Gadiro 3. El embajador de la Atlántida. La Victima de Azaes: descubrir el “infierno”

Dicen que los imperios caen por terremotos, por guerras o por la soberbia de sus gobernantes. Pero a veces el principio del fin no llega con un estruendo, sino con un susurro en mitad de la noche. Con una puerta que nadie oye abrirse. Con un dolor que no deja marcas en la piel, pero sí cicatrices invisibles en el alma. Así arranca el tercer tomo de «Gadiro: El embajador de la Atlántida», una entrega que cambia la épica por la inquietud y convierte el esplendor de la Atlántida en un escenario donde lo más peligroso no se ve, pero actúa.

En este tercer tomo, el universo creado por Manuel Veiga, Adrián M. García y Tiago Barsa se expande con una seguridad que ya no necesita presentación. La Atlántida, en su apogeo, vuelve a desplegarse ante nosotros como una superpotencia insular que se extiende desde Madeira hasta las islas cercanas a Mesoamérica, dividida en diez reinos siguiendo la tradición platónica. Pero aquí no estamos ante una postal mitológica ni ante una fantasía luminosa. Estamos ante un imperio que empieza a mostrar sus grietas morales, políticas y espirituales.

Tras su misión en Bóreas, Gadiro apenas tiene tiempo de recuperar el aliento cuando llegan noticias alarmantes desde el reino. La llamada no es política ni militar en apariencia; es más íntima, más perturbadora. La primogénita Amairani sufre ataques nocturnos reiterados: violaciones y agresiones que no dejan marca visible en su cuerpo. No hay señales físicas, no hay pruebas materiales, pero sí un sufrimiento evidente. Solo su hermana Bela es capaz de percibir la magnitud del horror. La pregunta que sobrevuela el relato no es solo “¿quién?”, sino “¿cómo?” y, sobre todo, “¿desde dónde?”. Este planteamiento convierte el tomo en algo distinto dentro de la saga. Si en entregas anteriores predominaban la épica, las tensiones diplomáticas o las conspiraciones de corte clásico, aquí el terror se filtra por rendijas invisibles. El enemigo no deja huellas. El daño es real, pero intangible. Y eso multiplica la sensación de vulnerabilidad en un mundo que hasta ahora parecía regido por estructuras claras de poder.

Manuel Veiga, al guion, demuestra una valentía notable al abordar un tema tan delicado como la violencia sexual desde una óptica fantástica sin banalizarla. La agresión que sufre Amairani no se utiliza como mero detonante de acción, sino como núcleo dramático que cuestiona la seguridad de todo el reino. La ausencia de marcas físicas se convierte en metáfora inquietante: ¿cuántas situaciones violencias quedan ocultas porque no se pueden medir? ¿Cuántos poderes operan desde planos que no vemos, pero sí sufrimos? La decisión de que solo una persona perciba el “infierno” de otra puede acercarnos a muchas vivencias reales que vive muchas mujeres. El apoyo se convierte en el único faro en mitad de la oscuridad. No es un héroe armado quien descubre el horror, sino una hermana que escucha, observa y cree. En un mundo dominado por reinos, embajadores y generales, la intuición y la empatía femenina se convierten en la primera línea de defensa.

Ante el desconcierto del reino, la intervención de Gadiro resulta inevitable. El embajador no viaja solo: lo acompañan el druida Wythrin (cada vez más relevante como nexo entre lo espiritual y lo terrenal), Dhembo, Naeem y la siempre enigmática Sapphira. Este grupo coral es uno de los grandes aciertos de la serie. No se trata de meros acompañantes funcionales, sino de personalidades con matices, lealtades y tensiones propias. Wythrin, en particular, adquiere aquí una importancia decisiva. Cuando el mal no deja rastro físico, la explicación no puede ser únicamente política o militar. El druida encarna esa mirada hacia lo arcano, hacia fuerzas antiguas que quizá preceden incluso a la propia Atlántida. Su presencia dota al tomo de una atmósfera casi ritual, como si cada página se acercara más a un secreto enterrado bajo capas de historia y magia.

En el aspecto gráfico, Adrián M. García se supera a sí mismo. Su trabajo a los lápices no solo mantiene el nivel de entregas anteriores, sino que intensifica la expresividad en las escenas más duras. Las secuencias nocturnas que rodean el sufrimiento de Amairani están cargadas de una inquietud casi onírica. No se trata de mostrar explícitamente la violencia (que en algunas viñetas sí que nos ofrece), sino de sugerirla mediante sombras, encuadres cerrados y una composición que transmite asfixia. Tiago Barsa, en el color, eleva esa atmósfera con una paleta que oscila entre los tonos fríos y los contrastes intensos. El color no es decorativo. Marca estados de ánimo, anticipa traiciones y subraya la fragilidad de los personajes.

La víctima de Azaes” no es un título casual. El foco no está en el agresor, sino en la víctima. En su sufrimiento, en su resistencia, en la necesidad de creerle. En un género que a menudo ha utilizado el dolor femenino como simple recurso dramático, este tomo intenta darle peso, consecuencias y centralidad emocional. El conflicto no se resuelve a golpe de espectacularidad, sino a través de una investigación que combina lo místico y lo humano. Además, la sensación de que el hundimiento de la Atlántida no será solo un cataclismo físico, sino moral, empieza a tomar forma. Cada conspiración, cada abuso de poder, cada sombra invisible parece acercar un poco más ese destino trágico que todos conocemos por la tradición. La serie juega con esa inevitabilidad histórica como una espada de Damocles que pende sobre cada decisión.

En conjunto, este tercer tomo editado por Serendipia supone un paso adelante en ambición temática y complejidad de las tramas desarrolladas. No se limita a repetir la fórmula de aventuras anteriores, sino que arriesga al introducir un horror íntimo que desestabiliza el equilibrio del mundo atlante.  «Gadiro, el embajador de la Atlántida: La víctima de Azaes» no es solo una nueva misión; es una advertencia. La Atlántida puede dominar mares y reinos, pero no está preparada para enfrentarse a aquello que no deja huella visible. Y quizá, en esa incapacidad para reconocer ciertos males, resida la verdadera semilla de su futura caída.

Deja un comentario