Lobeznos y Masacres: garras, balas y paternidad

Si alguna vez te has preguntado qué pasaría si juntas a un tipo que resuelve problemas con garras y a otro que los empeora con chistes, el tomo «Lobeznos y Masacres» tiene la respuesta que nadie buscaba pero que nos ofrecen con sangre y humor. Este tomo es como meter en una coctelera a Lobezno, Masacre, dos hijas con más carácter que un grupo de suegras enfadadas, y agitar fuerte hasta que salpique sangre y risas. Porque sí, aquí hay de todo: cuchilladas, tiros, villanos con mala baba, traumas familiares y diálogos que parecen escritos después de treinta Red Bulls y cero supervisión adulta. Y lo mejor es que funciona.

La premisa ya viene con música de circo incorporada. Logan y Wade se van de misión juntos (error número uno en cualquier universo conocido), pero la cosa se complica cuando se apuntan al plan Laura Kinney y Ellie Camacho. Lo que empieza como “vamos a salvar el día” acaba siendo “vamos a intentar no destruir medio planeta mientras discutimos temas familiares a gritos”. Y claro, con ese equipo, el desastre no tarda en llegar.

Cody Ziglar escribe este cómic como si le hubieran dicho: “haz lo que quieras, pero diviértete”. Y vaya si se divierte. El guion es un festival de humor cafre, pero no del que te hace poner los ojos en blanco, sino del que te pilla desprevenido y te arranca una carcajada en el peor momento posible (por ejemplo, justo cuando alguien pierde bastante sangre). Masacre está en su salsa. Rompe la cuarta pared, suelta barbaridades, hace referencias absurdas, pero sin pasarse de pesado. Aquí no es solo un bocazas con katanas; también es un padre que intenta no liarla demasiado con su hija. En el otro lado del ring está Lobezno, que básicamente es el tipo que está deseando que todo el mundo se calle para poder hacer su trabajo: sacar las garras y repartir cariño del bueno. Su dinámica con Laura es oro puro. No son de decirse “te quiero”, son más de “si te mueres me enfado”, pero funciona. Hay tensión, respeto y ese rollo de “somos iguales, y eso es un problema”. Y luego están ellas, que vienen a robar la función sin pedir permiso. Laura Kinney ya juega en primera división: es letal, segura y tiene más tablas que muchos veteranos. Pero la sorpresa aquí es Ellie Camacho. Si pensabas que era un personaje de relleno, prepárate para tragarte tus palabras con patatas. Tiene chispa, tiene corazón y, lo más importante, tiene un arco que la convierte en algo más que “la hija de”. Es, sin exagerar, uno de los motores del cómic.

La historia mete en la coctelera a villanos como el Rey Sombra, que no viene precisamente a contar chistes. Aquí hay manipulación mental, líos psicológicos y momentos en los que los personajes no saben ni quiénes son. Lo cual, tratándose de Masacre, tampoco es que sea una gran novedad. Este componente le da al cómic un toque más interesante, porque no todo se soluciona a base de hostias (aunque muchas cosas sí, para qué engañarnos). Ahora bien, hablemos claro: esto es más “Masacres” que “Lobeznos”. Masacre se come bastante la pantalla. Tiene más líneas, más momentos y más foco. Logan y Laura están ahí, reparten estopa y tienen escenas potentes, pero si alguien sale de aquí con más protagonismo, es Wade. ¿Es un problema? Depende. Si te gusta Masacre, estarás encantado. Si eres del team “más gruñido y menos chiste”, igual echas de menos un poco más de Lobezno.

En el aspecto gráfico, Rogê Antônio hace un trabajo que encaja como un guante de adamantium. Su estilo tiene ese punto salvaje pero controlado que le viene perfecto a la historia. Las peleas son claras, dinámicas y con suficiente mala leche como para que sientas cada golpe. Aquí las garras no son decorativas, y las balas no son de fogueo. Además, sabe jugar muy bien con la comedia: caras, gestos, momentos absurdos, al final todo suma. El color de Guru- eFX remata la jugada con una mezcla de tonos oscuros y estallidos de color que hacen que cada escena tenga fuerza. Es un cómic que entra por los ojos como un chupito: rápido, intenso y con un pequeño peligro de querer otro.

La edición de Panini Comics cumple de sobra. Formato manejable y lo más importante, la historia completa con sus tres números americanos en un solo tomo. Nada de esperar meses para saber cómo acaba la fiesta: aquí tienes principio, desarrollo y final para devorarlo del tirón como si fuera una bolsa de patatas en una mala decisión nocturna. En síntesis, «Lobeznos y Masacres» es como una cena familiar en casa de psicópatas con buen fondo. Hay gritos, hay objetos volando, alguien acaba herido, pero en el fondo se quieren. Es gamberro, es exagerado, es violento y es muy, muy divertido. No es el cómic más profundo del mundo, pero tampoco le hace falta. Su misión es entretener, y la cumple con nota. Así que, si te apetece un tebeo que mezcle acción salvaje, humor sin filtro y un toque sorprendente de corazón, este es tu sitio. Y si no… bueno, también, porque entre Masacre hablando sin parar y Lobezno gruñendo como si le debieran dinero, es difícil no acabar cayendo. Porque al final, entre tanta sangre y tanta broma, la conclusión es sencilla: salvar el mundo está muy bien… pero hacerlo en familia, aunque sea una familia completamente disfuncional, siempre tiene más gracia.

Y más caos. Sobre todo, más caos.

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