En un tranquilo pueblo donde todo parecía ir con la normalidad habitual, hasta que alguien estornuda. Un detalle sin importancia, salvo por un pequeño problema: los morfis no tienen nariz. Así arranca el primer volumen de «Los morfis» la disparatada aventura creada por Lorenzo Montatore, donde un huevo gigantesco, un pato y una culebra cascabelera con inquietantes gustos culinarios convierten un día cualquiera en una comedia cósmica llena de imaginación y humor absurdo. Así que cuando nuestros protagonistas escuchan un “¡ACHÚS!” viniendo del exterior, el universo entero entra en crisis. ¿Quién estornuda? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Es el fin de la física tal y como la conocemos? ¿O simplemente alguien ha abierto una ventana cósmica hacia el absurdo? Lo que encuentran en el jardín no ayuda precisamente a resolver el misterio.

Oliveta y su abuelo hacen lo que cualquier ciudadano responsable haría ante semejante situación. Convocar una reunión con el pueblo. Porque los morfis son criaturas comunitarias. Les encanta debatir. Les fascina opinar. Si hay algo que disfrutan más que discutir, es discutir sobre algo completamente absurdo. Así que el huevo pasa por una investigación colectiva digna de un comité científico solo que con menos rigor y más tontería. Algunos creen que es un meteorito con colesterol. Otros sospechan que podría ser una nueva especie de merienda interplanetaria. Y hay quien simplemente quiere abrirlo para ver si dentro hay algo que se pueda freír con patatas. Después de una consulta tan larga como inútil se decide que Oliveta y su abuelo se queden con el huevo y con el pato mientras el resto del pueblo observa el asunto con curiosidad científica y ganas de cotilleo.
A partir de ahí, Montatore despliega un festival de imaginación que convierte cada página en una pequeña sorpresa. El cómic funciona como una máquina de generar sonrisas. No carcajadas escandalosas (aunque alguna se escapa) sino esa sonrisa constante que aparece cuando el cerebro intenta procesar algo absurdo y finalmente decide rendirse y disfrutarlo. La historia se mueve con un ritmo ágil, lleno de pequeños gags visuales, bromas inesperadas y momentos que parecen diseñados para que el lector piense: “Esto es una tontería… pero es una tontería maravillosa”. Y lo mejor es que el humor no depende solo del guion. El dibujo juega un papel fundamental.

El estilo de Montatore parece sencillo a primera vista, pero tiene una precisión cómica increíble. Los morfis son redondeados, expresivos, casi elásticos. Sus gestos exagerados, sus miradas de desconcierto y sus movimientos imposibles transmiten una energía contagiosa. Es un tipo de dibujo que recuerda que el cómic infantil puede ser tan dinámico como un dibujo animado. Cada viñeta está llena de pequeños detalles, caras de fondo, reacciones exageradas y momentos visuales que hacen que incluso una escena aparentemente tranquila tenga algo gracioso escondido. El color también contribuye a esa sensación de universo alegre y extraño. Todo es luminoso, vivo, casi saltarín.
Uno de los grandes aciertos del tebeo es que funciona en varios niveles. Los lectores más pequeños disfrutarán de las situaciones absurdas, los personajes graciosos y los gags visuales. Pero los adultos que lo lean con ellos también encontrarán un humor muy particular, lleno de pequeñas locuras que recuerdan a la tradición más disparatada del humor gráfico español. Hay algo que conecta con ese tipo de cómic gamberro que durante décadas apareció en kioscos y revistas, donde la lógica se doblaba como una cucharilla y las historias se permitían ser ridículas sin pedir disculpas. Como un detalle que me gustaría destacar es ese alcalde con su homenaje a su cantante favorito “Bertin Osmorfi”(ya sabéis esa parodia del cantante/presentador/el cuñado pesado de España).

También hay ternura. Mucha. Aunque el humor sea absurdo y a veces un poco escatológico, el cómic tiene un corazón enorme. La relación entre Oliveta y su abuelo aporta calidez a la historia. El pueblo morfi, con sus discusiones eternas y sus decisiones colectivas absurdas, transmite una sensación muy agradable de comunidad. Incluso el conflicto con Pelusso tiene ese aire de amenaza relativamente amable que permite que todo siga siendo divertido en lugar de inquietante. Otro detalle muy interesante es cómo el cómic celebra la imaginación infantil. No intenta simplificar el mundo para los niños; al contrario, lo vuelve más extraño. Los objetos tienen propiedades ridículas, los personajes dicen palabras inventadas y las soluciones a los problemas rara vez siguen una lógica adulta. Ese espíritu conecta con algo fundamental: los niños no necesitan historias excesivamente racionales para disfrutar. De hecho, muchas veces prefieren lo contrario. Prefieren mundos donde un huevo puede contener misterios y nadie se escandaliza demasiado.
La edición de Astiberri Ediciones está pensada para que el cómic entre por los ojos desde el primer momento. El volumen llega en rústica con solapas, un formato manejable y 64 páginas a todo color que potencian el estilo vibrante y expresivo de Lorenzo Montatore. Por eso, si este primer volumen sirve como presentación, la verdad es que el futuro pinta estupendamente. Porque cuando un cómic consigue algo tan simple y tan difícil al mismo tiempo, hacer que el lector sonría casi en cada página, significa que ha encontrado su propia voz.

En definitiva, este primer tomo de «Los morfis» demuestra que un buen cómic infantil no necesita complicarse la vida para funcionar. Basta con imaginación desatada, personajes carismáticos y un humor que no tenga miedo de ser un poco absurdo. Lorenzo Montatore construye aquí un pequeño universo que parece sencillo, pero que está lleno de posibilidades para futuras aventuras. Cuando cierras el tebeo te queda la sensación de haber pasado por un lugar extraño, colorido y tremendamente simpático donde cualquier cosa puede ocurrir. Y lo mejor es que, si este es solo el primer paseo por este mundo maravilloso.
