Hay momentos en los que el cómic de superhéroes se parece a una gran máquina del tiempo. No una que cambie el pasado, sino una que te permite volver a él, abrir la puerta y asomarte para ver si todo sigue en su sitio. Por eso este tomo de «Leyendas de La Patrulla-X: Lobezno y Kitty Pride» es exactamente eso. Una excursión nostálgica, divertida y sorprendentemente llena de energía a uno de los periodos más queridos de la historia mutante. Y lo mejor es que quien conduce esta máquina del tiempo no es otro que Chris Claremont, el guionista que definió durante décadas la personalidad de los X-Men y que aquí vuelve a jugar con dos de sus personajes favoritos como si nunca se hubiera marchado.

El punto de partida de la historia es sencillo, pero tremendamente efectivo. Después de los acontecimientos de la clásica miniserie Kitty Pryde and Wolverine, la joven mutante aún arrastra las cicatrices de su enfrentamiento con fuerzas oscuras en Japón. Aquella experiencia no solo la puso en peligro, sino que la obligó a enfrentarse a su propio lado oscuro. Ahora, en esta secuela tardía, la historia vuelve a situarnos en ese momento delicado de su vida, cuando todavía está aprendiendo a controlar sus poderes, su miedo y su creciente determinación. Y por supuesto, cerca de ella sigue estando su mentor más improbable: Lobezno.
Logan nunca fue el típico profesor de academia. No da discursos inspiradores ni organiza clases ordenadas. Su método educativo consiste básicamente en lanzar a sus alumnos al peligro, gruñir un par de advertencias y confiar en que aprendan a sobrevivir. En el caso de Kitty Pryde, esa filosofía funciona sorprendentemente bien. La relación entre ambos siempre ha sido uno de los vínculos más entrañables del universo mutante: un guerrero endurecido por mil batallas y una adolescente brillante que todavía intenta entender el mundo que la rodea. Claremont conoce perfectamente esa dinámica y la explota con un cariño evidente. La acción se desarrolla principalmente en Japón, un escenario que siempre ha estado profundamente ligado a la mitología personal de Lobezno. Allí vive Mariko Yashida, figura clave en la vida de Logan y miembro de una familia cuya influencia y poder atraen inevitablemente a todo tipo de enemigos. Cuando una misteriosa amenaza sobrenatural comienza a cernirse sobre su hogar, Lobezno y Kitty se ven obligados a intervenir. Lo que empieza como una estancia aparentemente tranquila pronto se transforma en una cadena de conspiraciones, ataques inesperados y enfrentamientos que mezclan artes marciales, misterio y drama familiar.

Claremont demuestra desde las primeras páginas que sigue teniendo una voz muy particular a la hora de escribir a estos personajes. Su versión de Logan es inconfundible. Un hombre que parece vivir permanentemente atrapado en un monólogo interior lleno de reflexiones sobre el honor, la violencia y la responsabilidad. En este cómic hay abundantes cuadros de texto donde el propio Lobezno describe lo que está pasando o reflexiona sobre sus decisiones. Para algún lector actual este estilo puede parecer anticuado, pero lo cierto es que aporta una identidad muy fuerte a la narración. Es como escuchar a un viejo contar historias alrededor de una hoguera. Al mismo tiempo, la Kitty de Claremont es exactamente lo que los algunos lectores podemos recordar. Es inteligente, impulsiva, sarcástica y llena de energía. Todavía está lidiando con el trauma de su enfrentamiento con Ogun, pero eso no le impide lanzarse de cabeza a cada nueva situación peligrosa. Su poder de atravesar objetos sólidos se convierte constantemente en una herramienta creativa durante las escenas de acción, y Claremont se divierte colocando a la joven mutante en situaciones donde su ingenio resulta tan importante como sus habilidades.
El argumento de la miniserie avanza con el ritmo clásico de las aventuras mutantes de los años ochenta. Hay intentos de secuestro, conspiraciones que se revelan poco a poco, enemigos que aparecen desde las sombras y momentos de tensión que se alternan con escenas más ligeras. También hay espacio para personajes secundarios que aportan sabor a la historia, desde aliados inesperados hasta antagonistas que parecen sacados de una mezcla entre thriller criminal y relato sobrenatural. Todo ello crea una sensación muy particular: la de estar leyendo una historia que podría haber aparecido perfectamente en las páginas de los cómics de aquella época.

