El Viejo Logan: El ultimo Ronin. Llegada a Japón

Hay algo profundamente divertido en ver a Lobezno intentar llevar una vida “tranquila”. Porque todos sabemos que eso, en su diccionario, significa algo así como “solo tres peleas al día y ningún edificio incendiado antes de cenar”. En este segundo tomo de «El Viejo Logan», que recopila los números #9 al #13 de Old Man Logan, el bueno de Logan decide que lo mejor para su salud emocional es viajar a Tokio para ajustar cuentas pendientes. Como terapia alternativa no está nada mal. Ahorra en psicólogo y en gimnasio, porque aquí todo se soluciona levantando ninjas por los aires.

La premisa es sencilla y maravillosa a la vez: Logan quiere encontrar a Dama Mortal y terminar lo que dejaron a medias. Nada de medias tintas, nada de llamadas incómodas. Si hay que hablar, se habla con garras. Pero claro, estamos en Japón, el territorio donde históricamente el personaje se pone especialmente intenso. Aquí entra en juego Jeff Lemire, que en este segundo arco ya no tiene que explicar quién es este Logan desplazado de su línea temporal original. Ya sabemos que es un superviviente, que ha visto el apocalipsis y que carga con más culpa que un villano en juicio. Así que Lemire se permite divertirse con la idea de soltar a este tipo, que ya lo ha perdido todo, en un entorno donde los fantasmas del pasado no solo son recuerdos, sino amenazas muy reales.

El cómic tiene un punto casi irónico. Este Logan ya se enfrentó en su futuro a enemigos similares, ya sabe cómo suelen acabar estas historias, y aun así vuelve a meterse en el mismo tipo de líos. Es como ese amigo que jura que no va a volver con su ex y a la semana está otra vez llamando a la puerta. Solo que aquí la ex lleva implantes letales y una katana. La Orden Silente, ese grupo de locos ninja que decide que eliminar a Logan es su propósito vital, añade un toque deliciosamente exagerado a la trama. Porque si hay algo que funciona siempre con Lobezno son los ninjas. Es una ley no escrita del cómic. ¿Quieres subir el nivel de intensidad? Mete ninjas. ¿Quieres añadir misticismo? Más ninjas. ¿Quieres que Logan tenga que atravesar un edificio entero a garras limpias? Exacto: ninjas.

Pero lo que hace que este arco no sea solo una excusa para repartir estopa es la manera en que Lemire intercala los recuerdos de Maureen. Ahí está el corazón de la historia. En medio de la sangre y los combates, vemos al Logan que quiso huir, que intentó construir algo distinto, que soñó con una vida sin violencia constante. Y el contraste es casi cómico en su tragedia. Mientras en el presente está destrozando una base ninja, en el pasado vemos a un hombre intentando ser feliz en silencio. Ese juego entre presente y pasado le da al tomo un ritmo muy entretenido. No se convierte en un drama pesado ni en una acción sin alma. Es un equilibrio curioso. Te lo pasas bien viendo las peleas, pero también te importa lo que le pasa por dentro al personaje. Es como una película de samuráis con chistes internos que solo entiende el lector veterano.

Gráficamente, el trabajo de Andrea Sorrentino es puro espectáculo. Si alguna vez te has preguntado cómo sería mezclar un cómic de superhéroes con una galería de arte moderno ligeramente violenta, aquí tienes la respuesta. Las páginas están llenas de composiciones arriesgadas, viñetas fragmentadas y juegos de sombras que parecen moverse solas. Lo más increíble es que, pese a lo experimental, nunca se pierde claridad. Sabes exactamente quién está golpeando a quién y en qué orden, algo que no siempre ocurre en cómics de acción.

Hay momentos en los que la destrucción visual y el dinamismo recuerdan al caos estilizado de Akira, con esa energía que parece desbordar la página. Las explosiones, los saltos imposibles, los enfrentamientos cuerpo a cuerpo, todo tiene una fuerza casi cinematográfica. Ahí entra el color de Marcelo Maiolo, que eleva cada escena con una paleta que sabe cuándo ser sobria y cuándo incendiar la viñeta en rojo intenso. El resultado es un cómic que entra por los ojos con una facilidad pasmosa. No necesitas releer diálogos para entender la emoción del momento. La propia composición te la transmite. Cuando Logan está solo, el espacio se abre y las sombras lo envuelven. Cuando la violencia estalla, las páginas parecen comprimirse bajo el impacto.

En cuanto a la edición, el tomo en rústica de Panini Comics dentro de la línea Marvel Saga TPB cumple perfectamente su función. Formato manejable, buena reproducción del color y un conjunto que invita a seguir con el siguiente volumen. Son 120 páginas que se leen casi sin darte cuenta, con esa sensación de estar viendo una película de acción bien rodada, pero con un trasfondo emocional que le da peso. Lo más divertido de este segundo volumen es que abraza sin complejos todos los elementos clásicos de Lobezno y los ejecuta con frescura. Hay honor samurái, hay vendetta personal, hay reflexiones sobre el pasado y, por supuesto, hay garras atravesando cosas que preferirían no ser atravesadas. Pero todo está contado con una seguridad que hace que el conjunto fluya.

Este Viejo Logan no es solo una versión alternativa pensada para explotar la nostalgia. Es un personaje con identidad propia, más cansado, más consciente y, paradójicamente, más peligroso. Sabe lo que puede pasar si las cosas se tuercen, y aun así sigue adelante. Esa mezcla de experiencia, culpa y determinación es lo que convierte cada enfrentamiento en algo más que una simple pelea. Al final, es un recordatorio de por qué funciona tan bien sacar a Lobezno de su entorno habitual y plantarlo en Japón. Porque allí todo se amplifica. La violencia es más estilizada, el drama más intenso y el conflicto más personal. Y cuando tienes un equipo creativo en sintonía, el resultado es un arco que combina espectáculo y emoción con una naturalidad envidiable. En definitiva, este segundo tomo de «El Viejo Logan» es una lectura tremendamente entretenida y más rica de lo que podría parecer a primera vista. Si te gusta ver a Logan en modo samurái urbano, si disfrutas con historias que mezclan acción desatada y recuerdos dolorosos, y si crees que nunca hay suficientes ninjas en un cómic, aquí tienes tu dosis perfecta. Porque cuando el Viejo Logan viaja a Japón, no trae souvenirs: trae consecuencias.

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