
Imagina que entras en una tienda de cómics en 1991. Huele a tinta fresca, a plástico protector y a expectativas desorbitadas. Te acercas a la estantería donde colocan las series de mutantes y, de repente, algo te golpea la retina como si fuera un misil tierra-aire. Una portada saturada de músculos imposibles, armas que necesitan licencia de obra mayor y hombreras que podrían tener código postal propio. No estás viendo un cómic. Estás viendo una declaración de guerra contra la moderación. Eso es este primer tebeo de «X-Force», el tomo con el que Panini Cómics recupera el instante exacto en que los noventa decidieron ponerse las botas militares y salir a correr por el Universo Marvel disparando a todo lo que se moviera y a lo que no.
Este volumen de 568 páginas en cartoné no es una lectura tranquila de domingo. Es una maratón con chaleco antibalas. Recopila los números #98-100 y Annual #7 de The New Mutants, el nacimiento oficial de X-Force del #1 al 15 y el Annual #1, y hasta un cruce con Spider-Man en el #16 de su colección. Es, literalmente, el momento en que los “bebés-X” dejan el pupitre para abrazar el lanzamisiles. Y todo bajo la dirección artística y argumental de Rob Liefeld, con guiones de Fabian Nicieza y colaboraciones puntuales de pesos pesados como Todd McFarlane, Jon Bogdanove, Mike Mignola o un joven Greg Capullo, entre otros.

Antes de seguir, conviene advertir: esta etapa tiene dos modos de consumo. El nostálgico, con banda sonora de guitarras eléctricas y recuerdos de kiosco. Y el arqueológico, con lupa histórica y una ceja permanentemente arqueada. Si la lees hoy por primera vez, la experiencia puede ser comparable a entrar en un gimnasio donde todo el mundo grita mientras hace sentadillas con tanques americanos en la manos. Si la leíste en su día, probablemente sientas que estás reencontrándote con un viejo amigo, que aún viste chaleco con 2000 bolsillos y sus pies no están del todo decentes, pero es alguien que te hace gracia ver.
La transformación de The New Mutants en X-Force no es sutil. No hay transición elegante. Hay un portazo, una explosión y la aparición de Cable, ese soldado del futuro que parece haber desayunado metal fundido. Cable no es un profesor; es un sargento. No habla de sueños de convivencia; habla de supervivencia. Y bajo su liderazgo, Bala de Cañón, Dominó, Siryn, Rictor, Mancha Solar, Feroz, Estrella Rota, Bum-Bum y Sendero de Guerra pasan de ser estudiantes con problemas adolescentes a convertirse en una unidad paramilitar que entiende el concepto “diálogo” como “disparo preventivo”.

En esta paginas hay un intento de desarrollo psicológico(lo intentan). Nicieza se esfuerza por dar conflicto interno a Bala de Cañón, por mostrar las dudas de Siryn, por sembrar misterio alrededor de Dominó y por apuntalar el pasado enigmático de Cable. Pero el cómic tiene prisa. Siempre tiene prisa. La siguiente splash page está esperando y necesita espacio para que alguien pose con una ametralladora del tamaño de un poste telefónico. La trama aquí es como una cinta de correr a velocidad máxima: si te distraes, te caes. Y luego está el carrusel de enemigos. Dyscordia y el Frente Mutante de Liberación aparecen como amenaza principal, pero pronto la serie adopta la filosofía “¿y si ahora peleamos contra…?”: Arma X Kane, la Hermandad de Mutantes Diabólicos, los Morlocks, Black Tom, Juggernaut, el agente G.W. Bridge, Gideón… Cada arco parece diseñado con la intención de introducir un nuevo adversario con diseño impactante, nombre contundente y capacidad para salir despedido por los aires en la página siguiente. ¿Coherencia global? La justa. ¿Espectáculo? A raudales.
Hablar de este tomo es hablar del estilo Liefeld. Su dibujo no busca realismo; busca impacto. Anatomías hipertrofiadas, torsos que giran en ángulos improbables, piernas que parecen columnas dóricas y, por supuesto, pies que a veces desaparecen como si hubieran solicitado excedencia. Pero sería injusto quedarse solo en la broma. Porque, defectos aparte, Liefeld logró algo que muchos artistas persiguen sin éxito: una identidad visual inconfundible. Ves una viñeta suya y la identificas con él Puede gustarte o desesperarte, pero no puedes ignorarla.

