Biblioteca Conan el Bárbaro 19: el décimo aniversario llegó

Si alguna vez has querido que te partan la cara con una espada mientras te explican historia antigua a gritos, en la Biblioteca de Conan el Bárbaro número 19 te lo cuentan con claridad meridiana. Aquí no hay medias tintas: hay acero, hechicería, sudor, sangre y un par de villanos que desayunan maldiciones con leche de cabra. Todo ello servido con la elegancia brutal de Roy Thomas y el pulso titánico de John Buscema, dos tipos que no adaptaban relatos: los invocaban como si estuvieran trazando un pentagrama en la mesa de dibujo.

Este volumen, que recoge los números americanos de Conan the Barbarian #109-115, no es solo una recopilación. Es un portal directo a la Era Hiboria, esa edad imaginaria donde los mapas son opcionales y la diplomacia consiste en golpear primero y preguntar nunca. Y sí, lo publica Panini Comics, que aquí actúa como arqueólogo salvaje, desenterrando estas joyas para que las leas con olor a tinta clásica y nostalgia bárbara. La pieza central es la ambiciosa adaptación en cuatro partes de Los hijos del Rey Oso, novela de Norvell W. Page. Y cuando digo “ambiciosa” quiero decir que Thomas se sube a un risco y decide lanzarse sin red. Esto no es una aventurilla episódica. Es una saga con ambición de epopeya, con conspiraciones, reyes malditos, traiciones que duelen más que una puñalada en el riñón y ese aire fatalista que hace que todo parezca escrito en piedra o en hueso.

Conan aquí no es solo el bárbaro que entra a una taberna y la deja sin techo. Es estratega, es líder, es una montaña de músculo con cerebro afilado. Thomas lo escribe con una mezcla perfecta de brutalidad y astucia. El cimmerio no sobrevive por casualidad, sobrevive porque entiende el mundo como una jungla donde el que duda acaba colgado como decoración tribal.  Luego llega “¡Un diablo en la familia!”, a partir de un argumento de Christy Marx. Aquí la intriga se vuelve doméstica, pero en versión hiboria, lo que significa que el drama familiar incluye hechicería oscura y miradas que podrían matar caballos. Esta historia es una delicia porque mezcla el melodrama con la espada y brujería, como si alguien hubiera decidido que Falcon Crest necesitaba más hachas. Thomas demuestra que puede manejar lo íntimo sin perder el filo, y Buscema convierte cada gesto en una amenaza latente. Cuando crees que ya has tenido suficiente barbarie ilustrada, aparece “La sombra de la bestia”, basada en un relato del mismísimo Robert E. Howard. Aquí el espíritu pulp late con fuerza primigenia. Hay algo especial cuando Conan regresa a las raíces literarias que lo vieron nacer. Thomas no adapta con miedo reverencial; adapta con hambre. Respeta la esencia, pero la traduce al lenguaje del cómic clásico con una fluidez que hoy sigue siendo envidiable. Y entonces, como si el tomo no fuera ya una fiesta bárbara, llega el número 115: décimo aniversario de la serie. Una celebración a lo grande. Regresa Red Sonja (porque cualquier aniversario que se respete necesita acero pelirrojo) y reaparece Zukala, ese hechicero que parece haber salido de una pesadilla con presupuesto ilimitado. Aquí todo es exceso del bueno con la sensación de estar leyendo algo importante dentro de la mitología del personaje.

En el aspecto gráfico, Buscema está en modo dios primo de Crom. Sus cuerpos pesan, sus batallas duelen, sus mujeres son majestuosas y sus villanos parecen diseñados por alguien que odia la luz del sol. Hay una claridad que ya quisieran muchos cómics actuales. Sabes siempre dónde estás, quién está a punto de recibir un espadazo y por qué ese espadazo va a ser glorioso. La tinta respira clasicismo, pero nunca rigidez. Cada página tiene ese equilibrio mágico entre dinamismo y elegancia. Lo acompaña Ernie Chan junto a George Roussos dando el golpe final a una serie de viñetas inolvidables.

La edición de Panini Comics dentro de la línea Biblioteca Conan es puro respeto por el material clásico. No hay artificios ni retoques innecesarios. Aquí se apuesta por recuperar estas historias tal y como fueron concebidas. El contenido es, además, una lección de cómo hacer continuidad sin asfixiar. Hay ecos del pasado, personajes recurrentes, guiños a aventuras anteriores, pero nunca te sientes perdido. Un material que puedes leer como celebración histórica o como pura aventura desatada. Funciona en ambos niveles, lo cual no es poca cosa. En 176 páginas no solo hay historias: hay músculo, ambición y legado. Hay una industria que estaba en plena ebullición creativa y un equipo que sabía que tenía entre manos algo especial. Porque Conan no era solo otro personaje con espada. Era la fantasía heroica colándose en el mainstream superheroico y diciendo “hazme sitio o te parto la mesa”.

Leer este tomo hoy es una experiencia casi física. Sientes el papel como si fuera pergamino. Escuchas el choque del acero entre viñetas. Te dan ganas de dejar el teclado, agarrar un hacha imaginaria y salir a conquistar el supermercado más cercano. ¿Es exagerado? Por supuesto. ¿Es melodramático? También. ¿Es gloriosamente divertido? Absolutamente. Por eso esta Biblioteca Conan no es una lectura “correcta”. Es una lectura que ruge. Es una celebración del exceso, del clasicismo bien entendido y del talento descomunal de varios autores que hicieron del bárbaro más famoso de la fantasía una figura casi mitológica del cómic.

Si te gusta la fantasía sin complejos, el dibujo que parece tallado en mármol y los guiones que no piden perdón por ser épicos, este tomo es una joya. Y si nunca has pisado la Era Hiboria, prepárate: aquí no se entra con traje y corbata. Se entra con espada en alto y sonrisa salvaje. Por eso, cuando cierres el tebeo, con olor a tinta y victoria, entenderás una cosa: el tiempo puede pasar, las modas pueden cambiar, pero mientras haya historias así, Conan seguirá caminando. Y lo hará, como siempre, sobre los cráneos de sus enemigos y sobre nuestras estanterías.

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