Hay una norma no escrita en el mundo del cómic que dice que, si te atropella un metro, lo mínimo que puedes hacer es morirte con dignidad. Sin montar un drama, sin quejarte demasiado, y desde luego sin volver convertido en esqueleto para reclamar derechos de autor pendientes. Pues bien, «Anatomía de un esqueleto», de Pep Brocal, llega para romper esa norma en mil pedazos, recogerlos con una sonrisa de medio lado y convertirlos en una de las comedias más macabras, inteligentes y sorprendentemente cercanas que te puedes echar a la cara en viñetas.

La premisa de partida es gloriosa: un dibujante de cómics muere atropellado en el metro (ya empezamos fuerte) en circunstancias que huelen a misterio, a mala suerte o, directamente, a guion con ganas de cachondeo. Nuestro protagonista no tiene tiempo ni de asumir que ha pasado a mejor vida cuando ya está en el limbo, convertido en fantasma con más preocupaciones que paz espiritual. Y claro, ahí aparece Tana (ya sabéis, la abreviatura de Tanatos), que no viene con guadaña dramática ni con discursos solemnes, sino con la actitud de alguien que lleva siglos haciendo horas extra y quiere acabar rápido el turno.
Aquí viene el giro maravilloso: el dibujante se niega a morirse. Así, tal cual. Ni duelo, ni aceptación, ni luz al final del túnel. Nada. Porque resulta que justo ahora, justo en este preciso momento en el que la Parca le toca el hombro, tenía entre manos su gran obra maestra. Un cómic de 256 páginas. Su proyecto definitivo. Su “esta vez sí que lo peto”. Ese que llevaba años gestando, puliendo, soñando y que, cómo no, había enviado en PDF a siete editoriales sin recibir ni un triste “gracias por pensar en nosotros”.

En ese momento es donde Brocal empieza a sacar la artillería pesada del humor, porque cualquiera que haya enviado algo a una editorial (sea un cómic, una novela o una receta de croquetas revolucionaria) sabe que ese silencio duele más que el atropello inicial. Y el protagonista lo tiene clarísimo: no puede morirse sin recuperar ese cómic. No puede permitir que su obra se quede olvidada en un cajón, acumulando polvo y frustración. La Muerte, que en esta historia tiene más curiosidad que prisa, accede a un trato que huele a desastre desde el minuto uno: le deja volver al mundo de los vivos para recuperar las páginas, con la condición de que luego se las lleve para leerlas juntos. Porque claro, hasta la Muerte tiene derecho a un buen cómic o libro (que gran referencia al querido Terry Pratchett). Así empieza esta aventura delirante en la que nuestro protagonista regresa, pero en versión esqueleto. Nada de cuerpos perfectos ni resurrecciones épicas: aquí hay huesos, ojeras inexistentes y una dignidad bastante cuestionable. A partir de ese momento, este tebeo se convierte en una especie de thriller de barrio con aroma a serie B, pero con cerebro de autor que sabe exactamente lo que está haciendo. Hay investigación, hay sospechas, hay compañeros de estudio que no parecen trigo limpio, y sobre todo hay una sensación constante de que algo no encaja del todo. Porque recuperar el cómic no va a ser tan fácil como abrir un cajón y decir “aquí está mi legado, gracias por esperar”.
Lo brillante de Brocal es cómo convierte esta premisa absurda en una sátira afilada del mundo editorial. Y lo hace sin ponerse pesado, que es lo difícil. Aquí no hay sermones sobre lo mal que está la industria ni discursos de autor incomprendido mirando al horizonte. Lo que hay es humor, ironía y situaciones que rozan lo ridículo pero que, si rascas un poco, tienen más verdad de la que nos gustaría admitir. Porque sí, en el fondo esta historia va de eso: de lo complicado que es crear, de lo fácil que es que tu trabajo se pierda en un limbo (muy parecido al del protagonista, por cierto) y de esa sensación tan universal de que has hecho algo bueno, pero nadie parece haberse dado cuenta. Y Brocal lo cuenta con una sonrisa traviesa, como quien lanza una pulla y se esconde detrás de un chiste. Además de romper la cuarta pared nos introduce desde las primeras viñetas en la vida de este pobre creador.

