Fukuneko. Los gatos de la felicidad: posiblemente yōkai

Si hay lecturas que funcionan como una manta en invierno, «Fukuneko: Los gatos de la felicidad» (ふくねこ) es exactamente eso. Una historia que no viene a impresionar, sino a reconfortar. El debut de Mari Matsuzawa se presenta con un envoltorio adorable entre gatos mágicos, pueblo tranquilo y un humor suave, pero lo que de verdad propone es algo mucho más íntimo. Una historia sobre cómo se vive la pérdida cuando eres pequeño, cómo se aprende a habitar un lugar nuevo y cómo, a veces, la felicidad no llega en forma de milagro, sino de compañía silenciosa.

A primera vista, podría parecer uno más de esos mangas pensados para derretir corazones a base de orejas puntiagudas y caritas redondas. Y sí, eso está ahí, y funciona. Pero quedarse solo con eso sería injusto. Este manga entiende que la ternura no está reñida con la honestidad emocional. No dramatiza en exceso, no busca lágrimas fáciles, pero tampoco esquiva los temas importantes. Simplemente los coloca sobre la mesa con cuidado, como quien deja una taza de té caliente al alcance de la mano. La historia nos lleva a un pequeño pueblo donde una familia llega más por necesidad que por obligación. La protagonista, Ako, llega a este pueblo tras la muerte de sus padres. Es el típico cambio que, cuando eres niño, se siente como si te hubieran movido el suelo bajo los pies: nueva casa, nuevo entorno, gente desconocida y esa sensación constante de no encajar en ningún sitio. En medio de ese desconcierto aparece una gata que nadie sabe de donde salió. Pero para Ako, no es solo una gata: ante sus ojos tiene la forma de una niña con orejas de gato, alguien con quien puede hablar, discutir, compartir silencios y, sobre todo, sentirse menos sola.

Ese detalle es fundamental para entender el tono del manga. La magia no es algo que irrumpe con fuegos artificiales, sino algo que convive con lo cotidiano. Para los adultos, sigue siendo simplemente una gata. Para Ako, es una presencia casi humana. Y en esa diferencia de percepción se construye uno de los temas más bonitos del manga. La distancia entre la mirada infantil y la adulta. No es que los mayores vivan en un mundo distinto, es que han aprendido a no ver ciertas cosas. No porque no existan, sino porque la rutina, el cansancio o el propio crecimiento les ha enseñado a mirar hacia otro lado.

El dibujo de Matsuzawa refuerza es de estilo suave, redondeado, con personajes de expresiones claras y escenarios que transmiten calma. No hay asperezas ni contrastes violentos. Incluso cuando aparecen emociones negativas, el trazo las presenta de una forma amable, casi acolchada. Es un estilo que no busca impresionar ni deslumbrar, sino hacer que el lector se sienta cómodo. Como si cada viñeta fuera un pequeño espacio seguro. Los gatos son, por supuesto, el corazón al del manga. Son expresivos, adorables y, sí, absolutamente diseñados para que quieras abrazarlos. Pero no se quedan en la simple monada. Funcionan como símbolos de esa presencia constante que no juzga, que no exige, que simplemente está ahí. Y cualquiera que haya convivido con un gato entenderá perfectamente esa sensación. No solucionan tus problemas, pero hacen que pesen un poco menos.

La edición española llega de la mano de Pika Ediciones, mientras que en Japón la obra fue publicada por Futabasha. Con traducción de Manel Vázquez López, el formato B6 en rústica con sobrecubierta le sienta muy bien a este tipo de historia. Es un tomo manejable, cómodo de leer, casi de llevar en la mochila para abrirlo en cualquier momento. Además, la serie completa, Fukuneko, se plantea como un conjunto cerrado, lo que da la sensación de estar ante un relato pensado con un principio y un final claros, sin alargarse innecesariamente.

De todo esto surge una gran pregunta: ¿Para quién es este manga? Conviene ser honestos. No es una obra pensada para un lector adulto que busque tramas complejas, giros impactantes o una exploración profunda y cruda del trauma. Su estructura es sencilla, sus conflictos se resuelven con relativa facilidad y su impacto es deliberadamente suave. Pero eso no es un defecto, es una elección. Fukuneko es ideal para lectores jóvenes, para quienes empiezan a leer manga, o para cualquiera que necesite una lectura ligera, amable y reconfortante después de un día largo. También funciona sorprendentemente bien para adultos en un momento concreto. Cuando lo que apetece no es enfrentarse a una historia dura, sino dejarse llevar por algo que no exige nada a cambio. Hay tebeos que te piden atención, análisis o esfuerzo. Este te pide solo una cosa: que te sientes un rato y te dejes acompañar.

En ese sentido, el mayor logro del primer volumen es que entiende perfectamente su propósito y no intenta ser otra cosa. No quiere ser profundo, ni revolucionario, ni romper moldes. Quiere ser un lugar tranquilo al que volver durante un rato. Y lo consigue. Cierras el tomo con una sensación muy concreta. La de haber pasado un buen rato en un sitio amable, con personajes que, aunque sencillos, se sienten cercanos. Al final este primer tomo de «Fukuneko: Los gatos de la felicidad» es una obra pequeña, honesta y tremendamente cariñosa. No va a cambiar la historia del manga ni a ocupar titulares grandilocuentes, pero sí puede ocupar un huequito muy agradable en tu estantería y en tu ánimo. Es una lectura que no grita, que no corre, que no empuja. Simplemente camina a tu lado un rato. Y a veces, con eso, es más que suficiente.

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