El tomo 7 de «Usagi Drop» (うさぎドロップ/ «Bunny Drop»), de Yumi Unita, es uno de esos volúmenes que no necesitan fuegos artificiales para dejar huella. Aquí no hay grandes giros de guion ni escenas pensadas para el impacto inmediato. Lo que hay es algo mucho más difícil de conseguir. Una verdad que se va filtrando poco a poco, página a página, como la luz suave de una tarde tranquila. Es un tomo que habla del cuerpo que se cansa, del corazón que madura y de las preguntas que solo aparecen cuando uno se atreve a mirar hacia atrás y también hacia adelante.

La excusa argumental es tan sencilla como humana. Daikichi sufre un ataque de lumbalgia que lo deja prácticamente fuera de combate. De pronto, ese adulto que siempre ha sido el sostén, el que organiza, el que se preocupa, el que cuida, necesita que lo cuiden. Y quien está ahí es Rin. Hay algo profundamente bonito en ese cambio de roles, en ver cómo la vida cotidiana se reajusta con naturalidad. Rin preparando cosas, ayudando, pendiente de él, y Daikichi, desde la cama, obligado a aceptar su propia fragilidad. No hay dramatismo excesivo, no hay tragedia; hay, simplemente, una verdad que todos conocemos: el tiempo pasa, los cuerpos fallan, y nadie es invencible para siempre.
Es precisamente ese pequeño accidente doméstico el que abre una puerta mucho más grande. Rin, que ya no es la niña pequeña de los primeros tomos, empieza a hacerse preguntas sobre su futuro y, sobre todo, sobre sus raíces. ¿De dónde viene? ¿Quién es realmente? ¿Qué parte de su historia quedó en blanco? La decisión de pedir una copia del registro familiar en secreto no nace de la rebeldía ni del enfado, sino de una curiosidad tranquila, casi pudorosa. Rin no quiere herir a Daikichi, no quiere crear un conflicto, pero siente que necesita entender algo de sí misma. Y ese matiz lo dice todo sobre el tipo de persona en la que se ha convertido.

Cuando Daikichi descubre lo que Rin ha hecho, la mangaka podría haber optado por el camino fácil: una discusión, un malentendido o una escena de tensión. Pero Yumi Unita elige algo mucho más coherente con sus personajes y con el espíritu de la serie. Daikichi no se enfada. No levanta la voz. No se coloca en una posición de autoridad rígida. En lugar de eso, hace una pregunta sencilla y enorme al mismo tiempo: “¿Te gustaría conocer a tu madre?”. Es una frase que pesa, que se queda flotando en el aire, y que resume a la perfección lo que es Daikichi: alguien que, aun con miedo y dudas, pone por delante el bienestar de Rin.
Uno de los grandes aciertos de Yumi Unita es cómo integra todo esto en la vida cotidiana. No hay discursos largos sobre la familia, la responsabilidad o el paso del tiempo. Todo se dice en gestos pequeños. En una comida preparada con cuidado, en una conversación a media voz, en una habitación en silencio, en una mirada que se queda un segundo de más. El dibujo acompaña perfectamente esta forma de contar. El estilo es sencillo, limpio, casi discreto, pero cada expresión facial está cargada de intención. Unita no necesita grandes composiciones ni dramatismo visual. Le basta con saber cuándo acercarse a un rostro, cuándo dejar espacio en una viñeta, cuándo permitir que el silencio hable.

Hay, además, una melancolía suave que recorre todo el volumen. No una tristeza pesada, sino esa sensación de que el tiempo avanza y las cosas cambian, aunque no siempre estemos preparados. Rin ya no es una niña, Daikichi ya no es tan joven, y el futuro empieza a dibujarse con líneas más definidas. Pero esa melancolía nunca es desesperanzada. Al contrario: está llena de gratitud por lo vivido y de cuidado por lo que vendrá.
Leer este tomo es un poco como sentarse a recordar momentos importantes de tu propia vida. No porque la historia sea igual a la tuya, sino porque toca fibras universales. La relación con los padres, las preguntas sobre el origen, el miedo a perder lo que se ama, el deseo de proteger y de ser protegido. Yumi Unita consigue que todo eso se sienta cercano, casi íntimo, como si estuvieras leyendo el diario emocional de personajes que ya forman parte de tu día a día.

En ese sentido, el séptimo tomo editado por Tengu Ediciones funciona también como una especie de punto de inflexión. No porque cierre etapas de forma definitiva, sino porque deja claro que algo ha cambiado por dentro en Rin y en Daikichi. Ambos miran el mundo con un poco más de conciencia, con un poco más de responsabilidad, y también con un poco más de ternura. Al final, lo que hace especial a este volumen no es una escena concreta, sino el conjunto. La suma de pequeños momentos que, juntos, construyen una experiencia de lectura profundamente cálida. Es un tomo que no te empuja a llorar, pero que puede hacer que se te humedezcan los ojos sin darte cuenta. Es un tomo que no grita, pero que se queda contigo mucho tiempo después de cerrarlo. «Usagi Drop» siempre ha sido una historia sobre el amor cotidiano, ese que no necesita grandes gestos para ser real. Un recordatorio de que crecer duele un poco, de que cuidar cansa a veces, de que el pasado pesa, pero también de que elegir estar al lado de alguien, día tras día, es una de las formas más puras de querer. Y eso, dicho con la suavidad con la que lo dice Yumi Unita, es simplemente precioso.