Además, hay que entender el contexto: La casa de las ideas vivía un momento de euforia comercial. Los dibujantes eran estrellas del rock. El número 1 de X-Force vendió millones de ejemplares y se convirtió en símbolo de una era donde la espectacularidad era la moneda de cambio. Era la época de las portadas múltiples, del coleccionismo especulativo, de la sensación de que cada grapa era un acontecimiento. Este tomo captura ese instante con una fidelidad casi documental. En medio del estruendo, ocurre un evento histórico: el debut de Masacre (Deadpool) en el número #98 de The New Mutants . Aquí no es todavía el mercenario charlatán que rompe la cuarta pared; es un asesino serio, con una estética que mezcla homenaje y descaro. Verlo nacer en este entorno es como presenciar el origen de una estrella en medio de una tormenta eléctrica. No sabes exactamente en qué se convertirá, pero intuyes que no será irrelevante.
Gráficamente, el tomo ofrece bastantes momentos de contraste. Por ejemplo, cuando aparece Mike Mignola, las sombras se densifican y el ambiente adquiere un aire casi gótico. Es como si alguien bajara el volumen y encendiera una luz dramática. El joven Greg Capullo deja entrever la potencia artística que desarrollará años después. Y el cruce horizontal con Spider-Man dibujado por Todd McFarlane es puro espectáculo: dos números en formato apaisado porque la palabra “normal” no estaba en el diccionario creativo de la época.

La edición de Panini Cómics es sólida como siempre en su línea Marvel Gold. Con traducción de Santiago García y Uriel López, así como una introducción de Raimon Fonseca tenemos esas 568 páginas que nos imbuyen de cabeza en los años noventa. Al final del tomo tenemos una gran cantidad de extras como paginas originales, varios artículos escritos entre otros por Tom Daning, así como un par de páginas dibujadas por Fred Hembeck en homenaje a la creación de X-Force por parte de Terry Austin y Mike Vosburg. De ahí que esos extras ayuden a contextualizar el fenómeno para nuevos lectores.
¿Este tomo es agotador? A ratos, sí. Leer los quince primeros números del tirón puede provocar una leve sensación de haber corrido una media maratón con mochila llena de piedras ficticias. Pero también hay algo hipnótico en su desvergüenza. X-Force no pide permiso. No intenta ser elegante. Quiere ser impactante, y lo consigue. Cada página parece decir: “Más grande. Más fuerte. Más ruidoso”. Releer hoy este material implica aceptar su naturaleza excesiva. Implica entender que no todo busca la sutileza. Que a veces el arte también es gritar. Que la cultura popular de los noventa abrazó el exceso como virtud. Y que, en ese contexto, X-Force fue el estandarte perfecto. De esta manera surgen varias preguntas: ¿es una obra maestra en términos clásicos? No. ¿Tiene problemas de coherencia, repetición y saturación visual? Sin duda. Pero también es un hito histórico. Es el punto de inflexión donde los mutantes dejaron de ser alumnos para convertirse en soldados. Donde un dibujante polémico se convirtió en icono generacional. Donde nació un personaje destinado a dominar la cultura pop.

Este volumen de X-Force no es un cómic que se lea con distancia fría. Se lee con casco y sonrisa torcida. Es salvaje, ruidoso, imperfecto y absolutamente representativo de su tiempo. Puede que te agote. Puede que te haga reír involuntariamente. Puede que te sorprenda con momentos de auténtica potencia visual. Pero, sobre todo, te recordará que hubo una década en la que el cómic mainstream decidió que la moderación estaba sobrevalorada. Y en esa falta total de moderación, en esa convicción de que siempre se puede añadir un bolsillo más o una explosión más grande, reside su encanto. Porque X-Force no quería ser elegante. Quería ser inolvidable. Y, tres décadas después, lo sigue siendo.
