«Billy Lavigne» no es un western para leer con prisa ni con el piloto automático del género encendido. No hay aquí la comodidad del duelo al sol ni la épica de los grandes mitos del Lejano Oeste. Anthony Pastor firma un cómic que utiliza el western como piel, como paisaje y como eco, pero que en realidad se mueve en un territorio mucho más íntimo. El de la tragedia, la herida familiar y la búsqueda de un lugar propio en un mundo que ya no se siente como hogar.

Desde la primera página queda claro que este no va a ser un viaje fácil. Billy vuelve a Texas para enterrar a su madre. No vuelve por nostalgia, ni por orgullo, ni siquiera por amor. Vuelve porque la muerte obliga. Y ese regreso, que en otros relatos sería el simple arranque de una aventura, aquí es ya el corazón del conflicto. El pueblo no es un refugio, es un campo minado de recuerdos, silencios y miradas que pesan más que cualquier acusación directa. Le esperan dos figuras clave: Ford, el poderoso ganadero, y Thorpe, antiguo ranger convertido en su hombre de confianza. Ambos amaron a la madre de Billy. Ambos lo miran como algo más que un chico que sabe domar caballos. En sus ojos, Billy es una posibilidad: de continuidad, de redención o de herencia. Pero Billy no quiere ser una pieza en el tablero de nadie. Entre su deseo de libertad y la necesidad casi física de entender quién fue su madre y qué ocurrió realmente, queda atrapado en una red de tensiones que no deja de cerrarse sobre él.
Pastor construye el relato con una elegancia cruel. No lo explica todo, no lo ordena todo, no lo deja todo claro. Al contrario, Billy Lavigne es un cómic de huecos, de silencios, de escenas que dicen más por lo que callan que por lo que muestran. La muerte de la madre, las relaciones pasadas, los equilibrios de poder en el pueblo todo se insinúa, todo se filtra poco a poco, y vamos avanzando con esa sensación tan incómoda como estimulante de estar pisando terreno inestable. En ese sentido, el tebeo está más cerca de una tragedia clásica que de un western tradicional. Hay un héroe marcado por el origen, hay figuras paternas enfrentadas, hay secretos que amenazan con salir a la luz y hay un destino que parece empujar a todos hacia un choque inevitable. Billy no es un pistolero legendario ni un justiciero. Es un hombre joven, sensible, lleno de dudas, que intenta no convertirse en lo que los demás esperan de él y que quizá, precisamente por eso, está condenado a sufrir. En estas páginas el paisaje se convierte en un personaje más. Este no es un Oeste de postal, sino un territorio vivo, casi hostil, que refleja el estado emocional de los protagonistas. Las grandes llanuras, los cielos pesados, los campos de cultivo y los caminos polvorientos no son solo decorado: son extensión del conflicto. Cuando la tensión crece, el entorno parece cerrarse sobre los personajes; cuando hay calma, es una calma engañosa, cargada de presagios.

Aquí entra en juego el dibujo, que es, sin exagerar, uno de los puntos más potentes del comic. Anthony Pastor se aleja de un estilo realista clásico para apostar por una aproximación mucho más pictórica y expresiva. Hay algo de pintura en cada página, algo que recuerda por momentos a ciertos autores posimpresionistas en el uso del color y en la manera en que los fondos parecen vibrar, retorcerse o incluso “respirar”. El color es fundamental para entender el tono de la historia. Los naranjas y marrones intensos dominan las escenas diurnas, casi quemando la vista, transmitiendo calor, polvo y una sensación constante de incomodidad. Las noches, en cambio, se tiñen de azules y violetas densos, pesados, como si la oscuridad tuviera peso propio. En otros momentos aparecen verdes y amarillos más apagados, polvorientos, que refuerzan esa idea de un mundo agotado, seco, al borde de algo que no termina de romper pero que todos saben que va a hacerlo.
La edición de Yermo Ediciones acompaña bien al material. Con traducción de Carles Miralles, el formato en cartoné, el tamaño generoso y la buena calidad de impresión permiten disfrutar del arte como se merece. No hay extras, es cierto, pero tampoco parecen necesarios. El propio cómic es una experiencia en sí mismo. En definitiva, este tebeo es un western trágico, íntimo y áspero, un relato sobre la identidad, la herencia y el peso del pasado que utiliza el Lejano Oeste como escenario más que como parque temático del género. Es un cómic que no busca gustar a todo el mundo, pero que recompensa a quien se deje llevar por su ritmo, su atmósfera y su particular manera de contar las cosas.

Anthony Pastor firma aquí una obra que se te queda pegada como el polvo del camino. Puede que al principio te moleste, puede que no sepas muy bien qué hacer con ella, pero cuando pasa el tiempo te das cuenta de que sigue ahí, recordándote escenas, colores y miradas. Y eso, en un medio donde muchas historias se olvidan tan rápido como se leen, es casi un pequeño milagro. Si buscas un western diferente, más cercano a la tragedia que a la aventura, más preocupado por las heridas que por los disparos, «Billy Lavigne» es una parada obligatoria. No promete consuelo. Pero sí una experiencia intensa, hermosa y, en el mejor sentido de la palabra, incómoda. Dejando huella tras su paso.
