Hay tomos que uno empieza casi por casualidad, sin demasiadas expectativas, y que acaban convirtiéndose en una de esas lecturas que te hacen replantearte a un personaje entero. «Nick Furia vs. S.H.I.E.L.D» («Nick Fury vs. SHIELD«) es exactamente uno de esos casos. Porque, seamos sinceros, Nick Furia suele vivir en ese territorio de secundarios de lujo. Aparece, da órdenes, suelta un par de frases contundentes y desaparece entre explosiones y helicópteros. Está en todas partes, pero rara vez es el centro absoluto del escenario. Aquí, en cambio, Marvel decidío ponerle el foco encima y no para lucirlo, sino para romperle el mundo bajo los pies y ver qué pasa cuando el hombre que dirige SHIELD descubre que su propia casa ya no es un lugar seguro.

La premisa es tan sencilla como potente: Nick Furia descubre que SHIELD está corrupta hasta la médula. No hablamos de un par de topos o de una célula infiltrada, sino de algo mucho más grave. Hydra, IMA, Roxxon y otros viejos enemigos han metido mano donde más duele, y la organización que se supone que protege al mundo ya no es de fiar. A partir de ahí, la historia toma una decisión valiente: enfrentar a Furia con su propia creación. De pronto, el director de SHIELD se convierte en fugitivo, en objetivo, en problema a eliminar. Y eso cambia por completo las reglas del juego.
Bob Harras, que por aquel entonces daba un salto importante como guionista, construyó una miniserie de seis números que se lee con una facilidad pasmosa. Cada capítulo termina con ganas de seguir, no tanto por los típicos trucos, sino porque la trama va añadiendo capas de complejidad sin perder claridad. Aquí hay conspiraciones, sí, pero también hay decisiones personales difíciles, viejas lealtades puestas a prueba y una sensación constante de que nadie está a salvo del todo. Lo interesante es que Furia no aparece retratado como un superhombre infalible. Al contrario, es un personaje cansado, desconfiado, con un pasado lleno de zonas grises y con la pesada carga de haber sido el arquitecto de una organización que ahora se le cae encima. El cómic juega mucho con esa idea: ¿qué ocurre cuando el sistema que has construido se vuelve contra ti? ¿Hasta qué punto eres responsable de lo que hace cuando ya no tienes el control?

En ese sentido, este tebeo funciona casi como una historia de derribo y reconstrucción del personaje. No se limita a ponerlo en peligro físico, sino que lo obliga a replantearse su papel en el mundo y su relación con SHIELD. Y eso le da una profundidad que quizá no todo el mundo espera de una miniserie de finales de los ochenta. El reparto secundario también juega un papel importante. Harras no redujo la historia a un simple “Furia contra todos”, sino que introduce distintos puntos de vista. Antiguos compañeros, agentes de distinto rango, aliados inesperados y viejos conocidos que aportan matices a la trama. Ese enfoque coral ayuda a que la historia tenga una sensación de amplitud, de que lo que está pasando no es solo un problema personal del protagonista, sino una crisis que afecta a todo un sistema. Además, el cómic sabe moverse bien entre escenarios: Hay acción en exteriores, persecuciones, infiltraciones, bases secretas, oficinas impersonales y cambios de localización que evitan que la historia se estanque. Todo tiene un ritmo muy cinematográfico, pero sin perder el sabor a cómic clásico de Marvel, con su equilibrio entre espectáculo y desarrollo de personajes.
En el apartado gráfico, Paul Neary firmó probablemente uno de sus trabajos más sólidos. Su dibujo es claro y muy funcional para este tipo de historia. No busca deslumbrar con experimentos formales, pero sí cumple con creces en lo que importa. Contar bien la acción, diferenciar ambientes y transmitir la tensión de las situaciones. Especialmente acertado está en el contraste entre los espacios abiertos, más dinámicos y peligrosos, y los interiores de SHIELD, fríos, ordenados y casi asépticos, que refuerzan esa sensación de que algo en la organización no funciona como debería. El cómic también se beneficia de un buen trabajo de entintado por Kim DeMulder junto con el color de Bernie Jaye que ayuda a dar solidez a las páginas y a que el conjunto se sienta más compacto y coherente. Aunque es inevitable comparar los interiores con algunas portadas e ilustraciones espectaculares firmadas por nombres como Jim Steranko, Bill Sienkiewicz o Kevin Nowlan, lo cierto es que Neary sale bastante bien parado en el cómputo general.

La edición Marvel Must-Have de Panini Comics, con traducción de Gonzalo Quesada, recopila los seis números de la miniserie en un solo volumen, lo que convierte la lectura en una experiencia muy fluida. Se agradece poder leer la historia del tirón, sin interrupciones, porque así se percibe mejor su estructura y su progresión dramática. Es uno de esos tomos que funcionan tanto para quien quiere revisitar un clásico como para quien se acercan a Furia con curiosidad, pero sin una gran vinculación previa. Esa quizá sea una de las mayores virtudes del cómic. No necesitas ser un experto en Nick Furia o en SHIELD para disfrutarlo. Claro que hay referencias, personajes que vienen de etapas anteriores y un trasfondo que los lectores veteranos apreciarán más, pero la historia se sostiene perfectamente por sí sola. Te explica lo que necesitas saber, te engancha rápido y te lleva de la mano hasta un final que deja claro que, después de esto, nada puede volver a ser exactamente igual.
Leído hoy, «Nick Furia vs. S.H.I.E.L.D.» tiene además un interés añadido. Es fácil ver cómo muchas de sus ideas han influido en historias posteriores del Universo Marvel. La noción de una SHIELD corrupta o manipulada desde dentro, la figura de Furia como hombre fuera del sistema, o ese clima de desconfianza hacia las grandes estructuras de poder son temas que volverían a aparecer más adelante tanto en comics como en películas. No es exagerado decir que aquí hay un precedente importante de muchas de las cosas que vendrían después. Al final es un cómic que sorprende, sobre todo si uno llega a él sin expectativas especiales. Es una lectura ágil, sólida y con más fondo del que parece a primera vista. Un tomo que demuestra que, incluso dentro del gran engranaje de la casa de las ideas, hay historias capaces de cuestionar sus propias estructuras y de darle una vuelta interesante a personajes que creíamos conocer de sobra. Y eso siempre ha sido una muy buena noticia para cualquier lector.
