El Viejo Logan. Viejos Monstruos: no repetir sus peores errores

Hay días en los que Lobezno se levanta, se sirve un café imaginario y piensa: “Hoy no me tocará nada raro”. Entonces el universo se ríe en su cara. En este tercer tomo de El Viejo Logan, editado por Panini Cómics con los números 14 al 18 de la serie «Old Man Logan«, es exactamente eso: el universo partiéndose de risa mientras un mutante con garras intenta, por enésima vez, no convertirse en la peor versión de sí mismo. Lo mejor es que lo consigue con una mezcla gloriosa de vampiros desatados, estaciones espaciales mal rolleras y trauma durillo servido en bandeja de adamántium.

Porque sí, esto es la etapa de Jeff Lemire, y Lemire no escribe a Logan como si fuera una máquina de cortar cabezas con patas. Lo escribe como un tipo cansado, desplazado tras las Secret Wars, atrapado en un universo que no es el suyo y con la incómoda sensación de que, si pestañea mal, puede volver a destruir todo lo que toca. Este no es el Lobezno clásico que posa en la portada con el puro y la chulería. Este es el señor mayor gruñón que ha visto el futuro, lo ha odiado y ahora intenta no repetirlo mientras el cosmos le lanza pruebas como si estuviera participando en un reality de tortura existencial.

El tomo se divide en dos arcos y el primero entra con la sutileza de un murciélago en llamas. Júbilo ha desaparecido y Logan decide ir a buscarla. Hasta aquí, drama mutante estándar. Pero de repente estamos en Transilvania, hay vampiros por todas partes, los Comandos Aulladores reaparecen con estética de fiesta de Halloween permanente y alguien ha decidido que lo que esta serie necesitaba era colmillos, capas y litros de hemoglobina. Lemire abraza el pulp con una sonrisa torcida y se permite un desmadre controlado que, sinceramente, se agradece. Después de tantos traumas, un poco de “vamos a repartir estopa a criaturas nocturnas” sienta como una cerveza fría en verano.

El dibujo en esta parte corre a cargo de Filipe Andrade, con color de Jordie Bellaire, y el resultado es una explosión de energía. Andrade no dibuja a Logan como una estatua atormentada; lo dibuja elástico, exagerado, casi caricaturesco en algunos gestos, como si el propio cómic estuviera guiñándote el ojo. Las peleas tienen dinamismo, las expresiones son intensas y hay una sensación constante de movimiento que encaja perfectamente con el tono más ligero del arco. Bellaire añade una paleta vibrante que convierte cada escena nocturna en una postal gótica pasada por un filtro pop. Es una combinación que no pretende ser profunda, pero sí entretenida, y vaya si lo es. ¿Es el arco más trascendental de la etapa? No. ¿Es divertido ver a Logan metido en una guerra vampírica mientras intenta mantener su habitual nivel de gruñido profesional? Absolutamente. Funciona como ese episodio especial de una serie dramática donde todo el mundo parece pasárselo un poco mejor antes de que vuelva la angustia. Y claro que vuelve.

Porque el segundo arco decide que ya hemos sonreído bastante y que toca encerrarnos en una estación espacial donde las cosas no huelen bien, aunque en el vacío no haya olor. Alpha Flight lanza una llamada de socorro. Las comunicaciones se cortan. Logan sube a investigar. Y lo que empieza como una misión rutinaria se convierte en una experiencia que mezcla ciencia ficción inquietante, terror psicológico y esa sensación incómoda de “esto no está pasando como debería”.  Aquí regresa la dupla que define la etapa. Andrea Sorrentino al dibujo y entintado, con Marcelo Maiolo al color. Y lo que hacen es, sin exagerar, un espectáculo. Sorrentino rompe la página como si fuera un juguete nuevo. Viñetas fragmentadas, composiciones imposibles, encuadres que te obligan a girar la cabeza y preguntarte si Logan está perdiendo la cordura o si eres tú el que necesita un mapa. Cada recurso visual refuerza la sensación de desorientación. Cuando el protagonista no sabe dónde está, la página tampoco parece tenerlo claro. Es brillante y ligeramente perturbador, que es justo lo que necesita la historia.

Maiolo, por su parte, tiñe todo de verdes enfermizos, sombras densas y luces inquietantes que convierten la estación espacial en una especie de pesadilla tecnológica. Hay momentos en los que el cómic parece susurrarte al oído que nada es real, que el pasado y el presente se están mezclando como calcetines en una lavadora cósmica. Ahí está la clave. Lemire no solo quiere asustarte con criaturas en la oscuridad; quiere que sientas el peso del trauma de Logan, esa mochila que nunca se quita. Porque mientras el entorno se vuelve cada vez más extraño, también regresan los Baldíos, ese futuro devastado que marcó al personaje para siempre. No necesariamente como escenario físico, sino como eco mental. Logan empieza a dudar de lo que ve, de lo que recuerda, de lo que podría estar repitiéndose. Ahí el guionista afila el bisturí. El verdadero terror no es el enemigo invisible; es la posibilidad de que todo sea un ciclo y que, hagas lo que hagas, siempre termines siendo el arma que destruye a los suyos.

Lo fascinante es cómo el tomo equilibra sus dos mitades. Por un lado, vampiros, acción y diálogos con chispa. Por otro, introspección, horror cósmico y angustia existencial. Es como si alguien hubiera mezclado una película de serie B con un thriller psicológico y, contra todo pronóstico, la combinación funcionara. Lemire demuestra que entiende el ritmo. Sabe cuándo dejar respirar al lector y cuándo apretarle el pecho hasta que cruje.

Además, este tercer volumen deja claro que el personaje está evolucionando. Ya no es solo rabia con patas. Hay dudas. Hay reflexión. Hay incluso una extraña forma de esperanza, aunque Logan jamás la llamaría así. Después de casi veinte números en este formato, el viejo gruñón empieza a encontrar un hueco en un universo que no es el suyo. No se siente cómodo (Logan y “cómodo” nunca irán en la misma frase), pero ya no es simplemente un animal acorralado. Es alguien que intenta hacer las cosas mejor, aunque el cosmos se empeñe en ponerle vampiros y horrores espaciales en la agenda.

Al final, este tercer tomo de «El Viejo Logan» es como una montaña rusa con garras retráctiles. Primero te lanza a una fiesta vampírica con risas y estacas volando, luego apaga las luces y te encierra en un pasillo espacial donde cada sombra parece susurrar tu peor error. No todo tiene el mismo peso, pero todo suma. Cuando cierras el tomo, la sensación es clara. Esta etapa sigue siendo especial porque no se conforma con repetir fórmulas. Arriesga. Juega. Se pone seria cuando toca. Y, sobre todo, recuerda que detrás de las garras hay un hombre que no quiere volver a destruir su mundo. Aunque el mundo, caprichoso como siempre, no deje de intentarlo.

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