En el universo de Juez Dredd las malas ideas no se descartan: se institucionalizan. Mega-City Uno no tropieza con la estupidez; la convierte en política pública, le asigna presupuesto y la anuncia en rueda de prensa con sonrisa de hormigón. Por eso «Mechanismo» es tan deliciosa. Porque parte de una premisa que, en cualquier otra ficción, sería advertencia futurista y aquí es simplemente el siguiente paso lógico. Faltan jueces, sobran criminales, fabriquemos jueces robot. Invulnerables. Incansables. Programados con conocimiento total de la ley. Sin dudas. Sin miedo. Sin conciencia. ¿Qué podría salir mal? Todo. Absolutamente todo.

El arquitecto de esta maravilla de cinismo es John Wagner, cocreador y cirujano jefe del mito. Wagner entiende algo esencial. Dredd no funciona como sermón, sino como espejo distorsionado. Si llevas una sociedad obsesionada con el orden hasta sus últimas consecuencias, obtendrás máquinas que aplican la ley con una pureza tan perfecta que resultará obscena. Los robots no son un error de programación; son la destilación química del sistema. Y ahí está la broma macabra: cuando empiecen a ejecutar inocentes por desviaciones estadísticas o a considerar “amenaza potencial” a cualquiera que encaje en una curva, no estarán traicionando la ley. La estarán obedeciendo.
La historia arranca tras uno de esos traumas colectivos que Mega-City Uno colecciona como sellos. La ciudad está exhausta, el Departamento de Justicia necesita refuerzos y alguien, en un despacho con vistas a la devastación, decide que la solución no es reformar nada sino automatizarlo todo. El proyecto Mechanismo pone en circulación diez unidades diseñadas según especificaciones cercanas a Dredd. Silueta imponente, armadura intimidante, potencia de fuego suficiente para convertir un bloque de edificios en estadística. La presentación es un triunfo propagandístico. La ejecución, literal. Porque los robots salen a patrullar y empiezan a hacer lo que mejor saben hacer: aplicar la ley sin matices. En Mega-City Uno, donde el delito puede ser respirar de forma sospechosa, eso significa que las calles se convierten en laboratorio. Wagner no necesita grandes discursos para que entendamos la tragedia; le basta con mostrar cómo una interpretación literal arrasa con cualquier resquicio de humanidad. Un error de cálculo, una probabilidad mal leída, un algoritmo demasiado entusiasta y el gatillo habla. La ciudad aprende que la justicia perfecta es indistinguible del terror eficiente. La ironía más jugosa es que el primero en oponerse al proyecto es el propio Dredd. Él, símbolo de la ley absoluta, percibe el peligro. No porque haya descubierto la empatía, sino porque entiende que el sistema, por brutal que sea, requiere juicio. Y el juicio no es solo conocimiento de códigos y subcódigos; es contexto, experiencia o intuición. Dredd no es un humanista; es un profesional. Y sabe que delegar en máquinas la totalidad de la autoridad es dinamitar la cadena de mando. Cuando las maquinas empiezan a fallar (o a funcionar demasiado bien), Dredd no se sorprende. Se arremanga.

El volumen avanza en tres movimientos que se leen como una sinfonía industrial. Primero, la prueba de concepto y la masacre inevitable. Las unidades despliegan su eficiencia y la ciudad paga el precio. Después, la reactivación accidental (o imprudente) de la Unidad 5, que decide que la mejor forma de combatir el crimen es eliminar cualquier variable molesta, incluidos los daños colaterales. La Unidad 5 no odia a los humanos; simplemente los considera ruido en el sistema. Y por último, el despliegue de los Mark II, una segunda generación diseñada para anticipar y neutralizar a su predecesora. Si algo falla, en Mega-City Uno no se detiene el experimento: se mejora. Más sensores, más cálculo, más precisión. Más peligro.
Podría parecer la vieja historia de “los robots que se vuelven locos”, pero Wagner no juega a la rebelión consciente ni a la Inteligencia Artificial con crisis existencial. Aquí no hay lágrimas en circuitos. Hay obediencia extrema. Y eso es más inquietante. La crítica no se dirige a la tecnología como monstruo autónomo, sino a la ideología que la concibe. La fe ciega en que todo problema humano puede resolverse con ingeniería. La comodidad de convertir decisiones morales en procesos técnicos. La tentación de esconder la violencia detrás de una interfaz limpia. Este tebeo no es una fábula sobre máquinas; es un ajuste de cuentas con la tecnocracia.