El dibujo juega un papel clave en todo esto. El trazo de Brocal es suelto, expresivo, con ese punto de elegancia despreocupada que hace que todo parezca fluir sin esfuerzo. Los personajes tienen una gestualidad fantástica, incluso cuando no tienen carne en la cara, y los escenarios, aunque minimalistas, están llenos de intención. Aquí no hay relleno. Cada línea parece colocada con la precisión de alguien que sabe exactamente qué quiere contar. Hasta nos ofrece una escena de lo más picarona jugando con los sentimientos de nuestro protagonista. Y luego está el color, que merece un aplauso aparte. Lejos de caer en lo lúgubre o en lo excesivamente oscuro, Brocal apuesta por una paleta vibrante, casi pop, que contrasta de maravilla con la temática de la muerte. Es como si dijera: “sí, esto va de morirse, pero tampoco hace falta que todo sea gris y deprimente”. El resultado es un cómic visualmente muy atractivo, que entra por los ojos y se queda en la retina.
Pero volvamos al humor, porque aquí está una de las claves del éxito de la obra. Anatomía de un esqueleto no es solo divertida: es muy divertida. De esa risa que te pilla desprevenido, que aparece en medio de una situación absurda o en un diálogo aparentemente inocente. Hay momentos que son puro gag, otros que funcionan por acumulación y algunos que directamente te hacen pensar “esto no debería hacerme tanta gracia… pero lo está haciendo”. Y en medio de todo eso, Brocal se permite el lujo de hablar de cosas serias sin que te des cuenta. De la inspiración, de la frustración, del ego creativo, de la relación entre autores y editores… incluso de la propia trascendencia de lo que hacemos. Pero siempre desde ese tono ligero, casi despreocupado, que hace que la reflexión llegue sin imponer.

El protagonista, en este sentido, es un acierto total. No es un héroe, no es un genio incomprendido, no es un mártir del arte. Es, simplemente, un tipo que hizo un cómic en el que creía y que no quiere que se pierda. Y esa sencillez lo hace tremendamente cercano. Porque, al final, todos tenemos algo así: un proyecto, una idea, una pequeña reseña que nos gustaría que alguien viera antes de que se nos acabe el tiempo.
Aquí es donde este comic da un pequeño giro que, sin dejar de ser divertido, añade una capa extra de profundidad. Porque más allá de los chistes y las situaciones absurdas, hay una pregunta flotando en el aire: ¿qué queda de nosotros cuando desaparecemos? ¿Nuestras obras? ¿Nuestros intentos? ¿Nuestros emails sin respuesta? Brocal no da una respuesta clara, y hace bien. Prefiere seguir jugando, seguir contando, seguir haciendo reír. Pero deja esa sensación ahí, como quien no quiere la cosa, para que el lector la recoja si le apetece.

En definitiva, esta historieta editada por Astiberri se lee con una sonrisa constante, que sorprende por su inteligencia y que demuestra que se puede hablar de la muerte, del fracaso y del mundo editorial sin caer en el drama ni en la solemnidad. Por eso, cuando cierras «Anatomía de un esqueleto», pasa una cosa maravillosa. Te entran ganas de revisar todos esos proyectos que tienes olvidados. No vaya a ser que tengas que venir en versión esqueleto a terminarlos con prisas y sin carne en los huesos. Porque si algo deja claro Pep Brocal es que la muerte puede esperar, pero las entregas editoriales no perdonan. Así que hazle un favor a tu yo del más allá: abre ese cajón, saca tu obra maestra y muévete. Que como tenga que venir la Muerte a leérsela contigo, igual no le gusta. Y ahí sí que estás muerto de verdad.
