
“Tú … ¿Tú nunca me desconectarías del todo, verdad?”
La buena ciencia ficción, más allá del componente imaginativo donde se desarrolla, suele esconder entre sus pliegues elementos consustanciales a lo reflexivo. Revestidos de metáfora, sus relatos suelen poner en cuestión formas de vida o posicionamientos políticos más allá de la dicotomía básica de “buenos malos”. Por supuesto que dentro del género hay planteamientos más escapistas y planos, destinados a entretener sin cuestionar, pero si se sabe buscar, siempre hay tesoros que, además de proponer un buen relato, alimenta al lector con elementos para reflexionar tras la lectura. Como acicates que enriquecen a quien se adentran en la propuesta, que no buscan sedar, sino estimular el análisis frente a lo que nos rodea o rodeaba al autor cuando concibió la obra.
Algo de esto hay en “Lem y Grandullón”, el tebeo que acaba de estrenar Miguel Ángel Giner Bou con GP Ediciones. Una historia que nos lleva a un futuro distópico y un planeta en el que el poco trabajo que queda es mover cantidades ingentes de basura. En ese contexto, un cínico humano y un robot cuyo tiempo ya fue pasado entran a trabajar en una fábrica de residuos. Bajo esa premisa, esta extraña pareja de amigos van a demostrar, más allá de las inercias que amordazan sus vidas, que su amistad es más férrea que las duras rutinas que llevan a cabo cada jornada laboral, donde Lem es el único humano empleado, puesto que el resto de operarios son todos robots.

Grandullón, que es quien pronuncia la cita que inaugura el texto, es un antiguo robot de asalto reciclado para trabajar. La pregunta antes citada denota la inocencia que posee. Además, sus circuitos ya están casi obsoletos y su memoria no es la que era. La inteligencia no es su mayor virtud, ni lo fue nunca. Pues fue concebido como soldado de asalto, para obedecer, no para pensar. A lo largo de su vida artificial, eso si, ha desarrollado una lealtad total hacia su amigo humano. Lem, un cínico trabajador con sentido crítico y un pragmatismo que los ha salvado en más de una ocasión. Juntos forman una extraña pareja, entre la inocencia y lo descreído, cuyo vínculo está a prueba de coyunturas, pues los lazos que mantienen son de los que unen pero no atan.
Con esos elementos, Miguel Ángel Giner construye una historia poderosa, que arranca desde la sencillez de quien tiene claro que trasmitir y cómo hacerlo. En un relato que crece conforme se recorre, entre lo existencialista y la belleza real de las cosas. La que en ocasiones aparece entre la basura, como flores de humanidad, como una epifanía descubierta entre las viñetas de estas páginas.

Giner desarrolla así un mundo estético-gráfico singular, en el equilibrio justo entre los estereotipos de ciencia ficción y una visión personal. Hecho que, de por sí, ya reviste al cómic de una identidad propia. Que no queda solo ahí, porque las 136 páginas que componen “Lem y Grandullón”, son de las que han de englobarse en la mejor ciencia ficción y, en consecuencia, tienen en sus adentros elementos que no solo entretienen, sino que sirven para agitar al lector con los componentes en los que se sustenta el relato. Elementos que van más allá de la metáfora fantástica, apelando a reflexiones conectadas con la realidad más cercana, donde la rutina diaria en ocasiones distrae de todo a los seres humanos llenos de horarios y agendas. Como robots. Por eso, una lectura sobre lazos que unen y no atan es, más que saludable, bienvenida en esta época de autómatas humanos, codicia artificial y mensajes simplistas. Por eso, “Lem y Grandullón” conecta con lo más humano cuando se recorren sus páginas.
