rebosan energía, con composiciones dinámicas y un uso del espacio que roza el exceso (y a veces lo sobrepasa con orgullo). Cada viñeta parece competir con la anterior por ver cuál es más espectacular, lo que convierte la lectura en una experiencia casi física. Eso sí, esta misma exuberancia tiene su lado oscuro. Hay momentos en los que la acumulación de personajes y acción resulta tan intensa que la claridad se resiente. No es que no entiendas lo que pasa, es que tienes que hacer un pequeño esfuerzo para seguir quién está pegando a quién, y por qué hay un robot gigante con una telaraña en el pecho luchando contra un kaiju con aspecto de Veneno como si estuviéramos leyendo algún capítulo de Evangelion. Pero, curiosamente, ese desorden forma parte del encanto. Es el tipo de caos que no molesta, sino que define la experiencia.
La edición de Panini Comics cumple con lo que se espera. Traducción de Santiago García, los cincos números de la miniserie y multitud de portadas alternativas realizadas por Javier Garrón, Greg Land, Paco Medina o Inhyuk Lee entre muchos otros. Es un tomo pensado para ser devorado, pero que también recompensa una segunda lectura más pausada, en la que puedes detenerte a apreciar los detalles y las pequeñas locuras que se esconden en cada página.

Por eso, cuando llegamos al final, ese territorio peligroso donde los grandes eventos suelen tropezar. En este caso, el desenlace tiene buenas ideas y una intención clara de cerrar el conflicto de forma coherente con los temas planteados. El problema es que la ejecución no está del todo a la altura. La acumulación de elementos y la velocidad a la que se resuelven ciertas situaciones hacen que el clímax pierda parte de su impacto. No es un desastre, pero sí deja la sensación de que el cómic se queda a un paso de ser redondo. Aun así, sería injusto juzgar este tebeo solamente por sus defectos, porque su mayor logro es precisamente su capacidad para divertir sin complejos. Es un cómic que no pide disculpas por ser excesivo, que no intenta disfrazar su naturaleza de espectáculo y que, en ese proceso, consigue algo muy valioso: ser tremendamente entretenido. Hay una honestidad en su propuesta que resulta refrescante, especialmente en un género que a veces se toma demasiado en serio a sí mismo.
En definitiva, estamos ante un cómic que entiende perfectamente cuál es su misión y la ejecuta con entusiasmo contagioso. No es una perfecto ni pretende serlo, pero tampoco lo necesita. Su objetivo es ofrecer un espectáculo desatado, lleno de ideas, energía y momentos memorables, y en eso acierta de lleno. Es como una montaña rusa: no te cambia la vida, pero sales con una sonrisa y con ganas de repetir(pero despacio que te puedes marear). Y quizá ahí esté la clave. En un panorama saturado de historias que buscan trascender, «Spiderverso vs. Venenoverso» opta por algo mucho más sencillo y, a la vez, más difícil de conseguir: ser puro entretenimiento bien hecho. Un recordatorio de que, a veces, todo lo que necesitas es ver a un montón de versiones imposibles de tus personajes favoritos liándose a golpes en el multiverso… y disfrutar del viaje sin hacer demasiadas preguntas.
