Si algo tiene el tomo 8 de «Usagi Drop» (うさぎドロップ/ «Bunny Drop») es esa cualidad extraña de los mangas que no hacen ruido, pero te cambian un poco por dentro. No es un volumen de grandes giros. Es, más bien, una habitación iluminada por la tarde, con las ventanas abiertas y el murmullo de la vida entrando despacio. Yumi Unita firma aquí una de sus entregas más íntimas y, a la vez, más inquietas, porque pone a sus personajes frente a un espejo que ya no refleja infancia, sino un futuro lleno de preguntas.

La historia nos sitúa en un punto delicado. Rin ha avanzado mucho en ese camino tan suyo de hacerse mayor sin perder la serenidad. Reencontrarse con su madre biológica y conocer a su nueva familia le ha dado una paz extraña, como si por fin ciertas piezas encajaran. Pero la calma nunca es absoluta en este universo. Alrededor, el mundo sigue girando, y con él llegan los cambios que incomodan. La madre de Kôki va a volver a casarse, y esa noticia cae como una piedra en un estanque que parecía tranquilo. Daikichi, por su parte, se enfrenta a un miedo muy humano. El de perder su lugar en la vida de alguien a quien quiere más de lo que sabe expresar.
Lo hermoso de este volumen es que no necesita subrayar nada. Todo ocurre en gestos pequeños, en silencios que pesan, en conversaciones que se quedan a medias. Rin observa, piensa, duda. En ese proceso, el lector también lo hace. La vemos debatirse entre la lógica y el corazón, entre lo que cree que “debería” sentir y lo que realmente le está pasando por dentro. No hay dramatismos excesivos, pero sí una honestidad que duele un poco, como cuando reconoces en otro algo que tú mismo has sentido alguna vez. Por contraste, Daikichi sigue siendo ese adulto que improvisa la paternidad cada día, aunque ya no tenga delante a una niña pequeña. Su preocupación por Rin, su torpeza para hablar de sentimientos y su manera de proteger sin asfixiar componen uno de los retratos más cálidos y reales de la serie. En este tomo, su tristeza al enterarse de la boda de la señora Nitani no es solo celos o decepción. Es, sobre todo, la constatación de que el tiempo no se detiene para nadie. Y eso lo vuelve vulnerable, cercano, profundamente humano.

El conflicto con la madre biológica de Rin y el nacimiento de su segunda hija añade esos detalles tan intensos en este tipo de historias. Hay una escena especialmente bonita en la que una canción de cuna abre una compuerta de recuerdos y sensaciones. Es un momento pequeño, casi doméstico, pero resume muy bien lo que Usagi Drop hace mejor. Convertir lo cotidiano en algo cargado de significado. Rin quiere conocer a su “hermana”, quiere acercarse a esa parte de su historia que siempre estuvo en penumbra, y Daikichi, desde el miedo, se opone. No porque no confíe en ella, sino porque teme que ese acercamiento la hiera. De esa tensión nace una discusión que no busca vencedores, sino comprensión.
Unita escribe todo esto con una delicadeza admirable. No hay prisas, no hay soluciones fáciles. Cada personaje avanza un paso, duda, retrocede medio, y vuelve a intentarlo. Esa forma de narrar, tan pausada y tan respetuosa con los silencios, convierte la lectura en algo casi meditativo. Es un manga que te pide bajar el ritmo, leer despacio, dejar que las escenas respiren. Y cuando lo haces, descubres que hay una enorme riqueza emocional en esos espacios en blanco. También es interesante cómo este tomo confirma el cambio de foco de la serie. Si los primeros volúmenes estaban muy centrados en Daikichi aprendiendo a ser padre, ahora la historia pertenece más a Rin y a su desarrollo como adulta.

En cuanto al dibujo, Unita sigue apostando por un estilo sencillo, expresivo, que prioriza las miradas y los gestos. No necesita grandes alardes técnicos para transmitir emociones. Una postura encorvada, una sonrisa contenida o unos ojos que evitan mirar de frente dicen más que cualquier discurso. En este volumen, esa economía de recursos resulta especialmente efectiva, porque muchas de las escenas más importantes son, precisamente, conversaciones difíciles o silencios cargados de significado.
Lo más bonito es que, a pesar de tratar temas complejos (la familia, la identidad, el amor que no siempre encaja en moldes simples), el tono sigue siendo cálido. Hay melancolía, sí, pero también esperanza. Hay conflictos, pero también una sensación constante de que, incluso cuando duele, crecer es necesario. Rin no pierde su esencia, Daikichi no deja de ser ese refugio imperfecto, y el mundo sigue girando, con todas sus luces y sombras.

La edición española de Tengu Ediciones acompaña bien ese tono íntimo. El formato rústico, las 216 páginas en blanco y negro y la lectura cómoda hacen que el manga se sienta cercano, casi como un cuaderno personal. No hay artificios innecesarios. Todo está al servicio de la historia y de sus personajes. Es uno de esos tomos que apetece leer en una tarde tranquila, quizá con una bebida caliente al lado, y dejarse llevar. Por eso, al cerrar el tomo, queda esa sensación tan propia de la serie. La de haber acompañado a alguien durante un tramo importante de su vida. No como espectador distante, sino como alguien que camina a su lado, que entiende sus miedos y celebra sus pequeños avances. El octavo tomo de «Usagi Drop» no es un final, ni pretende serlo, pero sí es una etapa clave, un punto de inflexión suave y honesto.
