Casas Viejas: crónica de la tragedia

Lo que avergüenza se suele tapar bajo la alfombra. Si eso lo llevamos al terreno social o político, a no ser que sirva para rentabilizar posiciones, se suele dejar a un lado. Eso si: mientras dé redito, se utilizará para después obviarlo. Algo de eso hay en torno a lo acaecido en Casas Viejas (Cádiz) entre el 10 y el 12 de enero de 1933. Una autentica tragedia que supuso la caída del gobierno republicano-socialista de Manuel Azaña transcurridos diez meses desde que ocurriera, provocando que en las elecciones de noviembre de ese año obtuvieran la victoria los partidos de centro-derecha, comenzando el segundo bienio de la Segunda República Española.

Los disturbios de Casas Viejas fueron consecuencia y causa de muchas cosas que ocurrieron en aquella España que dejó pasar la oportunidad de avanzar. Consecuencia de las tensiones entre el gobierno de Azaña y el movimiento obrero y campesino, unas que inequívocamente reforzaron posiciones antagónicas ante como respondió la Dirección General de Seguridad del Estado. Hecho que en un primer momento se intentó silenciar desde el estamento oficial y que, pronto Ramón J. Sender y Eduardo de Guzmán arrojaron luz sobre los hechos con sus crónicas de las épocas.

Las consecuencias, además de la obvia de que lo ocurrido en Casas Viejas fue una de las que propiciaron el fin del primer bienio republicano, fue una utilización de la tragedia por parte de la oposición, para rentabilizarla en las siguientes elecciones. La otra, más sibilina, fue que los métodos expeditivos que se permitieron en la pequeña localidad gaditana pronto se extenderían en la represión posterior a la Guerra Civil que vendría años después.

Fueron años convulsos los de la década de los 30 en la península ibérica. Años de levantamientos anarquistas ante las desigualdades impuestas en el mundo agrario y obrero. Años también de dura represión ante esas revueltas. Y lo que ocurrió en Casas Viejas es muestra de ello: la revuelta de los más desfavorecidos y la respuesta desproporcionada de los poderosos, la voluntad de minimizar la tragedia por parte del Gobierno y también las ganas de utilizarla por parte de la oposición para desgastarlo. Casas Viejas es pues un buen ejemplo de como, en aquella España tan cainita, ante un problema, en lugar de resolverlo entre las partes, se imponían unos frente a otros. Una lección sin duda desagradable, por lo mucho y malo que dice de los responsables de la época. Pero quizá por eso conviene no olvidarla, para no repetirla y tomar enseñanzas de los errores pasados.

Por eso se nos antoja necesario un tebeo como el que han llevado a cabo Juanarete, Manuel Granell y Mar Silvestre: “Casas Viejas”, recién editado por Cascaborra. Porque en él, con una vocación de cronista Juanarete nos cuenta los hechos que ocurrieron, en la voz de Benito Pabón, uno de los abogados que defendieron a los jornaleros acusados. Sin posicionamientos previos ni moralejas ni lecciones. Solo lo ocurrido, por duro y contundente que sea. En sus páginas, Manuel Granell (que ya demostró una perfecta simbiosis con Juanarete en “¡Jaca Sublevada!” y “Plomo y Gualda”), retrata con precisión aquellos días fatales de enero del 33, a los que Mar Silvestre baña de un árido color que intensifica la tragedia contada.

Juntos alumbran un tebeo, como digo, necesario. Por dar luz y recuerdo a uno de los hechos más vergonzosos de aquella democracia que solo fue esperanza, denegada años después por el totalitarismo. Por sintetizar con gran acierto lo que suponían en el campo y en el mundo obrero aquella época de tensiones y escasez de recursos para las capas más humildes de la sociedad. Por ilustrar también lo violentas que eran las revueltas y lo brutalmente que se reprendían desde los estamentos oficiales. Todo eso esta en “Casas Viejas”, una acertada crónica de una tragedia del campo español. Una que es saludable no “tapar bajo la alfombra”, para no olvidarla.

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