Imagina que caminas descalzo por un pasillo de madera pulida. Es de noche. La luna apenas entra por las rendijas del papel de arroz. Sabes que alguien te busca. Sabes que, si das un paso en falso, el suelo cantará y estarás muerto. Respiras. Avanzas. Cruje. Así empieza, en espíritu, el primer tomo de las «Leyendas de los Otori. El silencio del ruiseñor» (» Le Clan des Otori: Le Silence du Rossignol»). No como una simple historia de samuráis, sino como una experiencia de tensión contenida, belleza sombría y destino inevitable. Desde sus primeras páginas te arrastra a un mundo donde el honor pesa como una espada y el silencio puede ser más peligroso que el acero.

La adaptación al cómic de la saga creada por Lian Hearn llega de la mano del guionista Stéphane Melchior y del dibujante Benjamín Bachelier, y lo que logran no es una simple transcripción ilustrada, sino una obra con identidad propia. Mantienen la esencia del texto original, pero lo traducen a un lenguaje del noveno arte que intensifica su atmósfera hasta hacerla casi palpable.
La historia se sitúa en los llamados “Tres Países”, un territorio ficticio que recuerda poderosamente al Japón de finales del siglo XVI. No se menciona su nombre real, pero los ecos históricos son evidentes. Clanes enfrentados, traiciones decisivas, guerras que cambian el equilibrio del poder. La sombra de la Batalla de Sekigahara planea sobre el trasfondo político del relato, igual que la figura histórica de Tokugawa Ieyasu se intuye detrás de las luchas por el control territorial. No es Historia literal, pero sí una recreación inspirada y consciente.

La trama arranca con una masacre. Takeo, un muchacho de catorce años, es el único superviviente de la comunidad de los “Invisibles”, un grupo pacifista exterminado por orden de Iida Sadamu, señor del clan Tohan. La escena inicial no es gratuita: establece desde el principio el tono implacable de la obra. Aquí la violencia no es decorativa; es estructural. Cuando todo parece perdido, irrumpe Otori Shigeru, señor de un clan rival, que rescata al chico y elimina a sus perseguidores con una precisión fría y elegante. Shigeru no es un héroe ruidoso. Es un hombre marcado por derrotas pasadas, consciente del equilibrio frágil que sostiene su mundo. Decide llevar a Takeo a Hagi, capital de los Otori, y educarlo como samurái con la intención de adoptarlo. Pero Takeo no es un muchacho cualquiera. Pronto se revela que posee habilidades extraordinarias: puede escuchar conversaciones lejanas, moverse sin hacer ruido, desaparecer en la penumbra. Son los dones de la misteriosa “Tribu”, una organización secreta de espías y asesinos que opera en la sombra del poder. Esta Tribu evoca a los shinobi históricos, pero aquí adquiere una dimensión casi legendaria, como si perteneciera tanto al mito como a la realidad. La fuerza del cómic reside en esa tensión identitaria: Takeo es hijo de una comunidad pacifista, aprendiz de samurái y heredero potencial de la Tribu. Tres lealtades que no pueden convivir sin conflicto. Su crecimiento no es solo físico o marcial, sino profundamente moral.
En paralelo conocemos a Kaede, hija de un señor derrotado y retenida como rehén en territorio enemigo. Su vida es una prisión elegante: vive vigilada, humillada, reducida a pieza de negociación. Sin embargo, lejos de ser un personaje pasivo, Kaede demuestra una inteligencia estratégica y una resistencia interior que la convierten en uno de los grandes pilares del relato. Cuando logra evitar un matrimonio forzado y termina prometida a Shigeru, su destino queda sellado dentro de una red política que no controla. El tebeo alterna ambas trayectorias con un ritmo medido, casi ceremonial. No hay prisa. Cada escena se construye con calma, permitiendo que los silencios pesen tanto como los diálogos. Melchior entiende que la fuerza del material está en la atmósfera y no sacrifica esa densidad por dinamismo superficial.

Luego está el dibujo de Benjamin Bachelier. Su estilo se aleja del realismo académico y también del manga tradicional. Opta por una expresividad marcada, con figuras estilizadas y rostros intensos. Los cuerpos parecen a veces alargarse bajo el peso del destino, y los paisajes no son simples fondos, sino estados de ánimo. La paleta cromática, dominada por ocres, verdes profundos y rojos apagados, envuelve la historia en una sensación constante de amenaza y melancolía.
El volumen cubre aproximadamente la mitad del primer libro de la pentalogía original, lo que le otorga una estructura de largo prólogo. Sin embargo, no se siente incompleto. Al contrario: el viaje hacia Inuyama para celebrar el matrimonio entre Shigeru y Kaede cierra el tomo con una sensación de amenaza latente. Sabemos que esa invitación es una trampa diplomática. Sabemos que algo terrible se aproxima.

La edición de Tengu Ediciones acompaña con elegancia la propuesta. Sus 96 páginas, traducidas por Inés Sánchez Mesonero, ofrecen espacio suficiente para que el arte respire y para que las dobles páginas desplieguen toda su potencia visual. La reproducción del color es impecable, algo esencial en una obra donde la atmósfera cromática es parte fundamental del relato. Pero más allá de su cuidado formal, lo que convierte a este primer volumen de las «Leyendas de los Otori» en una lectura absorbente es su equilibrio entre lo épico y lo íntimo. Sí, hay guerras y clanes enfrentados. Sí, hay conspiraciones y estrategias políticas. Pero el corazón de la historia late en la fragilidad de dos adolescentes que intentan sobrevivir a un sistema diseñado para utilizarlos. Ahí está la grandeza de este volumen. Convertir una historia de clanes y espadas en un relato sobre identidad y elección. Cuando llegas a la última página no sientes que hayas leído un simple prólogo, sino el inicio de una tragedia hermosa y feroz. Una epopeya que avanza despacio, con la elegancia letal de un guerrero que no necesita alzar la voz para imponerse.
El suelo ha empezado a cantar.
Y nosotros ya hemos dado el primer paso.
