Biblioteca Marvel Doctor Extraño 6: menos psicodelia y más sombras

Hay momentos en la historia del cómic en los que un personaje no cambia de traje, ni de enemigo, ni siquiera de equipo creativo: cambia de atmósfera. Eso es exactamente lo que ocurre en este sexto tomo de la Biblioteca Marvel del Doctor Extraño, que recopila los números 172 al 177 de la serie Doctor Strange publicada por Marvel Comics. Ahora recuperada por Panini Cómics en un volumen de 160 páginas a color, en rústica con solapas, con traducción de Enric Joga y Rafael Marín. No es solo un tramo más de la colección. Es una mutación silenciosa, un giro tonal que convierte al Hechicero Supremo en algo más cercano al protagonista de una novela gótica que al héroe psicodélico que había sido bajo el trazo visionario de Steve Ditko. Y esa transformación tiene dos nombres propios que resuenan como campanas en un templo olvidado: Roy Thomas y Gene Colan.

Conviene recordar de dónde venimos. El Doctor Extraño de Ditko era una experiencia casi lisérgica, una explosión de geometrías imposibles, planos astrales convertidos en mosaicos abstractos y villanos que parecían surgidos de un sueño febril. Era, como bien se ha dicho tantas veces, lo más parecido a un cómic independiente dentro de la Marvel de los sesenta. Cuando Ditko se marchó, el personaje quedó flotando en una especie de limbo creativo. Había magia, sí, y seguían apareciendo entidades como Dormammu o Umar, pero faltaba esa sensación de estar asomándose a algo radicalmente distinto. Muchos lectores pensaron que la etapa dorada había quedado atrás. Y entonces llegaron estos números.

Roy Thomas no aterriza aquí como un mero sustituto. Ya había tenido contacto previo con el personaje, pero es en este arco donde realmente puede apropiarse de la voz de Stephen Extraño. Thomas es un escritor profundamente enamorado de la tradición pulp y de la literatura fantástica clásica. Su escritura es más densa, más ceremonial, a veces incluso excesiva en su dramatismo. Heredera en parte del tono grandilocuente de Stan Lee, pero con una inclinación mucho más marcada hacia el horror y la tragedia. Donde Ditko sugería lo extraño a través de lo visual, Thomas lo verbaliza, lo convierte en letanía, en conjuro recitado con solemnidad. Las páginas se llenan de invocaciones, de amenazas arcanas, de nombres impronunciables que parecen arrancados de grimorios polvorientos. Sin embargo, nunca se pierde del todo el componente humano. El culebrón o las dudas siguen ahí, porque Marvel nunca dejó de ser, incluso en sus momentos más cósmicos, un teatro de pasiones. En estos números asistimos a la aparición de nuevas figuras, ampliando el panteón demoníaco del rincón mágico del universo Marvel, mientras regresan viejos conocidos cuyo nombre vuelve como una sombra permanente sobre la Tierra. La amenaza no es solo física o dimensional; es espiritual.

Si Thomas aporta densidad y atmósfera, es Gene Colan quien convierte estas historias en algo verdaderamente hipnótico. Colan era ya un veterano curtido, con cientos de páginas a sus espaldas. Había dejado su impronta en personajes como Daredevil o Namor, pero es en Doctor Extraño donde su estilo encuentra un territorio ideal para expandirse. Colan no dibuja líneas rectas; dibuja corrientes. Sus figuras parecen moverse dentro de una bruma constante, como si la realidad misma estuviera ligeramente desenfocada. Las composiciones se curvan, las viñetas respiran de manera distinta, los cuerpos se alargan y se retuercen bajo la presión de fuerzas invisibles. No rompe la página de forma explosiva como harían otros autores de finales de los sesenta, pero la desestabiliza desde dentro, la vuelve líquida.

En ese proceso resulta fundamental la labor de Tom Palmer, cuya tinta no aplasta el lápiz de Colan, sino que lo envuelve y lo traduce. Pocos tándems han funcionado con una armonía semejante. Palmer entiende las sombras de Colan, sus gradaciones, su gusto por el claroscuro casi cinematográfico.  El color, firmado por el propio Palmer junto a Michael Kelleher se aleja del estallido pop de la etapa inicial y apuesta por tonalidades más sombrías. Verdes enfermizos, rojos profundos, púrpuras cargados de presagio. La Dimensión Oscura ya no es un carnaval de formas imposibles, sino un abismo que parece absorber la luz. Esa elección cromática refuerza la impresión de que estamos asistiendo a un cambio de género dentro del mismo personaje. Si antes el referente podía ser la psicodelia y el surrealismo, ahora la brújula apunta hacia el horror clásico, hacia una sensibilidad que recuerda tanto a la literatura de H. P. Lovecraft. Extraño deja atrás el caleidoscopio y se adentra en la cripta.

La edición de Panini Cómics contribuye a que esa experiencia se sienta como un viaje en el tiempo. La inclusión de los correos de lectores originales permite entender cómo eran recibidas estas historias en su momento, qué inquietudes tenían los aficionados y cómo se construía la conversación entre editorial y público. Es un detalle que añade contexto y profundidad histórica, recordándonos que estos cómics no nacieron como piezas de museo, sino como episodios vivos de una narrativa en marcha.

Lo más fascinante de este sexto volumen de la Biblioteca Marvel del Doctor Extraño es comprobar cómo un personaje puede sobrevivir a la marcha de sus creadores. Intentar reproducir la magia exacta de Ditko habría sido un error condenado a la comparación constante. Thomas y Colan optan por otro camino. Oscurecer el tono, profundizar en el componente terrorífico, explorar la vulnerabilidad del protagonista. No se trata de borrar el pasado, sino de evolucionar a partir de él. Dormammu sigue ahí, la Dimensión Oscura continúa siendo una amenaza recurrente, pero la forma de representarlos cambia, y con ello cambia nuestra percepción del propio Extraño.

Cuando se cierra el volumen, queda la sensación de haber presenciado una metamorfosis. El Doctor Extraño ya no es únicamente el maestro de las artes místicas que juega con planos astrales como quien despliega un tapiz psicodélico. Es un guardián que camina entre sombras, un personaje que empieza a dialogar con el horror de una manera más frontal. Y en ese tránsito, Roy Thomas y Gene Colan demuestran que la magia del cómic no reside solo en los hechizos que aparecen en los bocadillos, sino en la capacidad de reinventar un mito sin traicionarlo. Este tebeo no es solo un tomo recomendable; es una puerta entreabierta hacia una nueva etapa del Hechicero Supremo, una en la que las sombras se alargan y la imaginación se vuelve más profunda, más inquietante y, precisamente por eso, más fascinante.

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