Marvel Saga TPB El Viejo Logan 4: Vidas pasada. Cicatrices que no se pueden borrar

Imagínate esto: eres Lobezno, tienes más años que el calendario gregoriano, un historial de traumas que necesitaría varias enciclopedias y, por si fuera poco, decides que la mejor idea posible es… volver al pasado a arreglarlo todo. Sí, claro. Porque eso siempre sale bien. Ahí empieza este cuarto tomo de Marvel Saga TPB del «El Viejo Logan». Con un protagonista cabezota, gruñón y absolutamente convencido de que esta vez sí, esta vez va a conseguir cerrar sus cuentas pendientes. Lo que sigue no es tanto una misión heroica como un viaje lleno de leches (físicas y emocionales) que le van a recordar, una vez más, que la vida no funciona como él quiere.

Jeff Lemire firma aquí el tramo final de su etapa, y lo hace fiel a su estilo: menos espectáculo y más puñaladas al alma. Su Logan es un tipo roto que sigue caminando por pura inercia, alguien que no necesita villanos porque bastante tiene con su propia mochila. Y este tomo es, básicamente, el momento en el que esa mochila se abre y todo lo que hay dentro se le cae encima. El volumen arranca con «En el Lado Malo«(“Gone Real Bad)”, un arco que plantea algo muy sencillo. Logan quiere volver a los Baldíos. Allí dejó asuntos sin resolver, y no puede quitárselos de la cabeza. Así que empieza una especie de peregrinaje por el Universo Marvel preguntando a cualquiera que tenga poderes raros si puede echarle una mano. Magos, mutantes, científicos, incluso al mismo Doctor Muerte da igual. Él pregunta, ellos dicen que no, y Logan sigue adelante como un bulldozer.

Aquí es donde el cómic juega un poco al despiste. La premisa es potente, pero se alarga más de la cuenta. Hay cameos interesantes, diálogos que capturan bien el carácter del personaje y algún que otro momento con chispa, pero también una sensación constante de repetición. Es como ver a Logan golpeando la misma puerta una y otra vez esperando un resultado distinto. Funciona a ratos, pero no termina de despegar del todo. Eso sí, si hay algo que eleva este primer arco es el trabajo de Filipe Andrade junto a Jordan Boyd. Su dibujo es puro nervio: sucio, agresivo y lleno de energía. Cada página parece a punto de romperse. Su Logan es un animal enjaulado, siempre al límite, siempre listo para saltar. Andrade no busca la belleza, busca el impacto. Y lo consigue. Donde el guion se recrea, él golpea. Donde la historia duda, él la empuja hacia delante. Es, sin duda, el gran motor de esta primera mitad.

Pero todo esto no deja de ser un calentamiento. Porque el verdadero golpe llega con “Vidas pasadas” (“Past Lives”), el segundo arco del tomo. Y aquí Jeff Lemire deja de jugar y se pone serio. Muy serio. Lo que parecía un simple viaje hacia los Baldíos se convierte en algo mucho más retorcido. Logan no llega donde esperaba. En su lugar, es arrastrado a través de distintos momentos clave de su vida. Y no, esto no es un tour nostálgico para que el lector aplauda. Es una autopsia de locura. Cada salto en el tiempo es una herida abierta. El joven Logan, el horror del Proyecto Arma X, sus primeros pasos con la Patrulla-X, sus pérdidas… todo está ahí. Pero no como recuerdo bonito, sino como carga. Como algo que pesa. Lemire no idealiza nada. Todo lo contrario: desmonta el mito y deja al personaje frente a sus propios errores. Aquí es donde el cómic encuentra su verdadero propósito. No se trata de cambiar el pasado, sino de enfrentarse a él. Logan no puede salvar a quienes perdió. No puede evitar convertirse en quien es. No puede arreglar lo que ya está roto. Y esa impotencia es el verdadero enemigo de la historia.

El cambio de tono se refleja también en el aspecto gráfico. Eric Nguyen junto a Andrés Mossa toma el relevo y apuesta por una aproximación más oscura, más contenida. Su estilo es menos explosivo que el de Andrade, pero mucho más introspectivo. Juega con las sombras, con los silencios, con los espacios vacíos. Y eso encaja perfectamente con la historia que se está contando. Nguyen no necesita grandes escenas de acción para impactar. Le basta con una mirada, un gesto, un encuadre bien elegido. Su dibujo respira melancolía, inevitabilidad. Es el acompañamiento perfecto para un guion que no busca impresionar, sino calar hondo.

A medida que avanzan las páginas, todo converge en una idea muy clara: el pasado no se puede cambiar. Y, más importante aún, tampoco se debe. Lemire construye una tesis que ha ido desarrollando durante toda su etapa Logan ya no pertenece a ese mundo que tanto le obsesiona. Su sitio está en el presente, en lo que ha construido ahora, por precario que sea. Es una conclusión sencilla, pero poderosa. Porque obliga al personaje a aceptar algo incómodo: que las heridas no desaparecen, que los errores no se borran, y que seguir adelante no significa olvidar, sino convivir con todo eso.

La edición por parte de Panini Comics sigue la línea habitual de la colección: formato rústica, 144 páginas, recopilando los números Old Man Logan del #19 al #24 con traducción de Santiago García. Además, se incluye una introducción de Julián Clemente y varias portadas alternativas realizadas por Kia Asamiya, Christopher Stevens, o Dan Panosian.

En conjunto, este cuarto tomo del Marvel Saga TPB: El Viejo Logan funciona como un cierre muy sólido para la etapa de Jeff Lemire. Tiene altibajos, sí. El primer arco podría haber sido más directo, más contundente. Pero cuando el cómic encuentra su foco, cuando decide mirar hacia dentro en lugar de hacia fuera, se convierte en algo mucho más interesante que una simple historia de superhéroes. No es un tomo de grandes explosiones ni de momentos épicos pensados para arrancar aplausos. Es algo más incómodo, más íntimo. Una historia sobre la memoria, la culpa y el paso del tiempo. Sobre lo difícil que es dejar atrás lo que te ha definido durante tanto tiempo. Y eso es lo que lo hace especial. Porque al final, cuando cierras el tebeo, no te quedas con una pelea espectacular ni con una escena concreta. Te quedas con una sensación. La de haber acompañado a un personaje que, pese a todo, sigue adelante.

Aunque duela.

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