El dibujo corre a cargo de Damian Couceiro, cuyo trabajo se adapta muy bien al tono general del proyecto. Su estilo busca claramente capturar la esencia de los cómics mutantes clásicos sin caer en una simple imitación. Las escenas de combate son dinámicas y fáciles de seguir, algo fundamental en una historia donde Lobezno pasa buena parte del tiempo enfrentándose a enemigos cuerpo a cuerpo. Couceiro también sabe sacar partido a los momentos más tranquilos, permitiendo que los personajes expresen emociones a través de gestos y miradas. Uno de los aspectos más interesantes del arte de Carlos López es cómo se combina con el uso del color para recrear una atmósfera muy concreta. Japón aparece cubierto de nieve, iluminado por luces nocturnas y rodeado de un aire casi místico que refuerza la sensación de que algo extraño está ocurriendo. Esta ambientación ayuda a que la historia tenga una identidad muy clara, diferenciándola de otras aventuras mutantes más urbanas o tecnológicas.
En muchos sentidos, el cómic funciona como una carta de amor a una etapa muy concreta de los X-Men. Durante la larga etapa de Claremont al frente de la franquicia, los mutantes pasaron de ser un grupo relativamente secundario a convertirse en uno de los pilares de Marvel. Historias llenas de drama, personajes complejos y aventuras que mezclaban ciencia ficción, fantasía y política definieron aquel periodo. Este tomo no pretende competir con esas grandes sagas, pero sí capturar parte de su espíritu. Por supuesto, también hay que reconocer las limitaciones inherentes a una historia de este tipo. Al tratarse de un relato situado en el pasado de la continuidad mutante, no puede alterar realmente el destino de sus protagonistas. Sabemos que Logan, Kitty y Mariko sobrevivirán a los acontecimientos y seguirán adelante con sus vidas. Sin embargo, Claremont logra convertir esa limitación en una oportunidad. En lugar de intentar cambiar el futuro, utiliza la historia para profundizar en las relaciones entre los personajes y explorar pequeños momentos que podrían haber ocurrido entre aventuras más conocidas. Ese enfoque hace que la lectura resulte muy agradable, especialmente para los lectores que sienten cariño por la era clásica de los X-Men. Hay algo reconfortante en volver a ver a estos personajes en una situación que recuerda tanto a sus aventuras originales. Es como encontrarse con viejos amigos después de muchos años y descubrir que siguen teniendo el mismo sentido del humor y las mismas manías.

Este tomo, editado por Panini Comics, recoge en sus 120 páginas los cinco números de la miniserie Wolverine and Kitty Pryde traducidos por Uriel López, no pretende revolucionar el universo Marvel, pero tampoco lo necesita. Su objetivo es mucho más sencillo. Ofrecer una aventura entretenida protagonizada por dos personajes icónicos y escrita por el autor que mejor los conoce. En ese sentido, el resultado es más que satisfactorio. Entre ninjas, conspiraciones, monólogos dramáticos y escenas de acción llenas de energía, la historia consigue capturar la esencia de lo que hizo especial a aquella época de los mutantes.
Puede que el tiempo haya pasado y que el estilo de Claremont pertenezca a otra era del cómic, pero precisamente ahí reside parte de su encanto. Leer esta miniserie de Lobezno y Kitty Pryde es como abrir una ventana a un momento concreto de la historia del medio, cuando las aventuras mutantes estaban llenas de emoción, exageración y personajes que hablaban como si cada frase fuera parte de una epopeya. Y si esa epopeya incluye a Lobezno gruñendo mientras protege a una adolescente capaz de atravesar paredes, entonces el viaje merece absolutamente la pena.
