María Tudor: La reina sanguinaria. Un apodo a base de fe

Hay apodos que la historia reparte como si fueran puñales. “El Conquistador”. “El Grande”. “El Sabio”. Y luego está ese que parece escrito con ceniza y hierro: “La Reina Sanguinaria”. Antes incluso de abrir «María Tudor: La reina sanguinaria» (Marie Tudor, la reine sanglante), uno ya siente que va a entrar en un territorio donde las coronas pesan más que las armaduras y donde la fe, la política y el miedo se mezclan en una sopa espesa y peligrosa. El volumen que publica Yermo Ediciones, recopilando los tres álbumes franceses, traducidos por Laura Casanovas, de «Les reines de sang«, no es solo una biografía en viñetas. Es un drama histórico de alto voltaje, una tragedia renacentista dibujada con terciopelo, oro y humo de hogueras.

Eric Corbeyran construye el guion con la paciencia de un relojero y la mala leche de un cronista que sabe que la historia no es un cuento moral. Desde el nacimiento de María, ese “milagro” en una corte acostumbrada a enterrar hijos, hasta su ascenso al trono y la forja de su leyenda negra, el relato avanza como una ópera en tres actos. Primero la promesa, luego la caída, finalmente el poder y con él, el precio. No hay atajos ni prisas. Corbeyran se toma su tiempo para mostrar cómo una niña educada para reinar, querida por sus padres y formada con esmero, acaba convirtiéndose en una figura temida y odiada. Y lo hace sin trampas. No la absuelve, pero tampoco la convierte en un monstruo de opereta.

La infancia de María Tudor es uno de los grandes aciertos del libro. Lejos de despacharla en cuatro páginas, el guion insiste en construir el contraste entre lo que pudo ser y lo que fue. Vemos a una niña inteligente, cultivada, profundamente marcada por la figura de su madre, Catalina de Aragón, y por un padre, Enrique VIII, que al principio parece casi orgulloso de esa hija que ha sobrevivido donde otros no lo hicieron. Hay ternura, hay esperanza y hay una sensación de destino en construcción. Y precisamente por eso, cuando el castillo se viene abajo, el golpe duele más. Porque Enrique VIII no es solo un rey: es un fenómeno gravitatorio. Todo gira en torno a él y todo termina deformado por su ambición, su ego y su incapacidad para aceptar un mundo que no se pliega a sus deseos. La obsesión por un heredero varón, el repudio de Catalina, el ascenso de Ana Bolena y la ruptura con Roma no son aquí simples hitos históricos. Son terremotos que arrasan la vida de María. De un plumazo pasa de heredera legítima a estorbo político, de princesa a pieza incómoda en un tablero donde se juega con vidas humanas como si fueran fichas intercambiables.

Corbeyran acierta al mostrar que el verdadero exilio de María no es solo físico, sino interior. Apartada de la corte, separada de su madre, humillada y forzada a aceptar una realidad que considera injusta y herética, la joven se refugia en su fe. Aquí el cómic es especialmente interesante. La religión no aparece como simple decorado de época, sino como motor psicológico. Para María, el catolicismo no es una opción entre otras: es identidad, es herencia, es la última fortaleza que no pueden arrebatarle. Esa fe es la que la mantiene en pie y también la que, más adelante, la empujará a decisiones terribles.

En paralelo, la figura de Enrique VIII se va volviendo cada vez más oscura. El cómic no necesita exagerar. Basta con mostrar su sucesión de matrimonios, su forma de usar y desechar personas, su convicción absoluta de ser el centro del mundo. Es un personaje magnético y repulsivo a la vez, y su sombra se proyecta sobre toda la obra. Incluso cuando ya no está, su legado de violencia política y ruptura religiosa sigue marcando cada decisión importante del reino. En cierto modo, María no solo hereda un trono: hereda un campo minado.

En el aspecto gráfico, el trabajo de Claudio Montalbano es una delicia para quien disfrute del cómic histórico bien vestido. Su dibujo es elegante, detallista, con una clara obsesión por los trajes, la arquitectura y los gestos. Cada página respira Renacimiento: tapices, salones inmensos, iglesias solemnes, pasillos donde parece que las conspiraciones se pegan a las paredes. Montalbano no busca el efectismo gratuito; prefiere la solemnidad y la composición clásica. Cuando llega la violencia (porque llega) lo hace con una forma casi ceremonial, como si cada acto brutal fuera una consecuencia inevitable del sistema que lo produce.

El color de Jean-Paul Fernández es el complemento perfecto. Ricos dorados para la corte, rojos que parecen presagios, sombras densas que envuelven los momentos de intriga y traición. No es un color chillón ni moderno; es un color histórico, al servicio de la atmósfera. Gracias a él, el cómic tiene una presencia casi táctil: uno puede imaginar el frío de la piedra, el peso de los brocados, el olor a cera y a incienso y, más adelante, el humo de las hogueras.

La estructura en tres partes (aquí reunidas en un solo volumen) permite ver la evolución de María con una claridad casi dolorosa. Primero la niña prometedora. Luego la mujer desplazada, obligada a sobrevivir en un mundo hostil. Finalmente, la reina. Y es en esta última fase donde el cómic se vuelve más incómodo y, por eso mismo, más interesante. Porque cuando María por fin alcanza el poder, el lector ya la entiende. No necesariamente la aprueba, pero la comprende. Comprende su rencor, su necesidad de restaurar lo que considera el orden legítimo, su obsesión por reparar las ofensas sufridas.

El problema es que el poder no llega con una varita mágica que borre el pasado. Llega con ejércitos, leyes, cárceles y hogueras. La restauración del catolicismo en Inglaterra no es un gesto simbólico: es una política de hierro que se cobra vidas. Y el cómic no esquiva esa realidad. No convierte a María en una heroína incomprendida, pero tampoco en un demonio caricaturesco. La muestra como lo que es: una gobernante convencida de estar salvando almas, aunque para ello tenga que quemar cuerpos. Este equilibrio es uno de los mayores logros de Corbeyran. Podría haber optado por el sensacionalismo fácil, pero prefiere algo más complejo y más incómodo. Enseñar cómo se construye una reputación así. Paso a paso. Decisión a decisión. Siempre con razones, siempre con justificaciones, siempre con una lógica interna que, desde dentro, parece irrefutable. Y ahí está la gran pregunta que flota sobre todo el libro: ¿en qué momento la convicción se convierte en fanatismo? ¿Y quién decide dónde está esa línea?

Al terminar la lectura del cómic, es imposible no sentir una mezcla extraña de emociones. Por un lado, hay compasión por la niña y la joven que fueron apartadas, humilladas y utilizadas. Por otro, hay rechazo ante la reina que convierte la fe en instrumento de terror. Y en medio queda esa sensación tan propia de las buenas tragedias. La de haber asistido a algo que parecía inevitable, aunque sepamos que estuvo hecho de decisiones humanas, demasiado humanas. Al final, «María Tudor: La reina sanguinaria» no se queda en la anécdota del apodo ni en el morbo de las hogueras. Lo que propone es algo mucho más incómodo. Mirar de frente cómo se fabrica una reina a base de pérdidas, humillaciones y certezas absolutas. Por eso, cuando cierras el tomo, no te llevas solo una lección de historia envuelta en viñetas lujosas, sino la sensación de haber asistido a la gestación de una tragedia humana en cámara lenta. Corbeyran y Montalbano no te piden que perdones a María, pero sí que la entiendas, y esa comprensión es quizá más perturbadora que cualquier juicio moral sencillo.

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