Hay tomos que uno compra por completar colección, tomos que compra por nostalgia, y tomos que compra porque, en el fondo, sabe que dentro hay magia en estado puro. El cuarto tomo de Marvel Gold de Excalibur pertenece a esta última y gloriosa categoría. Es de esos volúmenes que no solo se leen: se saborean, se huelen (sí, todos hemos olido un tomo nuevo alguna vez, no pasa nada) y se disfrutan con una sonrisa tonta en la cara, como cuando vuelves a ver una peli que sabes que te va a hacer feliz desde el primer minuto. Este cuarto tomo tiene un gancho muy claro y muy poderoso: el regreso de Alan Davis como autor completo. Y no, no es un regreso discreto, de puntillas, pidiendo permiso. Es un regreso en plan “quitaos, que ahora conduzco yo”, y el resultado es Excalibur en estado puro, sin complejos, sin frenos y con ese equilibrio casi imposible entre aventura heroica, fantasía desatada y humor británico con socarronería.

Para entender por qué este tomo es tan especial, hay que recordar qué es Excalibur dentro del Universo Marvel. No es la Patrulla-X con acento raro. No es un spin-off más. Excalibur siempre fue el rincón extraño del universo mutante. El sitio donde caben los viajes dimensionales, las amenazas cósmicas de andar por casa, los juicios siderales, los dragones, las hadas, los líos sentimentales y los chistes que entran justo antes o justo después de una batalla. Es la serie donde Marvel se permite ser un poco más rara, un poco más libre y bastante más divertida. Y este tomo 4 es, básicamente, cuando todo eso encaja.
Venimos de una etapa anterior irregular, con momentos interesantes, pero también con sensación de estar un poco a la deriva. De repente llega Alan Davis, agarra el timón, y la colección recupera rumbo, personalidad y descaro. No solo dibuja: también escribe, y eso se nota en cada página. Aquí hay una visión clara, un tono coherente y, sobre todo, una sensación constante de que alguien sabe exactamente qué historia quiere contar y cómo quiere contarla. El equipo sigue siendo ese grupo tan peculiar y tan querido: Rondador Nocturno, Kitty Pryde, Rachel Summers, Capitán Britania y Meggan. Pero la dinámica cambia. Ya no son solo mutantes perdidos en una esquina rara del multiverso. Aquí empiezan a sentirse como un grupo con identidad propia, con un propósito más definido y con relaciones que evolucionan de verdad.

Uno de los grandes aciertos del tomo es el tratamiento de Rondador Nocturno como líder. Kurt Wagner siempre ha sido el corazón del grupo, el optimista, el que pone una sonrisa incluso cuando el universo se cae a pedazos. Pero aquí también se le ve como estratega, como figura moral y como alguien que carga con responsabilidades reales. No es un liderazgo impuesto, es un liderazgo natural, y eso le da al personaje una profundidad muy agradecida. Kitty Pryde, por su parte, termina de consolidarse como algo más que “la joven promesa” de los mutantes. Aquí es una pieza clave del equipo, con voz propia, con momentos de protagonismo y con una evolución que demuestra que ha crecido, que ha aprendido y que ya no necesita que nadie le lleve de la mano. Su relación con el resto del grupo, especialmente con Kurt, es uno de los motores emocionales del tomo. Meggan sigue en su viaje personal de búsqueda de identidad, alejándose poco a poco de esa imagen más pasiva de etapas anteriores. Aquí hay conflictos internos, dudas, decisiones y consecuencias. Y eso, en una serie que a veces se recuerda solo por lo divertida y alocada que es, se agradece mucho: hay corazón debajo de la fantasía. Y luego está Brian Braddock, el Capitán Britania, que vive una de sus etapas más interesantes. El tema del Cuerpo de Capitanes Britania y todo lo que implica (responsabilidad, destino, versiones alternativas de uno mismo, las decisiones) se convierte en uno de los ejes conceptuales del tomo. No es solo un desfile de versiones molonas del personaje (que también), sino una excusa para hablar de qué significa ser un héroe cuando sabes que hay infinitas versiones de ti mismo tomando decisiones distintas.
Todo esto se mueve en un escenario que es muy, muy Excalibur. El multiverso como patio de recreo. Viajes entre realidades, amenazas que no vienen de Nueva York, juicios que parecen sacados de una fantasía épica con acento británico, criaturas imposibles, conceptos cósmicos con nombres que suenan a heavy metal y, aun así, la serie nunca pierde el hilo. Puede parecer caótica desde fuera, pero por dentro está sorprendentemente bien estructurada. Este tomo combina historias más largas con episodios autoconclusivos que no se sienten de relleno. Al contrario: enriquecen el conjunto, permiten explorar personajes, jugar con ideas locas y, de paso, darle al lector esa sensación tan agradable de variedad. Aquí hay aventuras épicas, sí, pero también hay capítulos que parecen pequeños cuentos fantásticos con mutantes dentro. Además, el humor aquí nace de los personajes, de sus reacciones, de lo absurdo de algunas situaciones y de ese contraste tan británico entre lo épico y lo cotidiano. No hay sensación de estar leyendo una parodia, pero sí de estar en un cómic que no se toma a sí mismo con una solemnidad aburrida. Puedes tener una amenaza cósmica en una página y una escena de diálogo con una sonrisa en la siguiente, y todo encaja.

