Daredevil: Día gélido en el infierno. La caída de los ídolos

Todo es parte del plan de Dios

Hay héroes que se definen por cómo ganan y otros que se definen por cómo siguen caminando cuando ya no pueden correr. Daredevil siempre ha pertenecido al segundo grupo. Por eso no sorprende que «Daredevil: Día gélido en el infierno» no sea una historia de regresos gloriosos ni de fuegos artificiales, sino un relato sobre la persistencia. La persistencia del dolor, de la fe, de la costumbre de hacer lo correcto incluso cuando el cuerpo y el mundo te dicen que ya es suficiente. Charles Soule y Steve McNiven no nos invitan aquí a un espectáculo de superhéroes al uso. Nos invitan a un velatorio lento de una época. El desastre ya ocurrió cuando abrimos el tebeo. Los grandes iconos han caído, la ciudad está cansada y la historia no va de cómo salvar el mundo por enésima vez, sino de qué significa levantarse una vez más cuando ya nadie te lo pide y tú mismo dudas de que sirva para algo.

Matt Murdock es viejo. No es una metáfora: es viejo de verdad. Sus poderes se han apagado, su cuerpo no responde como antes y su vida se ha reducido a una rutina casi invisible en La Cocina del Infierno. Ya no hay traje, ya no hay radar, ya no hay esa paradoja tan propia del personaje de ser ciego y, aun así, verlo todo. Aquí Matt es simplemente un hombre que escucha una ciudad que suena diferente, más hueca, más rota. Soule es muy inteligente al no convertir esta situación en un simple punto de partida para “volver a lo de siempre”. Durante buena parte del inicio, el cómic insiste en la fragilidad del protagonista. No hay épica en sus movimientos, hay torpeza. No hay seguridad, hay dudas. Cuando un suceso violento vuelve a meterlo en el centro del huracán, el guion deja claro que no estamos ante una segunda juventud, sino ante una prórroga peligrosa. El regreso temporal de los poderes no es un regalo: es casi una crueldad. Porque le recuerda a Matt lo que fue y, al mismo tiempo, lo mucho que ha perdido. Cada escena de acción está atravesada por esa idea de cuenta atrás. No hay celebración, hay urgencia. No hay sensación de “he vuelto”, hay la certeza de “esto no va a durar”.

En el fondo, es un cómic sobre la fe agotada. La famosa frase de “todo es parte del plan de Dios” aparece como un estribillo que Matt se repite a sí mismo, pero ya no suena a convicción firme. Suena a algo que necesitas creer para poder seguir adelante. Eso encaja como un guante con la esencia del personaje. Daredevil siempre ha sido un héroe construido sobre la culpa, la fe y la terquedad moral. Aquí esos tres pilares siguen en pie, pero llenos de grietas. El mundo que lo rodea es tan protagonista como él. La Nueva York de Steve McNiven no es una simple ciudad postapocalíptica de manual. Es una ciudad con pasado, con cicatrices reconocibles, con restos de batallas que no se explican del todo pero que se sienten en cada esquina. El cómic no te da un manual de historia de qué ocurrió exactamente. Te da fragmentos, ecos, silencios. Y eso lo hace más creíble y más inquietante. Entendemos que llegamos tarde a la tragedia, que solo puedes reconstruirla a partir de lo que queda.

Por eso McNiven está impresionante en la manera de contar esto gráficamente. Su dibujo es detallado hasta lo obsesivo, con páginas llenas de viñetas pequeñas que transmiten cansancio, saturación, un mundo que no da tregua. Los cuerpos están dibujados con una atención casi cruel al deterioro: arrugas, cicatrices, posturas encorvadas, gestos de dolor. Los superhéroes aquí no parecen mitos, parecen personas que han sobrevivido demasiado tiempo. El color de Dean White refuerza esa sensación de desgaste. El rojo, tan ligado a Daredevil, se convierte en algo casi excepcional, en un acento simbólico más que en un elemento constante. Cuando aparece, no es para lucirse, sino para doler. El resto del tebeo vive en tonos apagados, sucios, como si incluso el aire estuviera cansado de existir. Es una elección estética que encaja perfectamente con el tono del relato. Este no es un mundo de colores vivos, es un mundo de residuos ponzoñosos.

Los secundarios están usados con mucha intención. Foggy Nelson aparece como un pequeño refugio de normalidad, casi como un recordatorio de que, incluso en el fin del mundo, algunas relaciones sobreviven. No es un gran momento épico, pero sí uno profundamente humano. Elektra, en cambio, entra en escena como una figura casi mítica, con una presencia que corta el aire. McNiven la dibuja con una potencia brutal, y es imposible no pensar en la sombra de Frank Miller planeando sobre cada una de sus apariciones. No como simple homenaje, sino como eco de un pasado más salvaje y más intenso. Bullseye, por su parte, funciona más como símbolo que como villano clásico. Es la prueba de lo que pasa cuando el mundo se rompe y tú solo sabes seguir siendo lo que siempre fuiste. Incluso él está marcado por la decadencia física, por la pérdida de precisión, por la obsesión que ya no encuentra un cauce claro. Su enfrentamiento con Daredevil no es solo una rivalidad de toda la vida: es casi un duelo entre dos maneras distintas de afrontar el paso del tiempo.

En cuanto a la edición de Panini Comics con traducción de Gonzalo Quesada, hay que decir que el formato elegido le sienta especialmente bien a la obra. El tomo en comic-book con lomo, con sus 128 páginas que recopilan los tres números de la miniserie Daredevil: Cold Day in Hell permite leer la historia de forma continua. Además, el tebeo incluye interludios explicativos de los números que hemos leído por el editor americano Nick Lowe y multitud de portadas alternativas realizadas por Rose Besch, Frank Miller o Leinil Francis Yu entre otros. Por eso, el hecho de tener la obra completa en un solo volumen refuerza esa sensación de estar ante un relato cerrado, con un principio, un desarrollo y un final pensados como un todo.

Al final, «Daredevil: Día gélido en el infierno» no es el cómic más revolucionario del personaje ni pretende serlo. Es, más bien, un ejercicio de destilación. Elige los temas clásicos de Daredevil (la fe, la culpa, la ciudad o la resistencia) y llevarlos a un escenario donde todo eso pesa más, duele más y cuesta más sostenerlo. Puede que no todos conecten con su tono melancólico o con su uso del tropo del “viejo héroe en su última misión”, pero es difícil negar que tiene alma y que está contado con una convicción muy clara. No es una historia sobre cómo salvar el mundo. Es una historia sobre por qué merece la pena intentarlo incluso cuando ya es tarde. Y en el caso de Matt Murdock, ese intento, por pequeño que sea, siempre ha sido la forma más honesta de definir lo que significa ser el hombre sin miedo.

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