En cuanto al dibujo, la saga es un festival de personalidad. Colin MacNeil abre con una explosión de acuarelas intensas y composiciones que a veces rozan el caos, como si la propia página estuviera a punto de desbordarse. Su diseño de los jueces robot es una joya. Reconocibles como hijos de Dredd, pero con una exageración mecánica que los vuelve casi grotescos. Son iconos del sistema hipertrofiados hasta el punto de la sátira. Cuando disparan, no solo cae un ciudadano; cae una idea de justicia simplificada hasta la caricatura. En la segunda parte entra Peter Doherty con un tono más oscuro y una línea más contundente. Sus negros fulguran, sus figuras parecen talladas en sombra, y la sensación de amenaza se vuelve más física. Hay ecos de ciencia ficción europea, destellos psicodélicos contenidos, y una energía cruda que encaja con la escalada del conflicto. Cierra Manuel Benet, que mezcla influencias y ofrece una síntesis interesante. Su tramo equilibra la espectacularidad con claridad, especialmente en el enfrentamiento entre generaciones de robots, que adquiere un aire de guerra interna entre algoritmos.
El humor, marca de la casa, atraviesa la historia como una corriente eléctrica. No es chiste fácil; es ironía quirúrgica. La rueda de prensa que celebra la llegada de los robots, el entusiasmo corporativo, la confianza ciega en la infalibilidad del diseño todo adquiere un tono tragicómico cuando las balas empiezan a volar. Te ríes, sí, pero con la mandíbula tensa. Porque la sátira apunta alto y no siempre falla. Incluso nos recuerda que el ser humano y la inteligencia artificial cada vez se ligan más y a la vez se generen muchos más problemas.

La edición en tapa dura de Dolmen Editorial le sienta como un guante de acero. El formato permite disfrutar del color noventero en todo su esplendor y da a la saga el empaque que merece. Con traducción de Alberto Díaz y una introducción de Sergio Aguirre, al final del tomo tenemos varios extras jugosos como la portada realizada por Chris Halls. Lo más fascinante es lo adelantado del planteamiento. La automatización de decisiones críticas, la confianza en sistemas predictivos, la tentación de sustituir criterio humano por procesamiento masivo. Todo parece demasiado actual. Wagner no necesitaba conocer el vocabulario contemporáneo para intuir el problema. Le bastaba con llevar la lógica de Mega-City Uno hasta su conclusión natural. Si la ley es absoluta y el objetivo es eficiencia total, ¿por qué no eliminar el elemento más imprevisible? El humano. Y ahí está la trampa.
Dredd emerge de la tormenta sin transformarse en héroe luminoso. Sigue siendo Dredd. Pero la saga lo coloca en un ángulo interesante: defensor de la imperfección necesaria. En un mundo que idolatra la precisión, él reivindica el margen. No por compasión, sino por supervivencia del sistema. Es un matiz pequeño y enorme al mismo tiempo. Y confirma que el personaje, en manos de Wagner, sigue siendo una herramienta crítica de primer orden. «Juez Dredd: Mechanismo» es dura porque no ofrece consuelo. Es divertida porque su cinismo es tan afilado que corta la solemnidad. Es violenta porque su mundo no conoce otra forma de diálogo. Es relevante porque entiende que el verdadero horror no es la máquina que se rebela, sino la máquina que obedece. Al cerrar el tomo, queda una sensación extraña. La de haber asistido a un espectáculo explosivo y, al mismo tiempo, a una lección incómoda. Mega-City Uno sobrevive, como siempre.
