La primera grapa de «El Castigador: Red Band» no entra en escena: irrumpe. No pide permiso, no saluda, no explica demasiado. Nuestro protagonista simplemente aparece, sangrando, confuso, rodeado de cadáveres y con el pulso todavía firme para apretar un gatillo. Marvel no ha querido volver a traer a Frank Castle con medias tintas, y esta primera entrega es una declaración de intenciones tan clara como una bala trazadora en un callejón oscuro. El Castigador vuelve a ser violento, incómodo y peligroso, y además lo hace bajo el sello Red Band, que funciona casi como una promesa escrita en rojo. Aquí no se viene a insinuar, se viene a mostrar.

La premisa es sencilla y, a la vez, muy juguetona. Frank Castle no recuerda quién es. No recuerda su nombre, no recuerda su historia ni su cruzada. Pero su cuerpo sí recuerda cómo pelear, cómo matar, cómo sobrevivir. Es como si alguien hubiera borrado el archivo de identidad, pero hubiera dejado intacto el software de combate. Y ahí está la gracia. Benjamín Percy no convierte la amnesia en un melodrama, sino en una herramienta para devolver al personaje a un estado casi primitivo, puro instinto, pura reacción. Frank no se pregunta si lo que hace está bien o mal; simplemente lo hace. Y eso lo vuelve más inquietante que nunca.
El arranque del cómic es una bofetada. Sangre, fuego, cuerpos destrozados, y en medio de todo eso, un Frank Castle que apenas entiende dónde está, pero sí entiende que el mundo a su alrededor es hostil. Benjamin Percy demuestra entender muy bien esa lógica. Su guion no pierde tiempo en justificar moralmente a Frank, ni en convertirlo en un símbolo bonito. Lo presenta como lo que es: una fuerza destructiva que camina por Nueva York dejando consecuencias. La amnesia sirve para algo muy interesante. Nos permite redescubrir al personaje desde dentro. Frank no recuerda su misión, pero su cuerpo sigue ejecutándola. Eso genera una tensión constante: ¿qué pasa cuando el arma no recuerda quién la empuña, pero sigue disparando igual?. Esa es una pregunta que flota en el ambiente durante todo el tebeo.

El primer número no se queda solo en Frank. Uno de los grandes aciertos es cómo introduce de nuevo el ecosistema criminal de Nueva York. Kingpin y Lapida no están aquí de relleno. Son piezas clave del tablero, y Percy los escribe como lo que deberían ser: depredadores. Kingpin vuelve a sentirse como un auténtico señor del crimen, alguien cuya presencia impone incluso cuando no está apretando ningún gatillo. Lapida, en cambio, tiene un aire casi monstruoso, casi de villano de terror urbano: más fuerza bruta, más violencia directa, más amenaza física. Entre los dos, el cómic construye una sensación de ciudad podrida, de territorio en disputa, donde la aparición de Frank es como echar gasolina a un incendio que ya estaba fuera de control.
Gráficamente, el cómic es una fiesta para quien disfrute del feísmo bien entendido. Julius Ohta dibuja a los personajes con una físico muy marcado. Kingpin es un muro con piernas, Lapida parece una pesadilla salida de un callejón, y Frank es un hombre cansado, roto, cubierto de sangre ajena y propia, pero que sigue avanzando por pura inercia. Hay una secuencia con fuego y oscuridad que es especialmente potente. El contraste de luces, las siluetas recortadas, la sensación de caos controlado todo funciona para meterte dentro de la escena y no soltarte hasta que pasas la página. El trabajo de Yen Nitro merece mención aparte. El color aquí no es decorativo. Los rojos dominan, sí, pero no de forma plana. Hay matices, hay sombras, hay momentos donde el color casi te grita en la cara que esto no es un cómic “normal” de Marvel. Es más sucio, más agresivo, más directo. Y eso encaja perfectamente con la idea de Red Band como espacio para historias sin tantos filtros.

La edición de Panini Comics, con traducción de Gonzalo Quesada, incluye el primer numero de la serie americana y varias portadas alternativas realizadas por Marco Checchetto, Mike Zeck y Richard Isanove, Frank Miller y Alex SinClair, E.M. Gist y Mr Garcin. Además de un Spot On escrito por Bruno Orive. Son 32 páginas muy bien medidas. Hay un inicio impactante, un desarrollo que expande el mundo y coloca a los villanos en su sitio, y un cierre que deja suficientes preguntas abiertas como para querer seguir leyendo. Percy no intenta contarlo todo en este primer número. Prefiere plantar semillas: la identidad de Frank, su pasado reciente, las motivaciones de Kingpin, la amenaza de Lapida en su papel del personaje secundario. Todo queda en una especie de equilibrio inestable que promete romperse en cualquier momento.
Por eso, ¿es esto una reinvención radical del Castigador? No. Y tampoco lo necesita. Lo que hace este tebeo es algo quizá más importante: reafirmar quién es Frank Castle y qué tipo de historias funcionan mejor con él. No es un personaje para aventuras ligeras, ni para grandes eventos coloridos. Es un personaje para callejones, para almacenes en llamas, para habitaciones donde alguien va a morir y nadie va a hacer un discurso bonito al respecto. Percy y Ohta parecen tener eso clarísimo. También hay un punto interesante en cómo el cómic juega con la idea de “ver rojo”. No solo como referencia al sello Red Band o a la violencia explícita, sino como descripción del propio estado mental de Frank. Él ve rojo porque está herido, porque está enfadado, porque está perdido. Ve rojo porque el mundo que lo rodea es rojo. Y en ese mar de sangre y fuego, él es tanto víctima como verdugo. En definitiva, esta primera grapa de El Castigador es un regreso contundente, sucio y sin complejos. Un cómic que recupera a Frank Castle como una fuerza de la naturaleza, más que como un simple antihéroe. Un primer número que mezcla violencia explícita, crimen urbano y una pizca de misterio sobre la identidad y el pasado reciente del protagonista. Y, sobre todo, una promesa: que esta serie no va a bajar el volumen, no va a limpiar la sangre y no va a pedir perdón por ser lo que es. Si buscas un Castigador que vuelva a oler a pólvora, a hierro y a asfalto mojado, aquí lo tienes. Si buscas sutileza, discursos morales o redenciones luminosas mejor mira en otro lugar. Porque Frank Castle ha vuelto. Y cuando Frank Castle vuelve, nadie duerme tranquilo en Nueva York.