En el aspecto gráfico, Alan Davis junto a Mark Farmer está en estado de gracia. Su estilo es limpio, claro, elegante y tremendamente perfecto (perdón, soy muy fan de este señor). Aquí no hay páginas confusas ni acción ilegible. Todo fluye. Los personajes se mueven, actúan, gesticulan, transmiten vida. Las escenas de acción son dinámicas, pero donde realmente brilla es en los momentos más tranquilos. Una mirada, una conversación o una pequeña reacción sutil. Es ese tipo de dibujo que no necesita gritar para ser espectacular. Además, hay una coherencia total entre guion y dibujo, porque salen de la misma cabeza. Eso se nota en el ritmo, en cómo se construyen las escenas, en cómo se alternan momentos de espectáculo con momentos de pausa. No hay sensación de que el dibujante esté ilustrando un guion ajeno: aquí todo forma parte de una misma visión.
Aunque el nombre que brilla con más fuerza de este volumen es el de Alan Davis, sería injusto pasar por alto el trabajo del resto de autores que contribuyen a darle forma a este tramo de Excalibur. Guionistas y dibujantes como Barry Dutter, Scott Lobdell, Doug Braithwaite, Ron Lim, Rick Leonardi. Steve Lightle, James Fry, Joe Madureira o Will Simpson aportan matices distintos que ayudan a que el tomo tenga variedad de ritmos y estilos sin perder coherencia. Se nota que estamos ante una serie que, incluso en un momento de transición creativa, sigue contando con un equipo de lujo que entiende el espíritu peculiar del título: aventura desbordada, fantasía sin complejos y ese punto de rareza tan característico.

La edición de Panini Comics en la línea Marvel Gold hace justicia al contenido. Un tomo contundente, bien presentado con traducción de Uriel López que incluye los números Excalibur 42-58, Excalibur: XX Crossing y material de Marvel Comics Presents 110. Con introducción de Raimon Fonseca y varios extras como portadas o bocetos originales. Es un tomo de 496 páginas pensado para disfrutarlo como lo que es, una pieza importante de la historia mutante. Leer este tomo hoy tiene además un encanto especial. No es solo nostalgia. Es darse cuenta de que muchas de las ideas que luego Marvel explotaría hasta el infinito (multiversos, realidades alternativas, versiones distintas de los héroes, amenazas cósmicas con nombres imposibles) ya estaban aquí, pero contadas con una frescura y una ligereza que se echa mucho de menos en algunos cómics modernos.
Aquí no hay sensación de evento inflado por el marketing. Hay sensación de aventura genuina, de cómic hecho para entretener, sorprender y, de paso, contar buenas historias con personajes que importan. Por eso, este cuarto tomo Marvel Gold de Excalibur no solo recopila una etapa muy querida. Te recuerda por qué te gustan los cómics. Porque pueden ser divertidos, imaginativos, emocionantes y un poco absurdos, todo a la vez. Porque pueden hablar de responsabilidad y destino mientras te enseñan un monstruo hecho de basura peleando con una heroína verde. Porque pueden llevarte a otros mundos sin olvidarse de los personajes que los habitan. Este tomo es una celebración de la aventura sin complejos, del talento de Alan Davis y de esa versión de Marvel que no tiene miedo a ser rara, encantadora y profundamente entretenida. Si Excalibur siempre fue el primo excéntrico de los mutantes, aquí está en su mejor momento: más loco, más elegante y más divertido que nunca. Lo mejor de todo: cuando lo terminas, no piensas “qué bien ha estado”. Piensas: “quiero más”. Y eso, en un cómic, es la mejor señal posible.
