Hablar del Capitán América es hablar de un personaje que siempre ha sido algo más que un superhéroe con un escudo indestructible y un uniforme con estrellas. Steve Rogers es, desde su creación, una idea en movimiento. Un símbolo que cambia según la época que lo lee. Desde aquel famoso puñetazo a Hitler en la portada de los años cuarenta hasta las reinterpretaciones más modernas, el Capi ha sido un termómetro de cómo se ve a sí misma la cultura estadounidense y, de paso, de cómo el resto del mundo mira ese ideal. Por eso cada nueva etapa del personaje tiene algo de examen sorpresa: ¿qué van a hacer ahora con él?, ¿qué quieren contar con Steve Rogers en este momento concreto de la historia?

La respuesta de Chip Zdarsky y Valerio Schiti es clara desde el principio. No quieren un Capitán América cómodo, ni un héroe que encaje sin fricciones en el mundo actual. Este primer tomo, que recopila los números 1 al 3 de la serie, arranca con una idea tan sencilla como potente. Steve despierta en una realidad en la que las guerras ya no son lo que eran, los villanos no siempre llevan uniforme reconocible y la política internacional es un laberinto de intereses, medias verdades y decisiones moralmente grises. Y, para rematar, su primera gran misión lo lleva a enfrentarse nada menos que al Doctor Muerte, convertido en dictador de Latveria. No es poca cosa para alguien que todavía está intentando entender en qué siglo vive.
Este tomo utiliza la figura de Steve como “hombre fuera del tiempo” de una manera que va más allá del simple choque cultural. Aquí no se trata solo de que no entienda los móviles modernos o las nuevas costumbres, sino de que sus valores chocan frontalmente con un mundo que parece funcionar con otras reglas. Steve sigue creyendo en conceptos relativamente simples. Proteger a los inocentes, hacer lo correcto o asumir la responsabilidad de tus actos. El problema es que el mundo que se encuentra es todo menos simple. Y esa tensión recorre cada página del tebeo.

Zdarsky estructura la historia alternando dos hilos narrativos principales. Por un lado, tenemos a Steve Rogers intentando recolocarse en un presente que no es el suyo, aceptando misiones del ejército, hablando con viejos y nuevos aliados, y enfrentándose a situaciones que no encajan con su forma clásica de entender el heroísmo. Por otro, conocemos a David (Dave) Colton, un joven soldado cuya historia funciona como un espejo oscuro del propio Steve. Ambos comparten ese impulso de querer “servir” y “hacer lo correcto”, pero el contexto que los rodea es radicalmente distinto, y eso marca toda la diferencia.
La historia de Colton es especialmente interesante porque muestra el otro lado de la moneda: el del soldado moderno, criado en un entorno donde la guerra es algo lejano hasta que, de repente, te toca de cerca. Sus flashbacks, sus experiencias en conflictos recientes y su progresiva transformación en alguien más duro, más cínico y más marcado por la violencia sirven para contrastar con la visión casi ingenua (pero firme) de Steve. Donde Rogers representa un ideal casi anacrónico, Colton encarna el resultado de un mundo que ha normalizado la guerra como algo permanente, difuso y, muchas veces, difícil de justificar. Aquí es donde Zdarsky se pone realmente interesante como guionista. No intenta venderte un discurso fácil ni una postura cómoda. El cómic habla de intervencionismo, propaganda, venganza, miedo y poder, y lo hace sin disfrazarlo demasiado. No es una historia sutil en el sentido clásico, pero sí es honesta en sus intenciones. Quiere que te preguntes qué significa ser un héroe en este contexto. ¿Puede existir un Capitán América “clásico” en un mundo donde los conflictos no se resuelven con una victoria clara y un villano derrotado? ¿Hasta qué punto un símbolo puede sobrevivir cuando la realidad se empeña en complicarlo todo?

Cuando la acción se traslada a Latveria, el tono cambia. Ya no estamos en una persecución urbana, sino en un escenario político y militar cargado de tensión. Doctor Muerte no es presentado solo como un supervillano de manual, sino como un líder con poder real, con un país bajo su control y con una posición en el tablero internacional. El enfrentamiento entre Steve y Víctor, especialmente en el tercer número, es uno de los puntos álgidos del tomo, y lo es precisamente porque no se resuelve a base de golpes. Hay diálogo, hay choque de visiones del mundo, hay una confrontación de egos y de ideas que resulta mucho más interesante que una simple pelea.
En el aspecto gráfico, el trabajo de Valerio Schiti es espectacular. Su estilo combina muy bien la épica heroica con un tono más sobrio y realista cuando la historia lo necesita. Steve Rogers es imponente, pero también se siente humano, cansado en algunos momentos, perdido en otros. Latveria, por su parte, se presenta como un lugar frío, casi opresivo, con una arquitectura y unos paisajes que transmiten perfectamente esa sensación de estar en territorio hostil. Los colores de Frank Martin refuerzan esa atmósfera. Hay muchos tonos apagados, terrosos, metálicos, que subrayan que esta no es una historia luminosa ni optimista, sino una reflexión en medio de un mundo complicado.

Otro punto a favor del tomo es su ritmo. Aunque estamos hablando de solo tres números, la historia se siente completa, bien estructurada y con un arco claro. Presentación del nuevo statu quo, desarrollo de los personajes y un cierre que deja las piezas colocadas para lo que vendrá después. No da la sensación de ser un simple “prólogo alargado”, sino el primer acto sólido de una historia más grande. Terminas el tomo con la sensación de haber leído algo con entidad propia, pero también con muchas ganas de seguir.
En cuanto a la edición de Panini Comics con traducción de Uriel López, el formato de 80 páginas es ideal para este tipo de arco inicial que incluyen los 3 primeros números del nuevo volumen de Captain America. Es compacto, directo y perfecto tanto para lectores veteranos del personaje como para quienes quieran acercarse a un Capitán América distinto, más político e incómodo. Además, se incluyen portadas de Ben Harvey, portadas alternativas de Luciano Vecchio, John Romita Jr con Morry Hollowell y John Romita Senior. Y como colofón el Spot On de Bruno Orive.

Si hay que buscarle algún “pero”, quizá sea que este no es un cómic para quien busque una aventura ligera y despreocupada del Capi. Aquí hay acción, por supuesto, pero el peso real está en las ideas, en los conflictos morales y en la construcción de personajes. Es un Capitán América que piensa, que duda y que se enfrenta a un mundo que no le da respuestas fáciles. Para algunos lectores eso será justo lo que estaban esperando; para otros, puede resultar un cambio de tono respecto a versiones más clásicas del personaje. Pero, precisamente por eso, este tomo se siente relevante y necesario. Este primer tomo de Capitán América de Chip Zdarsky y Valerio Schiti es una reinvención con personalidad, que respeta al personaje, pero no lo trata como una reliquia intocable. Lo lanza al barro del presente, lo obliga a enfrentarse a dilemas incómodos y lo coloca frente a un espejo que refleja tanto lo que fue como lo que el mundo es ahora. Con un guion sólido, un apartado gráfico de primer nivel y una historia que mezcla acción, política y drama humano, este volumen se convierte en una lectura muy recomendable para cualquiera que quiera ver al Centinela de la Libertad desde un ángulo más moderno, más crítico y, sobre todo, más interesante. Y lo mejor de todo es que esto solo es el principio de una etapa que promete dar mucho que hablar.
