Blazing Combat: La pérdida de inocencia del cómic bélico

Joe Orlando, Wally Wood, John Severin, Alex Toth, Russ Heath, Gene Colan, Al Willianson, Angelo Torres, George Evans, Gray Morro, Russ Jones, Reed Grandall, Maurice Whitman, Al McWilliams, Wallace Wood y Russ Heath. Con este plantel de autores, cualquier magacines de cómics podría haberse asegurado una longevidad contundente. Más si cabe, cuando todos quedaban al servicio de un joven guionista que ya daba muestras de su solvencia, como era Archie Goodwin y del que quizá sea el mejor portadista de la historia: Frank Frazetta. Sin embargo la historia de “Blazing Combat” fue breve. Y todo ello fue debido a las malas ventas, pero no porque los lectores dieran la espalda a la revista, sino porque apenas tuvieron oportunidad de poder verla en los puntos de venta.

Situémonos en 1965, justo cuando Estados Unidos intensificó su presencia militar en Vietnam. En ese momento, algo se empezaba a fracturar en la sociedad norteamericana. No todo el mundo estaba de acuerdo en aquella guerra y las protestas llenaban cada vez más las calles. Aún no se disponía de toda la información de lo que ocurría en el país asiático, pero muchos norteamericanos discrepaban (y protestaban) abiertamente de aquel conflicto en el que Estados Unidos se había no metido, sino enfangado.

Fue en esa época cuando Jim Warren, que ya contaba con el éxito de “Creepy”, apostó por crear un magazine bélico que recuperara la tradición de algunas de las cabeceras de la proscrita EC comics. Con el formato de magazine en blanco y negro, además, no quedaría bajo el corsé de la censura del “Comic Code” y ello podría permitir mayor libertad de contenidos. Para ello, le propuso a Archie Goodwin que se encargará de los guiones. La premisa era muy sencilla: historias bélicas que no fueran simplistas ni maniqueas, alejadas de falsas épicas y glorias. Podrían versar sobre cualquier conflicto que hubiera participado Estados unidos, pero tenían que pisar el barro de las trincheras y mirar el horror real de la guerra de frente.

Goodwin cumplió con creces la premisa de partida, con pequeños relatos ambientados en diferentes escenarios bélicos, desde la Guerra de la Independencia hasta el entonces polémico y actual Vietnám, pasando por la Guerra de Secesión, la Primera y Segunda Guerra Mundial y Corea. En pequeñas píldoras, plasmadas de forma notable por los dibujantes antes nombrados, había historias que mostraban el horror real de la guerra. Sin falsas épicas y muchas de las miserias humanas que afloran cuando la fuerza se impone a la razón.

El resultado fue un magazine que quizá se adelantó a su tiempo, dejando la inocencia maniquea atrás. Una lectura adulta en viñetas que mostraba la guerra desde una perspectiva más realista. Y eso no gustó. Ni al ejercito estadounidense, ni a los antiguos veteranos de guerra. Pero tampoco a los mayoristas que controlaban la distribución en quioscos de la época. Aún no existía la venta directa ni las comic-shops como las conocemos hoy en día y, si un distribuidor decidía que ese material no era adecuado para llegar al punto de venta, podía hacer fracasar un proyecto.

Así fue: Apenas cuatro números publicados con cadencia trimestral duró esa aventura. Con muchos de esos ejemplares que ni siquiera llegaron al punto de venta, con un coste contundente para Warren y su editor, Jim Warren, que decidió, teniendo todo en contra, poner punto final a la cabecera tras la cuarta entrega, centrando sus esfuerzos en la exitosa “Creepy” y alumbrando “Eerie”. Sin embargo, esas páginas se conservaron y conocieron varias reediciones. Tanto en Estados Unidos, por la propia Warren y, posteriormente por Fantagraphics, como en el resto del mundo. En el caso español, Norma apostó por esta obra editándola en 2011 y, una década después, la vuelve a recuperar para el mercado español, con traducción de Arnau París Rousset. En ella, además de los 29 relatos que se publicaron en las cuatro entregas de “Blazing Combat”, tenemos las entrevistas realizadas por Michael Catron a los responsables de la cabecera: Jim Warren y Archie Goodwin y las cuartro colosales portadas de la revista realizadas por Frazetta.

Sin duda, estamos ante un volumen que tiene un notable valor artístico. Baste para ello ver la nómina de artistas que participaron en el proyecto. Solo por eso ya vale la pena sumergirse en estas páginas. Pero además, tiene un mayor valor, por lo que implica como documento de una época y por como se tratan las historias bélicas. Realizadas en un contexto en el que se consideraron subversivas, supusieron uno de los primeros pasos para que el cómic estadounidense fuera perdiendo rasgos de inocencia. Quizá el proyecto no tuviera continuidad, dado el boicot que sufrió, pero si ha logrado trascendencia. Y el mejor ejemplo de ello es que este material sigue estando en las librerías a disposición de nuevos lectores.

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