Afrodita: deseo que crea vida

Hay nacimientos que huelen a leche y a promesa. Y luego está el de «Afrodita«, que huele a sal, a hierro y a carne recién cercenada del cielo. El tomo «Afrodita», con guion de Luc Ferry y Clotilde Bruneau, y dibujo de Giuseppe Baiguera y Diego Oddi abre con una escena que ya contiene todo el programa erótico y trágico del personaje: la mutilación de Urano a manos de Cronos y la caída de su semilla al mar. De la violencia nace la espuma; de la espuma, la carne perfecta; de la carne, el deseo que gobernará dioses y hombres.

La grandeza de este volumen, que reúne La sagesse des mythes: Aphrodite 1 y 2 y Eros & Psique, reside en que no dulcifica el origen. Afrodita no es una muñeca celestial que reparte besos, sino una potencia primigenia que condensa el impulso sexual del universo. Desde la primera página, su cuerpo no es solo bello: es inevitable. Aquí se la dibuja con una serenidad escultórica que recuerda a las estatuas clásicas, pero con una vibración contemporánea en la mirada.

El guion construye a Afrodita como una estratega del deseo. Su matrimonio con Hefesto es una ironía cruel. La diosa más hermosa unida al dios cojo, al artesano brillante pero físicamente imperfecto. La tensión entre ambos no se limita a la infidelidad; es una reflexión sobre el contraste entre belleza y habilidad, entre apariencia y talento. Afrodita, obligada a ese vínculo, convierte la traición en un acto casi político. Su pasión con Ares no es solo carnal; es una alianza entre el deseo y la violencia. Amor y guerra, en el mismo lecho. La célebre escena de la red invisible que atrapa a los amantes desnudos (tejida por Hefesto para exponerlos ante el Olimpo) se transforma aquí en un teatro erótico del ridículo. Los cuerpos enlazados, sorprendidos en plena intimidad, son exhibidos ante la risa de los dioses. El deseo, cuando es descubierto, se vuelve espectáculo. Sin embargo, incluso en la humillación, Afrodita conserva su aura. No hay vergüenza en su postura, sino desafío. Como si dijera: “Mirad, reíd, pero seguiréis deseándome”.

El tomo también profundiza en la dimensión maternal de la diosa, un aspecto a menudo relegado por la iconografía más superficial. Con Hermes engendra a Hermafrodito, símbolo de la ambigüedad y la unión de contrarios. Con Ares tiene a Fobos y Deimos, personificaciones del miedo y el terror, hijos que acompañan a su padre en la guerra. Y con el mortal Anquises concibe a Eneas, el héroe destinado a sobrevivir a la caída de Troya. El encuentro con Anquises es uno de los momentos más intensos del volumen. Aquí el erotismo adquiere una cualidad distinta: menos olímpica, más humana. Afrodita se presenta disfrazada, juega con la ilusión, pero hay una vulnerabilidad latente. El pastor, ignorante de la magnitud divina de la mujer que lo seduce, la contempla con una mezcla de deseo y temor. Cuando la verdad se revela, el erotismo se mezcla con el miedo reverencial. Amar a una diosa es tocar el fuego con las manos desnudas. La protección que Afrodita otorga a Eneas durante la guerra de Troya muestra otra faceta: el amor como escudo. Dispuesta a arriesgar su belleza por salvar a su hijo, la diosa se convierte en una figura casi trágica. La belleza, que siempre ha sido su arma, puede quebrarse. Y esa posibilidad añade una tensión erótica inesperada: ¿qué ocurre cuando la perfección corre el riesgo de ser herida? Esa es una de las grandes preguntas que sobrevuelan este tebeo.

En Eros y Psique, el relato se vuelve más íntimo y, si cabe, más sensual. Eros, hijo y ejecutor de los designios de su madre, recibe la orden de castigar a una mortal cuya hermosura compite con la de la diosa. Psique no es solo bella; es adorada. Y esa adoración hiere el orgullo de Afrodita. El conflicto no es meramente estético: es simbólico. ¿Puede una mortal encarnar el deseo sin permiso divino? Las escenas nocturnas entre Eros y Psique son tratadas con una delicadeza cargada de electricidad. El pacto de no mirar el rostro del amante convierte cada encuentro en un ejercicio de confianza y entrega. La oscuridad no es ausencia de luz, sino amplificación de los sentidos. El tacto se vuelve protagonista. La respiración se escucha como un diálogo secreto. Cuando Psique rompe la prohibición y la lámpara ilumina el rostro del dios, la gota de aceite que cae sobre su piel es una metáfora punzante: la curiosidad, como el deseo, puede quemar.

En cuanto al dibujo, Baiguera y Oddi alternan planos amplios y detalles íntimos con maestría. Un rostro iluminado por una antorcha, un muslo apenas cubierto por una tela translúcida, una mano apoyada en el pecho del amante: pequeños gestos que construyen una atmósfera de permanente tensión sensual. No hay gratuidad; cada desnudo tiene una función, cada mirada sostiene una intención. El color juega un papel esencial. Los rojos y dorados dominan las escenas de pasión, mientras que los verdes y azules fríos acompañan los momentos de celos y castigo. La piel de Afrodita nunca es uniforme: cambia según su estado de ánimo, como si su cuerpo fuera un barómetro emocional. En la ira, su belleza se afila; en el deseo, se suaviza.

El dossier final de Ferry amplía la lectura hacia una dimensión filosófica. Reflexiona sobre el eros como principio estructurador del mundo, sobre la tensión entre deseo y orden, entre pasión y ley. Puede resultar denso para algunos lectores, pero encaja con la ambición de la colección: no solo contar mitos, sino interpretarlos. Y Afrodita, en ese sentido, es un caso paradigmático. Su poder no es anecdótico; es fundacional. Sin deseo, no hay genealogías, no hay guerras, no hay reconciliaciones.

Editado por Yermo Ediciones, lo fascinante del volumen es que no idealiza a su protagonista. Esta diosa es caprichosa, vengativa, manipuladora. Pero también es coherente con su esencia. Representa la cara luminosa y la cara oscura del amor. Puede inspirar ternura maternal y desatar celos devastadores. Puede unir cuerpos con una caricia y destruir vidas con una ofensa. Por eso, leer este comic es sumergirse en una mitología donde el erotismo no es un accesorio, sino la fuerza motriz. Cada página recuerda que el deseo es ambivalente: crea y arrasa, eleva y humilla.

Al cerrar el tomo, queda la impresión de haber recorrido no solo un compendio de mitos, sino una cartografía del deseo humano. Afrodita emerge del mar, pero también emerge de nuestras propias contradicciones. En su sonrisa hay promesa y amenaza. En su abrazo, placer y peligro. En su mirada, esa certeza inquietante de que, por mucho que intentemos dominar el deseo, siempre habrá una diosa, nacida de la espuma y de la sangre, dispuesta a recordarnos quién manda realmente en el corazón.

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