Hablar del quinto tomo de Marvel Premiere de Tribulaciones de X es hablar, más que de un tomo concreto, de un momento muy específico de la Era Krakoa. Ese punto en el que la utopía mutante ya no se sostiene solo sobre promesas y discursos grandilocuentes, sino sobre grietas visibles, tensiones internas y amenazas que no siempre vienen de fuera. Este volumen de Panini Comics, que recopila X-Men: The Onslaught Revelation, X-Men #3, Excalibur #23 y X-Corp #3-4, funciona casi como una radiografía del estado del sueño krakoano, y lo hace desde cuatro frentes narrativos distintos, con equipos creativos diferentes que, para bien o para mal, representan bastante bien la diversidad de tonos y enfoques que ha tenido esta etapa mutante.

El eje más potente del tomo lo pone Simon Spurrier con The Onslaught Revelation, dibujado por Bob Quinn. Spurrier es uno de esos guionistas que disfruta metiendo a los personajes en conflictos morales y psicológicos más que en simples peleas de superhéroes, y eso se nota desde la primera página. Recuperar a Onslaught podría haber sido un gesto nostálgico o incluso perezoso, otro regreso de villano noventero para provocar un “eh, me suena”. Pero aquí la jugada es distinta. Onslaught no aparece como el gran monstruo final de evento, sino como una infección, un residuo tóxico de la historia mutante, una consecuencia directa de lo que fueron Xavier y Magneto y de lo que todavía representan. La idea es incómoda y muy pertinente para Krakoa. Si el nuevo mundo mutante nace de decisiones moralmente cuestionables, ¿qué clase de sombras arrastra consigo?
Spurrier estructura la historia casi como una sesión de terapia psicodélica dentro de la mente de Legión, con Rondador Nocturno intentando encontrar sentido espiritual y ético a un problema que, en el fondo, no se puede resolver solo a base de puñetazos. Bob Quinn acompaña bien este tono con un dibujo que sabe ser caótico cuando toca y más íntimo cuando la escena lo necesita. No es un despliegue de espectacularidad al estilo blockbuster, pero sí un trabajo eficaz para transmitir esa sensación de que algo está profundamente mal, de que Krakoa puede enfermar desde dentro. Onslaught, aquí, funciona menos como villano y más como símbolo de culpa y de herencia tóxica, y esa es probablemente la mejor decisión creativa del arco.

El contraste llega con X-Men #3, firmado por Gerry Duggan y dibujado por Pepe Larraz, con colores de Marte Gracia. Duggan representa la cara más clásica y accesible de esta etapa. Acción, diálogos con chispa y un sentido del espectáculo que nunca pierde de vista que esto sigue siendo un cómic de superhéroes. Larraz, por su parte, es uno de los grandes valores de Marvel en los últimos años, y aquí vuelve a demostrar por qué. Cada pelea es espectacular, cada página está compuesta con claridad, y todo fluye con una naturalidad envidiable. El enfrentamiento con el Alto Evolucionador y su hija Luminous es puro músculo superheroico, pero lo interesante es que Duggan decide poner el foco en Synch en lugar de recurrir siempre a los mismos rostros de siempre. Ese pequeño cambio de perspectiva refresca la dinámica del equipo y recuerda que esta nueva Patrulla-X no tiene por qué girar siempre alrededor de los mismos iconos. Además, Duggan es muy hábil sembrando amenazas a largo plazo. Más allá de la pelea inmediata, existe un trasfondo que planea sobre la serie como una sombra persistente. De hecho, algunos de los momentos más inquietantes del número no están en los golpes, sino en esas escenas finales que sugieren que, pase lo que pase hoy, hay fuerzas mucho más grandes moviéndose en silencio. Es una forma inteligente de mantener la tensión en una etapa en la que, sobre el papel, los mutantes lo tienen todo para ganar.
El tercer pilar del tomo es Excalibur #23, escrito por Tini Howard y dibujado por Marcus To. Howard es una autora que ha generado bastante división entre los lectores. Su etapa en Excalibur ha sido irregular, con ideas interesantes mezcladas con desarrollos a veces atropellados o poco claros. Aquí, sin embargo, hay que reconocerle un mérito. Sabe jugar con el componente fantástico y artúrico de la serie y sacarle partido cuando entra en escena un personaje como Doctor Muerte. La dinámica entre Betsy Braddock y Muerte es uno de los puntos fuertes del número, porque obliga a la capitana a demostrar liderazgo y pragmatismo en una situación en la que confiar en el aliado equivocado puede ser letal. Marcus To, por su parte, ofrece un trabajo sólido, especialmente en la caracterización de Muerte, al que dota de esa presencia imponente y teatral que el personaje exige. El cómic se siente como una especie de partida de rol de fantasía superheroica, con reliquias, pactos incómodos y secretos antiguos, y aunque no todas las piezas encajan con la misma elegancia, el conjunto resulta entretenido y aporta un tono distinto al tomo.

El cuarto frente es X-Corp #3-4, también de Tini Howard, con dibujo de Valentine De Landro, Alberto Foche y otros artistas. Aquí el enfoque cambia radicalmente. Pasamos del horror psicológico y la épica superheroica al culebrón corporativo mutante. Jamie Madrox como jefe, Monet en modo ejecutiva implacable o Selene jugando a ser tiburón financiero inmortal. La premisa es tan extraña como, en algunos momentos, sorprendentemente divertida. Es cierto que algunas ideas de base resultan un poco endebles, pero cuando la serie se centra en intrigas empresariales, compras hostiles y juegos de poder, encuentra una voz propia. Howard demuestra aquí que tiene buen pulso para escribir personajes moralmente ambiguos, y la química entre Monet y Selene es, sin duda, uno de los mayores atractivos de la serie. El montaje tipo Ocean’s Eleven en el que maniobran para hacerse con el control de los accionistas es probablemente lo mejor del arco. El gran problema de X-Corp, y en parte de toda la línea, es el de las apuestas dramáticas. Krakoa es tan poderosa (controla resurrección, tiene un peso económico y político enorme, y ahora incluso juega con la idea de dominar infraestructuras clave) que cuesta creer que una empresa rival pueda suponer una amenaza real. Cuando no hay peligro tangible, el conflicto corre el riesgo de reducirse a juegos de ego y humillaciones públicas. Aun así, como experimento de “capitalismo mutante”, la serie aporta un ángulo distinto y necesario a la idea de nación krakoana.
Visto en conjunto, este quinto tomo de Tribulaciones de X no es un tebeo unitario, sino un mosaico de voces y estilos. Spurrier aporta introspección y terror psicológico; Duggan y Larraz, espectáculo y avance de trama con oficio; Howard, con sus aciertos y tropiezos, añade fantasía artúrica y drama corporativo; y los distintos dibujantes sostienen visualmente un volumen que salta de registro constantemente. Esa irregularidad puede ser un defecto para quien busque una lectura más cohesionada, pero también es un reflejo bastante honesto de lo que ha sido la Era Krakoa.

Quizá lo más interesante de este tomo es que, leído con perspectiva, deja claro que el gran tema de fondo ya no es si los mutantes pueden ganar, sino qué precio están pagando por haber ganado. Onslaught como herida mal cerrada, el Alto Evolucionador como recordatorio de que siempre hay alguien dispuesto a jugar a ser dios, Doctor Muerte como aliado incómodo que te obliga a cuestionar tus principios, y X-Corp como prueba de que incluso las utopías necesitan contables y abogados. Todo eso convive en estas 152 páginas con mayor o menor fortuna, pero construye una imagen bastante completa de un mundo que, aunque se presente como paraíso, está lleno de contradicciones.
