Hay un momento muy concreto en la historia de cualquier serie larga en el que uno puede oler el cambio. No ha llegado todavía la revolución, no han aterrizado los autores que lo pondrán todo patas arriba, pero algo se está moviendo bajo la superficie. Una vibración tenue. Un crujido en los cimientos. La Biblioteca Marvel de La Patrulla-X numero 10 es exactamente eso: el sonido previo al terremoto. Un volumen que, leído hoy, funciona como el prólogo necesario a la etapa que transformará definitivamente a los mutantes.

La historia arranca retomando la saga contra Magneto y Mesmero. El planteamiento es potente. El amo del magnetismo vuelve a escena con un plan grandilocuente, acompañado de un discípulo hipnótico y un grupo de criaturas que parecen salidas de una pesadilla pulp. El guion de Arnold Drake juega a confundir, a sembrar dudas sobre identidades secretas y lealtades ocultas, especialmente en torno a la figura de Eric el Rojo. Hay disfraces, manipulaciones mentales y giros que buscan mantener al lector en tensión. ¿Funciona? A medias. Drake tiene buenas ideas y un evidente deseo de dotar a la serie de mayor complejidad, pero la resolución de la saga resulta algo rutinaria. El clímax no está a la altura de las expectativas que la propia historia genera. Sin embargo, sería injusto despacharla como irrelevante, porque aquí sucede algo fundamental: la llegada de Lorna Dane.
La futura Polaris irrumpe en la colección con una pregunta que lo cambia todo: ¿es hija de Magneto? La serie no ofrece respuestas definitivas, pero deja caer la insinuación con la sutileza de un martillo. De pronto, el conflicto deja de ser solo ideológico y pasa a ser también familiar. Lorna no domina aún sus poderes ni su papel en el universo mutante, pero su presencia aporta una tensión dramática que eleva el conjunto. Vista con perspectiva, su debut es uno de los grandes atractivos del volumen. Y cuando la historia parece acomodarse en su tono habitual, aparece un relámpago creativo: Jim Steranko. Su participación se limita al apartado gráfico en un par de números, pero basta para sacudir la colección. Las páginas se vuelven más dinámicas, las composiciones más audaces, las figuras más estilizadas. Hay una sensación inmediata de modernidad, de riesgo, de ambición visual. No es el Steranko más experimental ni el más psicodélico, pero sí es un soplo de aire fresco en una serie que empezaba a resultar algo rígida.

Incluso el logotipo de la colección se renueva en estos episodios, un detalle que puede parecer menor pero que simboliza una voluntad de cambio. Durante unas cuantas páginas, la Patrulla-X deja de parecer una serie que intenta sobrevivir y empieza a parecer una serie que quiere destacar. El contraste se hace evidente cuando regresan los dibujantes habituales, Werner Roth y Don Heck. Ambos son profesionales competentes, con experiencia y oficio, pero su estilo resulta más estático, más clásico, menos atrevido que el de Steranko. Todo vuelve a encauzarse por caminos previsibles. No hay desastres, pero tampoco hay chispa. La saga concluye con corrección, aunque sin la épica que uno podría desear. Entre los elementos destacados del tomo se encuentra también la primera aparición de Erik el Rojo, figura enigmática que añade una capa de misterio interesante. En este punto es más promesa que amenaza real, pero su introducción contribuye a enriquecer el universo de la serie y anticipa desarrollos posteriores.
Otro momento relevante es la aventura contra Blastaar, dibujada por Barry Windsor-Smith, acreditado en la época como Barry Smith. Ver aquí sus primeros pasos en Marvel tiene algo de experiencia arqueológica. Su trazo todavía es inseguro, aún no alcanza la sofisticación que lo convertirá en una figura clave del cómic estadounidense, pero ya se intuye una sensibilidad especial. La historia en sí es bastante prescindible, una batalla más contra un villano poderoso, pero el debut de Smith le otorga un valor añadido indiscutible.

El tramo final del volumen nos traslada al antiguo Egipto con la aparición del Faraón Viviente y el inicio de una nueva línea argumental. La ambientación exótica responde a esa fascinación sesentera por lo arqueológico y lo milenario. La ejecución es irregular, con momentos interesantes y otros más convencionales, pero introduce un elemento crucial: Alex Summers. La entrada en escena del hermano de Scott amplía el drama familiar de los Summers y añade una dimensión nueva que la serie explotará con mayor profundidad en el futuro. Alex descubre que también es mutante, lo que transforma el conflicto interno de Cíclope en algo más complejo. Este arranque egipcio no es brillante, pero sí es significativo. Es una pieza más en la construcción de una mitología que todavía está tomando forma.
Como complemento, el volumen incluye historias breves de cinco páginas dedicadas a los orígenes de los miembros del equipo. Arnold Drake y Werner Roth concluyen el relato de la Bestia y comienzan el del Ángel. El origen de Hank McCoy es probablemente el más sólido del conjunto, con un desarrollo más elaborado y la introducción de un villano propio, el Conquistador, que resulta algo plano pero cumple su función. Estos relatos tienen un aire ingenuo, propio de la época, pero contribuyen a enriquecer la dimensión humana de los personajes. En el último de estos complementos ya aparece Roy Thomas, cuyo regreso a la serie marca el inicio de una transición creativa decisiva. Thomas aporta mayor cohesión y ambición, y su presencia anticipa la inminente etapa que muchos consideran la primera gran cima artística de la colección clásica. Este volumen es, en cierto modo, el umbral de esa transformación.

La edición española de Panini Comics añade además los correos de lectores originales traducidos por Víctor Rubio con Juanan Cruz y una cronología escrita por Lidia del Castillo que contextualiza los episodios. Las cartas son un tesoro: entusiasmo desbordado, críticas sinceras, teorías extravagantes. Leerlas es asomarse a la conversación viva entre autores y público en los años sesenta. La cronología, por su parte, ayuda a situar cada historia en el entramado del universo Marvel, convirtiendo la lectura en una experiencia más completa.
En conjunto, este decimo tomo de la Biblioteca Marvel de La Patrulla-X es un volumen irregular, con altibajos evidentes. La saga principal promete más de lo que ofrece, la aventura con Blastaar es olvidable y el arranque egipcio necesita un impulso que llegará más adelante. Pero también contiene momentos de gran interés histórico: el debut de Polaris, la primera aparición de Erik el Rojo, la entrada de Alex Summers, el fogonazo gráfico de Steranko y el regreso de Roy Thomas. No es un tomo que deslumbre de principio a fin. Es un tomo que construye, que prepara, que coloca las piezas antes de la jugada maestra. Y eso, para el lector que disfruta entendiendo cómo evoluciona una serie, es casi tan apasionante como la propia revolución. Porque a veces lo más emocionante no es el instante en que todo cambia, sino el segundo justo anterior, cuando el aire se carga de electricidad y uno sabe que algo grande está a punto de suceder.
