El nombre de la rosa volumen 2: salva essentia est


“stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus”

Con esa cita en latín se cierra la colosal novela de Umberto Eco: “El nombre de la rosa”(«Il nome della rossa») Haciendo referencia a los hechos pasados, los cuales van difuminando su esencia conforme el tiempo discurre, dejando para la posteridad solo los nombres con los que los designamos. De alguna manera, este proceso implica que, conforme el reloj avanza por años y siglos, del significado original van perdiéndose matices y capas de significación, erosionados por el olvido. Desarmando lo que antes quizá fuera complejo, desarmándolo de aquello donde germinaba su esencia…. Diluyéndose el significado en un significante ya vacío del rico contenido que cuando se designó tuvo…
Salvando las distancias, un proceso similar puede padecer una obra cuando es adaptada a otro medio. A la novela de Umberto Eco le ocurrió en 1986 cuando la trasladó al cine Jean-Jacques Annaud con Sean Connery como el sagaz Guillermo de Baskerville y Christian Slater como el novicio Adso de Melk. Si bien estamos ante una buena película, de las mejores de la década, la transmutación de la novela al celuloide tuvo que sacrificar partes muy potentes del texto original. Fragmentos que, si bien no alteraban la trama original, su ausencia si restó matices en el resultado obtenido en pantalla. Aun con eso, Annaud llevó a cabo un buen trabajo y para el recuerdo queda esta cinta donde sobresale un Sean Connery impecable en su papel.


En el momento en el que Milo Manara debió aceptar el encargo de trasladar al cómic el clásico de Umberto Eco suponemos que debió rondarle por la cabeza algo parecido. No es fácil adaptar un clásico y menos “El nombre de la rosa”. Por todo lo que implica y subyace en el relato original. No solo por la trama en sí, tan bien anclada en el contexto histórico, sino por la cantidad de matices y conceptos sembrados a lo largo de la novela original. Manara, que ha optado en esta adaptación al cómic, por respetar, de los que aparecen en el cómic, los diálogos originales del texto, ha hecho un trabajo titánico en términos de adaptación.

Era un hecho que ya se podía comprobar en la primera parte de la adaptación, publicada en 2023 y que, con la reciente aparición en castellano del volumen que completa el díptico por parte de Lumen (en Italia apareció el pasado noviembre), ya se puede ratificar la afirmación. La adaptación recoge magistralmente la esencia fundamental de la novela, amplificando algunos aspectos que en la película quedaron diluidos. En las viñetas que aquí esperan si aparecen, bien sintetizados y aportando esos matices que en la gran pantalla se perdieron en aras de un mayor ritmo cinematográfico.

A nivel artístico, tratándose de Milo Manara, poco hay que descubrir. El Maestro sigue teniendo la elegancia de trazo de siempre. Si acaso, como el buen vino, enriquecida por años de oficio, dando el tono preciso a cada una de las páginas del cómic. Del color se encarga Simona Manara, que reviste de las texturas emocionales que precisan estas páginas, dando las sensaciones que refuerzan la búsqueda de la verdad de Guillermo de Baskerville en los intramuros de la abadía. Un Guillermo de Baskerville cuya semejanza con los rasgos físicos de Marlon Brando fue deliberada por parte de Manara para separar el cómic de la película de Annaud. Hecho a nuestro juicio acertado, pues el Guillermo de Manara, al igual que su joven Adso y el resto del dramatis personae, tienen personalidad gráfica propia, haciendo que la obra se sostenga por sí misma.

Esa personalidad propia es la mayor baza de este cómic. Tanto a nivel gráfico como sencuencial, pues estas páginas rayan lo excelso en su narrativa y precisión de trazo. Pero además de eso, y quizá esto es lo más loable, mantienen de forma notable la esencia de la novela de Eco. No limitándose a la trama principal, sino además mostrando cuestiones secundarias que, por ejemplo, en la película se sacrificaron. Manara ha optado por mantenerlas, acertadamente a nuestro juicio. Haciendo que el tebeo, aún con los ejercicios necesarios de síntesis que precisa una adaptación a las viñetas, mantenga la esencia de forma notable.

Esa es la sensación que dejan las 72 páginas de la segunda parte de “El nombre de la rosa”, traducidas al castellano por Ricardo Pochtar. Es la misma que cuando un barco llega a puerto tras una travesía que entrañaba dificultades. En ese caso, el recorrido que trazado Manara en estas páginas ha sido excelso. Tanto por la majestuosidad plástica como por la capacidad de trasmutar con fidelidad conceptual la esencia original del relato. Dando nueva vida en cómic a este clásico de la novela europea del siglo XX. Dejando un tebeo que se erige con lo mejor de dos mundos en sus entrañas. Las que creó Umberto Eco y que fluyen con naturalidad gracias al dibujo de Manara.

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